Mentar al padre
Que por nuestra geografía mediterránea, somos un pueblo de sangre caliente, parece innegable. Que a ello unimos un gusto por las tradiciones que no tiene por qué estar reñido con el reclamo del progreso, también. Que nos enorgullecemos del acervo legado por nuestros antepasados es signo inequívoco de dignidad. Que el ejemplo de nuestros progenitores deja huella en las existencias propias, creo que está ahí, en todo lo alto. Que nos mencionen al padre o la madre desde la vileza de la ofensa, nos duele mucho más que el insulto contra nuestra persona. Hasta aquí un mínimo apunte de la idiosincrasia española.
Faltar desde lengua ajena al padre o a la madre de otro es quizá la forma más refinada de zaherir. Además se singulariza. Es difícil que en el epíteto entren ambos a la vez. O él o ella y, además, ahí se nos escapa la vena machista. Si la diana es masculina, la injuria toma el cuerpo de la necesidad fisiológica traducida a aguas mayores, pero si es femenina, de inmediato, el recurso ofensivo toma el camino de la referencia al oficio más antiguo del mundo. En esto de las afrentas, como en casi todo, hay gradaciones. Pero la naturalidad de la defecación parece más leve que la literalidad del comercio corporal.
Hay agravios para todos los gustos. El español sabe insultar desde el tópico, siempre textual, y desde la ironía, con su pizca de hipocresía para descolocar al aludido, obligado a retardar respuesta por las sucesivas relecturas. Como dolorosa, por su escozor, no cabe duda, el segundo.
Las sesiones parlamentarias en el Congreso de los Diputados llevan tiempo sometidas a las descalificaciones constantes entre Gobierno y Oposición. No habían sobrepasado hasta ahora, eso, el término de descalificaciones. La ofensa de persona a persona estaba todavía resguardada en esa entelequia, cada vez más fantasmagórica, de la cortesía parlamentaria. En la calle y en el mitin, no. Ahí, intestinos y lupanares galopan sin control con la caballería de la militancia alienada sin atisbo de espíritu crítico. En sede parlamentaria, se acaba de rebasar la línea roja. Y no ha sido un cualquiera: ni más ni menos que el jefe de la zarandeada, en su adjetivo leal, oposición (dicho así, no merece la mayúscula inicial).
El hemiciclo del Congreso, como las salas de las comisiones, no puede ni debe ser argumento de novela rosa. Todo lo contrario. Entiendo que una buena calidad democrática se mide por la intensidad expositiva y defensiva de los distintos grupos parlamentarios. Los modales versallescos no tienen cabida, pero entre eso y la descalificación abierta a la persona, median multitud de razones y de emociones.
Descalificación doble: a hijo y padre
La familia, en cualquiera de sus parentescos, pero sobre todo en la de cónyuge, hijos y padres, es el primer e inviolable estadio de la vida privada de todo ciudadano. Por ende, sagrados para cualquier tipo de juicio político. Es un pacto tácito, no escrito, con el aura de la inmunidad, es decir terreno vedado para los debates en ese campo. Un familiar es un cargo inaccesible por completo a las polémicas malsanas, ya incontables, como la del otro día en el Pleno del Congreso confrontando a Alberto Núñez Feijoó (PP) y Patxi López (PSOE). En esos escenarios, al padre, ni de don, ni de cabrón.
El presidente del PP, según todas las encuestas (menos la del CIS, obvio según quien la timonea), futuro presidente del Gobierno, cayó en un desliz, imperdonable, si no va seguido de la necesaria cura de humildad del perdón al hijo del aludido. A todos se nos ha llenado alguna vez la boca de la rabia incontenible que suelta la lengua para proferir palabras dichas, que dejan de ser propiedad de uno, para pasar a la tutoría del otro, del ofendido. La recuperación de lo dicho y su olvido obligan a la penitencia de la disculpa. Ni está, ni se la espera.
Núñez Feijoó no solo ofendió a su rival político mentándole a su padre con el poco creíble efecto balsámico de ser el espejo donde tenía que mirarse para no caer en la vergüenza. Agravió al padre, al sindicalista Lalo, porque no hay progenitor que aguante impávido la afrenta a un hijo. Ese es el parlamento de la calle.
De un presidente de Gobierno que tiene todas las papeletas para gobernar, aunque apoyado en el bastón de tan mala compañía como la que ha tenido el que todavía ejerce (así le ha ido), lo menos que se puede esperar es la gallardía de hacer frente a sus errores. Pues bien, el que pronto será el segundo español más obligado a ejercer la dignidad nacional, se escabulló de la réplica del concernido, en la cobarde ausencia de su más que simbólico escaño.
Viene muy a propósito esta frase del francés Jules Roman: “La gente inteligente habla de ideas, la gente común habla de cosas, la gente mediocre habla de gente”.
La sustancia del actual discurso parlamentario, con ayuda de este mensaje del poeta, literato y fundador del movimiento unanimista, ofrece todas las pistas para colegir en cuál de estos tres estados encaja la auténtica, para el pueblo crítico y sano, mayoría parlamentaria.
Es fácil caer en el aburrido argumento de las gentes, ante la constatación de ser prisionero de la obsesión por una persona, el jefe de Gobierno, y de una máxima orfandad de ideas y propuestas, incluso de cosas.