El ruiseñor pechiazul de los Aquilianos, en peligro

El pasado 18 de abril reuní, al fin, el ánimo necesario para regresar a las cumbres de los Aquilianos. No había vuelto desde el pavoroso incendio del último verano e intuía, con pesadumbre, lo que iba a encontrar. Inicié el ascenso en los Portillinos con el objetivo de alcanzar el Pico Tuerto, siguiendo el cordal que enlaza las cimas de Cabeza de la Yegua y el Alto de las Berdaínas.

Una pista cortafuegos de dieciséis metros de ancho recorre, de forma agresiva, toda la cresta de la alineación montañosa. Desde esa cicatriz, la vista es desoladora: las laderas que caen hacia la Cabrera están totalmente calcinadas. La superficie quemada se extiende también por las vertientes que descienden hacia la hoya berciana, en los valles del Aro y del Silencio, cerca de Peñalba de Santiago.

A ambos lados del cortafuegos se ven piornos serranos y brezos reducidos al arranque de sus ramas, cepas con las puntas ennegrecidas que parecen dramáticos muñones. Si se destruyen las yemas, el piorno no puede rebrotar al año siguiente: la recuperación dependerá de las semillas, un proceso mucho más lento. En los Aquilianos, las gruesas raíces de esta vegetación cumplen una función vital: son el entramado que cohesiona el suelo y sujeta la montaña.

Caminar por esta descarnada autopista de cumbre, entre restos mutilados y nieve manchada de hollín, convierte el senderismo en una actividad casi fúnebre.

Cerca de la antigua estación de esquí del Morredero, la pista atraviesa una pequeña población de narcisos trompeta o campanones, una nota amable en la severidad del paisaje. En un flagrante desafío a la legislación de montes, tres motocicletas todoterreno descienden desde el Pico Tuerto por el cortafuegos e irrumpen con estruendo en el paraje, atropellando este frágil testimonio de la vida que aún queda. Vienen de La Aquiana, un punto negro para la conservación debido a la falta de control en el acceso desde el Campo de las Danzas. No es un hecho aislado: es la evidencia palpable del abandono institucional y de la alarmante falta de vigilancia en una zona que forma parte de la Red Natura 2000.

En medio de este silencio mineral, donde la fauna parece haber claudicado, observo, conmovido, entre los piornos ennegrecidos, un ruiseñor pechiazul. Esta especie es fuertemente filopátrica: obedece al mandato genético de regresar con precisión al lugar donde nació o donde crió con éxito el año anterior. En los Montes de León y el Bierzo habita en el límite del bosque, justo donde empiezan los piornales. Que sigan allí, aferrados a las ramas calcinadas, revela una lealtad sobrecogedora. Han vuelto, tras cruzar media África, al hogar de cada primavera, aunque su casa sea hoy solo un esqueleto de carbón. Aún así, se niegan a abandonarla, obstinados en habitar su propia pérdida.

Negro rotundo de lo carbonizado y, de repente, un destello azul y rojizo

Ha de imaginarse la escena: el negro rotundo del piorno carbonizado y, de pronto, el destello azul eléctrico del pecho y esa mancha rojiza en la cola. Es como si la montaña intentara decirte que, a pesar de todo, la vida se resiste a ser borrada.

El pechiazul anida en el suelo, oculto en la base de los piornos o entre el brezo espeso. Con el matorral quemado y el terreno expuesto, el ave queda sin ninguna protección frente a los depredadores. Además, para alimentar a sus crías necesita una cantidad ingente de orugas y pequeños invertebrados que viven en las hojas del piorno. En un piornal calcinado, la biomasa de insectos cae drásticamente. Por otro lado, bastaría con que las motos pasaran cerca de donde estos pechiazules intentan anidar –porque lo hacen a ras de suelo, protegidos por lo que queda del matorral– para destruir los nidos sin siquiera darse cuenta.

Para una especie migradora, el territorio de cría no es un simple destino: es un mapa minucioso de supervivencia. En biología de la conservación, este fenómeno se denomina trampa ecológica: el ave regresa fielmente sin saber que el hábitat ha dejado de ser el refugio esperado. Si en alguna vaguada cercana han quedado pequeñas islas de vegetación o zonas de matorral que el fuego saltó, intentarán criar allí. Es esta una historia de resiliencia heroica y, al mismo tiempo, de tragedia biológica.

Caminar por la naturaleza en estas condiciones resulta muy duro: uno no solo transita, sino que levanta acta. Vas siendo consciente, a cada paso, de todo lo que se ha perdido. No dar la espalda a esta realidad, sacar a los pechiazules del anonimato contando su historia, es una forma de honrar lo que aún resiste en la montaña.

Pronto, si no mediamos para evitarlo, algunos de los espacios naturales más valiosos de León resultarán irreconocibles. Será el epílogo de una política de progresivo desmantelamiento de la tutela pública en materia ambiental. Será también el precio pagado por esa servidumbre voluntaria de la que hablaba La Boétie: porque quienes ostentan la responsabilidad de gestionar este patrimonio natural tienen el poder que nosotros les concedemos.

El regreso al hogar solo es posible si el hogar todavía existe tal y como lo guardamos en la memoria. Si, por deterioro o destrucción, el territorio deja de reconocerse, pierde su carácter de refugio. Sencillamente, ya no podemos leernos en él. En esa pérdida, la tragedia es nuestra.

José Andrés Martínez García es un biólogo leonés y escribe de Historia Natural en el blog Entre Enabios y otro tipo de reflexiones en Ejercicio del criterio