De máscaras y reconocimientos
Cuando en 1983 William Golding recibió el Premio Nobel de Literatura por El señor de las moscas, ciertos críticos tildaron de ‘cruel’ esta obra alegando, en su contra, que el autor hacía recaer sobre niños la crudeza y el salvajismo inherentes al género humano en estado primitivo.
Resumiendo a grandes rasgos la trama, todo comienza tras un accidente aéreo, cuando un grupo de infantes queda abandonado en una isla desierta. Para sobrevivir, los chicos (los más pequeños guiados por los mayores) juegan a organizarse reproduciendo el modelo social que por referencia conocen: la democracia británica. Por supuesto, niños al fin, los personajes ponen en práctica la regla básica que han aprendido a usar teniendo en mente el modelo parental: obedecer para no ser castigados. ¿Y a quién obedecen? ¿Cuál de todos ellos habrá de ser el dirigente? Pues, desde luego, el más fuerte. O dicho más exactamente, el más fascinante, que es aquel que más atracción causa en el colectivo.
Por su carisma, Ralph (un niño de trece años) es el elegido por la mayoría para desempeñar el rol de jefe. Una vez ‘nominado’ líder, implanta ciertos cánones encaminados no solo a la supervivencia, sino sobre todo pensados para un posible rescate desde el mar. Sin embargo, las leyes establecidas por el gobernante son quebrantadas en poco tiempo, ocasión que aprovecha Jack (cazador despiadado que aspira al poder) para desmantelar el ‘sistema democrático’ e instaurar una jauría humana como nueva forma de gobierno.
Así, en el ‘modelo liliputiense de sociedad adulta’ descrito por William Golding, la historia de los pequeños héroes deviene guerra pasional que pone fin a cualquier relación de convivencia bajo normas de tolerancia. Es por ello que El señor de las moscas, excelente estudio de los valores y la conducta humanos, me ha inspirado para comentar algo que en apariencia poco tiene que ver con la gran novela del autor inglés: el fenómeno de las pasiones y su estrecha relación con los ‘Me gusta’ (no solo con aquellos que aparecen en el deshumanizante universo de las redes sociales, sino con los que en general nos hacen víctimas de la aprobación y el reconocimiento ajenos).
La fascinación es un término definido en el Diccionario de la Real Academia Española. como ‘engaño o alucinación’ (en su primera acepción) y como ‘atracción irresistible’ (en la segunda de ellas). En pocas palabras, fascinamos al ponernos una máscara –o muchas– para encantar mediante el engaño (según Jung, cuando mostramos una cara que no es precisamente la que aparece en el espejo, sino la que utilizamos para agradar y ser aceptados).
¿Pero para qué queremos agradar y ser aceptados?
Se me ocurre una respuesta inmediata: la aprobación del grupo otorga poder. Luego, al tener la autoridad sobre el prójimo, creemos controlar perfectamente nuestras debilidades engañándolas, igual que hacemos con nuestros ‘partidarios’. Entiéndase todo ello, pues, como un ‘mecanismo de autodefensa mal dirigido’ en el que rechazamos los espejos y preferimos las máscaras. Y es que, sin máscaras, correríamos el riesgo de encontrarnos con nosotros mismos y… ¡Uy, qué miedo!… ‘El espejo no favorece, muestra con fidelidad la figura que en él se mira, nos hace ver ese rostro que nunca mostramos al mundo, porque lo cubrimos con la persona, la máscara del actor. Pero el espejo está detrás de la máscara y muestra el verdadero rostro’, escribe Carl Jung en Arquetipos e inconsciente colectivo.
En tal sentido, recibir el aplauso de nuestros semejantes significa que nuestra máscara ha sido aceptada. Y para reforzar el muro defensivo, fabricamos hilos de simpatía con quienes, hagamos lo que hagamos, nos aplauden. De esta forma, el reconocimiento se convierte en requisito indispensable para decidir qué leyes instaurar en nuestro propio ‘estado democrático’. En suma, aceptamos mejor a grandes partidarios que a buenos amigos, a pesar de creer que estos últimos son necesarios en nuestras vidas. Y es que los amigos verdaderos (esos que saben quiénes somos en realidad) podrían discrepar de nuestra conducta en un momento dado; podrían decirnos: “Mira, no estoy de acuerdo con lo que haces y dices”, instante en el que dejarían de interesarnos y, para continuar defendiéndonos del espejo, pondríamos tierra en medio alejándolos de nuestras vidas.
¿Pero qué sucede si un buen día nuestra máscara deja de ser atractiva?
Quedaríamos ‘perdidos en nosotros mismos’, así define Jung el estado de adversidad emocional producido por el rechazo, añadiendo que conocer quiénes somos es ‘una de las cosas más desagradables y el hombre lo evita en tanto puede proyectar todo lo negativo sobre su mundo circundante.’
Por ello, si en algún momento nuestros grandes admiradores dejan de darnos el tan esperado beneplácito y comienzan a ignorarnos, les respondemos como si fueran enemigos, con odio y –en el peor de los casos– hasta con violencia (igual que Jack responde a Ralph en El señor de las moscas).
Al fin y al cabo, no dejamos de ser niños inconscientes que jugamos a obedecer a nuestras sombras y que hacemos lo indecible para no ser ‘castigados’ por la fealdad de nuestra imagen real.