La muerte de un teléfono
Ha sucedido sin más, súbitamente. Preparabas la jornada de mañana cuando, de repente, llegó el gran apagón. Es sábado por la tarde, no tienes posibilidad de acudir a ninguna tienda o servicio técnico en el pueblo más cercano que sea medianamente grande hasta el lunes. No tienes comunicación con el resto del mundo, no puedes reservar un lugar para dormir mañana en la siguiente parada de tu ruta, no tienes GPS para seguir el camino sin riesgo a perderte, no tienes radio o manera de escuchar un podcast o música, no tienes tu pequeña pantalla para ver videos, nada, no tienes ni un reloj que marque la hora. Llevas más de veinte días recorriendo estos paisajes del sur, cargando con una mochila en la que caben tus escasas pertenencias, cada una de las cuales es a su manera esencial. Aunque en estos tiempos modernos ese pequeño dispositivo móvil es algo más que imprescindible, es el cordón umbilical que une al caminante con el mundo. La muerte del teléfono te ha dejado a expensas de tus propios silencios, sumido en el eco de tus propios pensamientos.
Estas últimas jornadas han sido además muy duras por la lluvia constante y una soledad que se acentúa con el frío vacío de todos esos pueblos en los que siempre eres forastero. Aunque también ha sido muy reconfortante el ir superando una dificultad tras otra, agarrado a esta locura tuya de perderte por los caminos cuando podrías estar agonizando poco a poco sobre el sofá de tu casa, cómo hacen los demás. Y hoy estabas especialmente contento al terminar tu caminata, relajado por fin en tu pequeño rincón de calor, después de ducharte, comer y poder secar toda tu ropa. Todo estaba en su sitio, dentro de su orden cósmico, hasta que ese teléfono decidió quedarse sin voz en este lugar perdido de la mano de Dios y en este sábado extraño.
Quizás sea algo bueno, quizás sea verdad aquello de que todo sucede por alguna razón. Quizás esto te haga pensar sobre la estúpida y absoluta dependencia que tenemos de esa pequeña ventana con vistas al mundo. Para empezar te has puesto a escribir estas palabras, y luego te dispones a leer para combatir el incómodo silencio que invade tu mente. Pero sobre todo has tenido que espabilar, encender todas tus alarmas para adaptarte a la nueva situación. Te acercas a hablar con el dueño del único bar del pueblo. Confirmas que al ser sábado no hay posibilidad de solucionar nada, que lo más lógico es seguir camino sin ayuda tecnológica. Luego le pides prestado su teléfono para resolver las dos próximas noches de alojamiento y confías ciegamente en que nadie intente contactar contigo sin éxito estos días. Te das cuenta de que todo tiene solución, de que hay que tener paciencia e ir abordando los problemas según vayan llegando. Lo primero es combatir el aburrimiento, leer un poco mientras la tarde cae sobre esta sierra y estos pueblos de casas blancas y naranjos, de brumas y ladridos lejanos. Es curiosa la importancia que adquieren los sonidos cuando nos alejamos del ruido.
Han pasado ya cinco horas y la oscuridad de la noche se ha adueñado del mundo. Vuelves a pulsar de manera rutinaria y sin ninguna esperanza la tecla de encendido del teléfono. E igual de repentina y sorprendentemente que se había ido, vuelve la luz y comienza a palpitar hasta encenderse de nuevo. No sabes ni cómo se fue ni por qué ahora ha vuelto. Compruebas que no tienes ningún mensaje de alarma y que el mundo ha seguido girando ajeno a tu silencio. En cierto modo se acaba el misterio, las sombras se vuelven a llenar de voces y termina tu introspectiva aventura.
La historia de la muerte y posterior resurrección de tu teléfono cuando estabas en mitad de ninguna parte es otro de esos absurdos sucesos que te ocurren de cuando en cuando y que son tan increíbles que pocas veces decides contarlos. Hasta ahora.