Consideraciones varias sobre la pertinaz sequía

Los pavorosos incendios acaecidos en España el pasado mes de julio –veremos como acaba el de agosto– señalan con dedo acusador múltiples factores e incluso derivadas infumables. Si la palabra prevención no encuentra cabida en el léxico del buen hispano, la palabra extinción tampoco goza de un gran predicamento. Aquí, las personas con mando en plaza viven más preocupadas por otras cuitas que por unos cientos de miles de hectáreas de bosque calcinado , miles de evacuados por el fuego, gastos ingentes o la progresiva desertificación del país.

Las verdaderas preocupaciones llegan cuando urbanizaciones de personas con posibles, esas que han ocupado parte de la España vaciada para asentar sus reales de fin de semana o lucir palmito con sus impresionantes viviendas, son amenazadas por las llamas. Entonces sí, entonces son portada de informativos y grandiosas declaraciones de diestros y siniestros. Si es la Sierra de la Culebra la que arde o lLs Médulas, bueno, se le da cobertura informativa una semana o un par de ellas a lo sumo y después sólo son munición con la que atizarse entre sí políticos estatales y autonómicos. El ciudadano de a pie sólo está para aplaudir o insultar.

Los incendios son la punta de lanza de un problema complejo, un síntoma no una causa. Combatirlos tiene varios frentes, algunos de tanto relieve como el fuego mismo. Muchos de los incendios actuales recaen sobre plantaciones de pinos, algunas de las cuales vienen de los tiempos del régimen anterior, donde la conciencia medioambiental era nula y terrenos erosionados eran repoblados con especies esquilmantes, impidiendo recuperar entornos meteorizados, es decir, condenados a lucir pinos raquíticos, pasto de procesionarias y finalmente sucumbir ante el fuego. Y lo que es válido para pinos, lo es para eucaliptos.

Un invierno y una primavera con abrumadores registros pluviométricos dio paso a un verano seco con temperaturas nunca antes registradas. El binomio perfecto: abundantes lluvias desatan una explosión vegetal. La sequía y el calor desatan fuegos devastadores. Aquella maldición tendenciosa de que África llegaba hasta los Pirineos empieza tomar carta de naturaleza. Terraplanistas, negacionistas y hasta el primo de algún expresidente niegan la evidencia del cambio climático. Otros políticos, autonómicos y estatales, no lo niegan, pero actúan como si lo negaran. Los problemas ambientales no son de su incumbencia.

La presencia de mosquitos, vectores de enfermedades como la Fiebre del Nilo o la Lengua azul, o especies marinas nunca avistadas en nuestras costas, son la prueba palpable de que estamos modificando el planeta a pasos agigantados ante la inacción de quienes deberían evitarlo. Las hambrunas por sequías y los movimientos migratorios consiguientes serán el colofón de tanta indiferencia. El problema es de tal envergadura que hasta la glamurosa Francia se las ha tenido que ver este año con la voracidad de las llamas, y como ella España, Portugal o Grecia.

A nivel nacional hemos tenido que aceptar la llegada de medios de lucha contra incendios venidos de países europeos. Nada se había previsto. En Castilla y León, arde sobre quemado. Zamora en 2022, Zamora y León en 2025 y León y Avila en 2026, han evidenciado, una vez más, la ineptitud de esta comunidad en materia de incendios. Madrid, presidida por una lenguaraz presidenta que presume más que sabe, ha demostrado ser tan incompetente como sus correligionarios castellanoleoneses, con contratos infectos de sus brigadas, incapacidad manifiesta para gestionar esta emergencia o el bochornoso espectáculo de ocultar miserias propias alegando vender un ático para sufragar los daños causados por el fuego.

La sequía presenta otra cara siniestra que no obedece tan sólo a la escasez hídrica. Los huertos del Órbigo languidecen tras decisiones dictatoriales de personajillos que se han apropiado de la gestión del agua. Sin embargo, hasta el verano había embalsados en León excedentes del líquido elemento. ¿Conviene dejar de regar en León para que fluya el agua y así cumplir con el Convenio de Albufeira firmado con Portugal en 1998? Ya señalé en alguna ocasión que en León nos quedaremos con el frío y la nieve mientras el agua discurre plácidamente hacia territorios cuyos representantes velan por sus representados. En León, no cabe temer tal cosa.

Dejó dicho el papa Francisco que el agua acabaría siendo motivo de más disputas que en el petróleo en el presente siglo. Eso es cierto para todo el orbe, menos para León. Aquí no necesitamos nada y el agua tampoco. ¿Cómo? ¿Que por lo ‘bajinis’ o en el bar mostramos nuestro malestar con que una provincia con suficiente agua se vea privada de ella y se le niegue hasta el riego doméstico? ¡Seamos altruistas! Si hasta tenemos nuestro particular trasvase Tajo-Segura (léase canal de Payuelos), que permite regar la remolacha o la alfalfa de la lujuriosa Valladolid, mientras en el pajizo León se nos agostan hortalizas y frutales.

Renegados hay en España, como los aragoneses, que se oponen a desviar aguas del Ebro a destinos tan alejados como la huerta de Murcia, sus campos de golf y otras instalaciones turísticas. No, no. En León somos “muy españoles y mucho españoles” y lo damos todo. Me pregunto yo, conste que, sin acritud, qué sucedería si la pertinaz sequía afectara al río Esla y toda su vega, principalmente de la margen izquierda, hasta el extremo de hipotecar la pervivencia de la agricultura en toda esa vasta comarca. ¿Se suspendería el trasvase de Payuelos? ¿No? ¡Eso es patriótica magnanimidad! Se necesita mucha presencia de ánimo para ver como tu agua viaja hacia otros lares mientras tú agonizas de sed.

El controvertido cambio climático, el calentamiento global, la sequía consecuente y los subsiguientes incendios, están implementados por una clase política totalmente incompetente, cuyo mejor servicio al planeta sería irse a sus casas, dejarnos en paz con sus discusiones y dar paso a savia nueva, savia concienciada con lo que inevitablemente perdemos año tras año. Claro es que, a lo mejor, la España vaciada debería intervenir y aspirar a algo más que recibir ayudas compensatorias con cada traspiés. Esto es válido para todo el país menos para León.

Aquí somos leales súbditos de Castilla y León. Y con eso nos basta.

Tomás Juan Mata pertenece a Urbicum Flumen, la Asociación Iniciativa Vía de la Plata