Literatura con prisas

Siempre se ha dicho que el periodismo es literatura con prisas, una expresión que posiblemente se haya quedado obsoleta para describir la vacua urgencia que se esconde bajo la tiranía del titular en esta era en la que el clickbait reina sobre cualquier forma de reflexión, en la que todas esas trampas diseñadas para captar nuestra atención e incitarnos a hacer clic en un determinado enlace campan a sus anchas. Ahora no importa tanto el pensamiento crítico, la cavilación posterior a una lectura consciente, las ideas que articulan un texto, la opinión independiente y razonada, el mayor o menor talento de quien escribe para mezclar palabras…

Ahora se ha impuesto el recuento de visitas, la estadística engordada por esos clics condicionados por encabezamientos de noticias o imágenes sensacionalistas. El clic es la salivación al escuchar la campana de los perros de Pavlov, la respuesta inmediata a todos esos estímulos en forma de titulares capciosos y alarmantes, morbosos o tramposos.

Fernando Ónega y otros muchos compañeros de profesión de su generación representan a la vieja escuela, la de esos periodistas que pateaban las calles en busca de la noticia, sabuesos que desconfiaban de los teclados y creían que no hay nada comparable al placer de leer un periódico de papel junto a un buen café. Era un referente de la columna periodística, tanto escrita como radiofónica, un género literario en sí mismo que se olvida de las prisas y ha sido el refugio de grandísimos escritores que han revuelto en la actualidad para regalar al lector esa mirada irónica, crítica o condescendiente que cabe en veinte líneas. Fue también el autor de gran parte de los discursos de Adolfo Suarez durante la transición y pionero de la tertulia política. Pertenecía a esa estirpe de periodistas que habitaban redacciones llenas de humo, cuando había tiempo y medios para investigar las noticias y los reportajes no eran meras repeticiones de la misma historia, antes de la llegada de internet, antes de que empezáramos a buscar nuestras fuentes sin rostro en esa vasta nube de datos.

Aunque tampoco podemos tirar de nostalgia barata y pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, porque tanto entonces como ahora el papel de una prensa cada vez más sumisa a los intereses y exigencias económicas de las corporaciones empresariales que se han apoderado del pastel mediático sigue siendo el mismo: buscar la verdad. Y aquellos que deben decidir cómo escribir la realidad cotidiana podrán llegar a ella tomando diferentes caminos, ejerciendo su profesión con las herramientas tecnológicas y estratégicas de la época que les ha tocado vivir, pero sabiendo que esa búsqueda de la verdad es un afán irrenunciable para cualquier buen periodista.

O cómo decía Carl Bernstein, uno de los investigadores del caso Watergate: “Los periodistas tenemos que dar la mejor versión que se pueda obtener de la verdad”.