No todo es poesía

Si al menos supiera dónde está el árbol gigante en el que crece el pan de la gloria, iría a descansar bajo su sombra. O si –como feliz alternativa– comprendiera dónde nace el río de la sabiduría, bajaría de las nubes, me sumergiría en sus aguas profundas y pondría fin a mi torpe andar de ser errante disolviéndome en la metafísica de los antiguos griegos.

Y así, entre gloria y buen vino filosófico, comería y bebería sin parar hasta saciar mi descontrolado estómago de animal hambriento.

Sin embargo, ni estas ni todas las palabras que escribo dejan de ser el maravilloso programa de un viaje que dura lo que dura un sueño. Tal vez con ellas se pueda componer una alegre sinfonía para los trotamundos que aspiran a llegar al centro de la Tierra. Pero tanta pomposidad estéril, tarde o temprano, termina volviéndose contra el grandilocuente. Después de todo, no todo es poesía.

Y bien, he aquí ‘la primavera que la sangre altera’.

A pesar de los antipáticos estornudos, del picor en los ojos y de todas las molestias que sufrimos los hipersensibles al polen, ver retoñar los árboles y contemplar los jardines floridos vale la pena. 

A orillas del Bernesga, la tarde soleada nos hace evocar La primavera de Botticelli. Puede ser que algún personaje del cuadro no haya llegado aún a esta resplandeciente cita con la naturaleza (esto del cambio de horario desorienta a cualquiera). Sin embargo, es muy probable que Cupido esté escondido en algún pliegue del paisaje clavando su flecha en el corazón de un árbol. Flora, desde luego, avanza a paso veloz cubriendo de margaritas silvestres el prado. Y –¿Por qué no?– queda aún espacio para Cloris, imagen de la pureza que exhala flores al respirar y que, para no molestar a los alérgicos, ha decidido mantenerse alejada de la multitud. Sin duda, este podría ser el cuadro a mano alzada pintado con la imaginación del poeta, obra de arte a la que Vivaldi daría el toque de gracia con violines que revolucionarían el sonido del viento.

Luego, volviendo al plano real, vemos a dueños de perros que se saludan como si se conocieran de toda la vida (es natural que, de verse a menudo, tarde o temprano terminen trabando amistad). Por su parte, los paseantes más atléticos aprovechan el buen tiempo para practicar deportes: hay quien hace footing, hay quien pedalea por la vía ciclable, hay quien se ejercita en los aparatos biosaludables expuestos al aire libre. Familias jubilosas, parejas andariegas, caminantes solitarios: preciosa composición caleidoscópica de hormigas vagabundas (esta sería una posible imagen aérea de la primavera en la periferia urbana leonesa, en la que Monet se habría inspirado para pintar otro de sus lienzos).

Pero como he dicho antes, no todo es poesía, ni siquiera en primavera. Y es que, en muchas ocasiones, la grandilocuencia del poeta es derrotada por la cara sucia de la realidad.

A veces, el paisaje cambia y deja de ser el locus amoenus imaginado.

Y no es que la primavera haya perdido su encanto ni mucho menos. Pero la imagen de estos adolescentes (de aproximadamente catorce o quince años) está tristemente oscureciendo el ambiente. Sentados sobre el césped, con una botella de ‘no llego a saber qué’, fuman un porro y hablan entre risotadas nerviosas, exaltados ya no tanto por los efectos de la marihuana como por el absurdo afán de creerse onmipotentes. Alardean de ‘conocer la vida’ y coquetean con una adultez demasiado imberbe para ser creíble… “¡No quemen vuestras primaveras, chicos!”, quisiera reñirles. Y también me gustaría decirles que sé de lo que hablo y que mi adolescencia fue precipitada e inconsciente como la de ellos. Pero callo. Y sigo mi camino.

A pocos metros de los chicos del porro, una mujer lleva a un anciano en silla de ruedas. El señor tiene la vista clavada en la nada; ella le habla, pero él no responde. Tal vez el hombre no sabe ni qué día es hoy ni le interesa saberlo. Observo esta estampa de un alma que ha vivido ya... ¡Tantas primaveras! ...que no cabe ni una más en su mochila. Imagino que –más o menos– así podría ser la persistencia del último de los inviernos. Creo ver la imagen de un brote congelado en la rama de un árbol, cual retoño que no será flor, porque tantas veces flor ha sido. Saludo a la mujer con una sonrisa. Y sigo mi camino.

Entonces, como un torrente desenfrenado, fluye en mi mente un río en el que el paisaje no es precisamente primaveral, aunque sea primavera. Cierro los ojos y veo ciudades bombardeadas y a miles de personas despavoridas corriendo entre columnas de humo. Veo territorios invadidos por tanques de guerra, edificios derrumbados, cuerpos inertes, niños sin padres, padres sin hijos y gente con hambre que pide a gritos un trozo de pan y un poco de agua…

Y veo mares anegados de chatarra contaminante. Y peces muertos. Y bosques sin árboles. Y selvas pisoteadas por la bota implacable de transnacionales que prometen convertir el planeta en un paisaje en ruinas.

Por supuesto, no es agradable ver esta estampa de una primavera sin flores. Pero como he dicho antes, no todo es poesía.