'Amé', la obra de un profeta fuera de su tierra
Quien nació con alma virtuosa podrá, quizá, renunciar a los caprichos que le hacen la vida soportable. Podrá, incluso, resignarse a malgastar tiempo y energía realizando trabajos no solo poco apetecibles, sino mal pagados. Pero cuando se trata del indomable deseo de sumergirse en las –también indomables– aguas de la imaginación y de darlo todo para ver nacer a esa tierna criatura que es la obra artística, cualquier resignación y renuncia son insuficientes. Y es que, por lo general, el artista da siempre más de lo que recibe.
Desgraciadamente, junto al virtuoso, convive el hombre práctico que observa ‘al loco’ con intransigencia racionalista. Así, no son pocos los ‘oradores del bienestar’ que afirman que la obra del artista nada aporta a su cuenta bancaria. Y lo peor del caso es que tienen razón (a decir verdad, es más lucrativo ganarse la vida vendiendo tomates en el mercado que pintando un cuadro). Luego, si tenemos en cuenta lo mucho que cuesta enarbolar la bandera del talento en una sociedad en la que ‘el entusiasmo de farolear’ prevalece sobre la constancia y el esfuerzo que hacer arte requiere, nos llevamos las manos a la cabeza y gritamos: “¡Dios mío, ten piedad!”
Distinguir entre talento artístico y ‘entusiasmo creativo’, de eso se trata.
Pasar un buen rato entre amigos es maravilloso. Luego, si rematamos este feliz pasatiempo con un evento cultural en el que llegamos a alcanzar (o en el que creemos haber alcanzado) cierto protagonismo (válido, sobre todo, como psicoterapia)…, ¡bingo!, habremos logrado el propósito humano de tocar la gloria con un dedo. Sin embargo, podríamos ‘confundir churras con merinas’ si tomáramos esta pequeña conquista para considerarnos talentosos paladines de la cultura, cuando en realidad no hemos hecho otra cosa que divertirnos y –dicho sea de paso– alimentar nuestro ego con el veneno de la excesiva autoestima.
No vayamos demasiado lejos si de poner ejemplos se trata; quedémonos aquí, en nuestra ciudad de León; observemos el boom de jubilosos protagonistas del quehacer artístico-literario emergiendo a ritmo acelerado (un amigo llama a este fenómeno ‘democratización de la cultura’). ¡Loado sea este desbocado surtidor de creadores! Sin embargo…
¿Acaso nuestra apreciación del talento artístico corre el peligro de morir?
Nos gustaría ser optimistas y poder decir que todo va bien. En cambio, no siempre se valora lo mejor que tenemos. Y Amé, cortometraje del dos mil veinticuatro dirigido por el extremeño-leonés Néstor del Barco Rodrigo (véase ‘Néstor del Barco, el cineasta que une de forma trashumante y colaborativa Extremadura y León’), es un buen ejemplo (y no el único, por cierto) de ignorancia por parte de la farándula leonesa, cuando, al contrario, su acogida internacional ha sido brutal: el filme ha sido seleccionado en festivales de ciudades como Nueva York, Los Ángeles, Nápoles, Dubai, Porto, Lisboa, París… En Wellington, India, su éxito ha sido rotundo, siendo merecedor de cuatro galardones TIFA (Triloka International Filmfare Awards)… Pero... –¡Uy, uy, uy!– quedamos de piedra al ver el poco caso que se la he hecho en España, muy especialmente en León, donde la información nos remite, solamente, al festival Luna de Cortos de Riego de la Vega y a su proyección en el Festival de Cine de Astorga.
La trama se centra en la historia de una mujer de Serradilla (en vida real, María de los Ángeles Ortiz, conocida como Angelines), quien habiendo llegado al ocaso de su vida, recuerda el pasado. Con total ausencia de diálogos o monólogos, la narrativa se apoya en geniales efectos especiales (la fotografía cuenta con la maestría del cineasta leonés Fernando Jover) y en una colosal simbología. Vestida de un blanco impoluto, sentada en medio de un locus amoenus, la protagonista acaricia una paloma blanca que permanece encerrada en una jaula (formidable metáfora de su propio ser cautivo) y revive instantes de dolor y angustia, pero también de derroches y alegrías; emociones y sentimientos expresados en dinámicos cuadros alegóricos en los que el pasado choca con un presente totalmente incomprensible (la actual sociedad, por ser inexplicable para la protagonista, se proyecta cabeza abajo)… Y al final, se escucha el un chasquido de cristales rotos en el interior de la mujer; ella se retuerce de dolor y escupe los fragmentos del vidrio, se recupera del tormento, se levanta del sillón y echa a andar bosque adentro. Un filme sustancioso en forma y contenido, digno de ser valorado.
Claro, habréis escuchado decir eso de que ‘nadie es profeta en su tierra’, frase del Nuevo Testamento convertida en proverbio. “¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? (…) ¿De dónde, pues, le viene todo esto”; presos por la envidia y la ignorancia, los pobladores de Jerusalén se burlan de Jesús (Mateo 13:55, Marcos 6:4, Lucas 4:22), a lo que ‘el burlado’ responde: “En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su tierra” (Lucas 4:24).
Tal vez por aquello de no infringir lo que está escrito, Néstor del Barco optó por irse al extranjero, donde 'Amé' fue valorada. Y premiada.
En casa, al parecer, tal misión habría sido imposible.