La Universidad y ese olor a libertades
Echadle un ojo al cartel que fotografié yo mismo el otro día, porque es para reírse o llorar, dependiendo de lo poco o mucho que lo tomemos en serio.
Ya lo he decidido, al menos por mi parte: hay que reírse, para poder volver al viejo estilo. O al menos ser capaz de bromear y burlarse de uno mismo, recorriendo las viñetas, que son viñetas, de ese cartel que ojalá fuese apócrifo, pero no lo es.
¿Cuántas prohibiciones contiene? No me voy a molestar en contarlas, ni en combinarlas, ni en buscar las que están implícitas pero no se explicitan. Por ejemplo, porque así somos los viejos redactores de la revista Campus, si está prohibido entrar en las canchas sin camiseta, ¿estará permitido entrar sin pantalones? Pues supongo que sí, pues siendo los términos tan precisos y concretos, los que no se detallan, se permiten, seguramente.
Sería divertido, oye, que alguien plantease formalmente el asunto, pero ya no hay quien se ría de los prohibidores ni quien le encuentre la gracia a ese viejo anarquismo de enfrentar a la autoridad académica con la cera de sus cirios, cera de oídos casi siempre, incompetente y corrupta.
La universidad es hoy un triste cenicero donde yacen los restos de las intenciones marchitas, los proyectos olvidados y los últimos vestigios de una vergüenza que nunca fue torera, pero pocas veces había estado tan sobrepoblada de cabestros. La esperanza de que en un sitio así pueda surgir cualquier debate es tan remota como la pretensión de que en nuestras minas de carbón puedan encontrarse diamantes. Lo primero, porque las minas se arruinaron hace tiempo, lo segundo, porque los mineros están prejubilados, y lo tercero, porque cualquiera que encontrase algo de valor lo ocultaría a la espera de registrarlo a su nombre tras publicarlo en una revista científica de pago.
Ese cartel, de verdad, más que un cartel es una bandera. Se trata de una especie de símbolo universal que contiene más intención y significado que todos los estatutos juntos. Ese cartel es un memorial silencioso, capaz de recordarnos lo que nunca fuimos pero ya somos: abuelos de nosotros mismos, en un constante onanismo temporal de gente rancia y aburrida que, boina en mano, se aburre y aburre a todo cristo que lo rodee.
Decía Borges que somos lo que nos vamos. Pero eso será en Argentina. Aquí somos lo que nos quedamos, lo que nos pasmamos, lo que nos aburrimos, y sobre todo, lo que como buenas mascotas toleramos.
Porque un cartel como ese no sería tolerado en una granja avícola. Las gallinas lo picotearían furiosas.
Pero en la Universidad sí. ¿Cómo iba a ser de otro modo?
Gaudeamus, coño.