Solo hay una cosa más triste y tediosa que hablar del humor, hablar de la historia del humor. Pero, hombre, Rodera, ¿cómo va a ser aburrido hablar del humor y sus movidas? Además, seguro que tú lo haces ameno porque es un tema muy gracioso y eres un cascabel. Eeeerm... Vale. Quería relacionar la farsa atelana con no sé qué. ¡Pues relaciona, hombre, que seguro que es la puta mea! Ja, ja, ja, ja. Ya. Sí. Voy. La farsa atelana, originariamente en idioma osco, se remonta al siglo IV antes de Cristo y suele atribuirse su origen a los habitantes de la antigua ciudad de Atella, en la región de Campania –al sur de Italia, cuya capital es Nápoles– que siguen hablando todavía hoy de manera, ejem, peculiar. Según el historiador Tito Livio, –¿Tienes que decir lo de Tito Livio? Tengo que decir lo de Tito Livio– fue importada a Roma en el 391 a.C. Normalmente configurada por medio de improvisaciones satíricas y populares que mezclaban todo tipo de bromas y chascarrillos, tanto en prosa como en verso, según el ingenio y atrevimiento de quien la representara. En su puesta en escena se utilizaban máscaras, que siempre eran las mismas, y que recibían los nombres de Dossennus, Maccus, Bucco, Manducus y Pappus. Ya en el siglo I a.C. algunos autores cultos como Lucio Pomponio –ja, ja, ja, ja. ¡Pomponio!– le dieron empaque literario. La participación en estas farsas no estaba exenta de riesgos, pues al constituir su tema principal la sátira, a veces se atacaba o se ridiculizaba a los poderosos, lo que podía acarrear graves –o serias, paradójicamente– consecuencias. Según cuenta Suetonio en sus crónicas, Calígula –no hace falta presentación– hizo quemar vivo –si se quema a una persona muerta se le llama cremación– a un actor, cuyo nombre no ha llegado hasta nosotros, por ridiculizarlo en una farsa atelana. El género alcanzó su máxima popularidad en tiempo de Trajano –que le da la patada al cubo en el 117 d.C.– y se mantuvo durante toda la época imperial, como lo demuestran las numerosas máscaras y estatuillas encontradas en yacimientos arqueológicos de todas las zonas de dominación romana que son todas las zonas de todos los sitios. Sigo con la remontación: los romanos siguieron la tradición en la que se presentaba una obra teatral –seria o de verdad– y los payasos aparecían en los intermedios, o al final, interpretando su propia versión cómica. Entre los payasos romanos se hicieron famosos Cicirro, que usaba una máscara con cresta de gallo y actuaba como tal, cacaraeando y batiendo los brazos a guisa de alas –más ilustres ejemplos de cómicos posteriores vestidos de pájaro: Papagena de La flauta mágica, la gallina Caponata o Pablo Motos–, y Estúpido, que llevaba un traje de parches y un gorro puntiagudo. Pero fue famoso Filemón –nombre falso y tan corriente en la época como ahora lo sería Manolo–, querido por todo el pueblo –la gente agradece que la hagan reír y, sobre todo, que no les cuenten la historia de la comedia–; es famoso su final. ¿Es famoso el final de Filemón? Pues yo no lo conozco. Ya lo cuento la semana que viene, que me he pasado tres estaciones. Bien, pues esto de la farsa atelana lo iba a relacionar con… yo qué sé. Ya no me acuerdo. Con los del PP. ¿Porque son muy graciosos? Eeeerm… sí. Eso. Sobre todo, Mañueco. ¿Entonces la semana que viene cuentas lo de Filemón? Sí, sí. ¿Tiene que ver con Mortadelo? No, no tiene nada que ver con Mortadelo. Le matan también. Joder con la comedia.