1976: la oleada de huelgas que hizo que el franquismo muriera en la calle

¿Qué sensaciones se palpaban a la muerte de Francisco Franco en noviembre de 1975? “Había euforia, pero también cautela”, responde desde Lillo del Bierzo (Fabero) Lucita Prieto Vidal. No había pasado todavía un año del deceso del dictador cuando el arrojo pudo a cualquier otra consideración. “¡Pégame a mí si te atreves!”, le espetó a un guardia civil cuando encabezaba embarazada, con otra mujer también encinta, una marcha camino de la bocamina del pozo Marrón, donde casi un centenar de mineros, entre ellos su marido, llevaban días encerrados. “¡Me puse farruca!”, exclama ahora que se cumplen 50 años de aquellos días de 1976 en que lo que sucedía en las calles marcaba en cierta medida lo que se decidía en los despachos en el proceso de Transición a la democracia en España.

Las sensaciones en aquel momento de incertidumbre tenían un innegable componente generacional. “Los jóvenes, los que no habíamos vivido ni la Guerra ni la posguerra, teníamos ilusión. Los que tenían más edad tenían ilusión, pero también miedo. Decían: 'igual se vuelve a liar”, distingue desde Fabero José Antonio López Míster, que reconoce que aquel día de revueltas ante el encierro en el Pozo Marrón pasó “miedo” cuando se produjo una ráfaga de disparos de metralleta al aire. Había también entonces un componente sectorial. “La minería fue siempre una punta de lanza” en materia de conflictividad sociolaboral, subraya este antiguo sindicalista de Comisiones Obreras. Los mineros llevaban años de ventaja a otros trabajadores cuando en 1976 se desató la mayor oleada de huelgas en la historia reciente de España.

De hecho, la minería tenía dos ventajas de partida cuando se emprendió la lucha para que, después de que el dictador hubiese muerto en la cama, el franquismo pereciera en la calle. “Era en la provincia de León el sector más numeroso. Y también era el más organizado”, señala el historiador berciano Alejandro Martínez al aludir a las estructuras surgidas durante la huelgona de 1962 para crear comisiones de obreros que derivarían en las Comisiones Obreras, todavía ilegales en 1976 pero ya con un gran nivel de penetración en diferentes sectores. “Y es la movilización obrera la que hace descarrilar la posibilidad de un franquismo sin Franco”, sentencia Martínez, autor del libro Conquistar el pan y la libertad. Historia de las Comisiones Obreras en Laciana y El Bierzo (1962-1982).

La provincia, tan grande como diversa, viajaba a diferentes ritmos, en general por detrás otras más industrializadas donde la oleada huelguística (“la galerna” en expresión del entonces ministro de Exteriores, José María de Areilza) comenzó ya a finales del propio 1975 hasta propiciar un invierno caliente de protestas en el país. Y el carácter de los leoneses era “frío”. Lo dice, precisamente en un informe sobre la conflictividad laboral en ese año, el propio Gobierno Civil de León. “Quizá”, reza el documento, “a que predomina en la provincia, la población de tipo rural, por lo general más serena y conservadora, no se ha presentado en el año 1976 la actividad subversiva en alto grado de actuación, a lo que contribuye sin duda alguna el carácter apático y frío del leonés medio y no haber existido por otra parte líderes políticos o agitadores de talla, ni entre seglares ni entre clérigos”. León ya había sido elegida por su teórica condición de ciudad tranquila en 1970 como sede de un Congreso de la Abogacía, catalogado luego como el de la “ruptura” por los planteamientos tan avanzados realizados por los letrados en aquella España del tardofranquismo.

Los jóvenes, los que no habíamos vivido ni la Guerra ni la posguerra, teníamos ilusión. Los que tenían más edad tenían ilusión, pero también miedo

Leonés del barrio de la Sal y trabajador de Renfe en Valladolid, Javier Fernández ya estaba implicado en el mundo sindical antes de ser elegido secretario general de CCOO en Castilla la Vieja. Aun reconociendo que en 1976 Valladolid iba por delante en la movilización sociolaboral por el peso vinculado a la industria automovilística, León podría situarse “en el medio” en esta materia entre las provincias de la actual comunidad autónoma. “Como Burgos”, equipara este antiguo dirigente de Comisiones al referirse a aquel año en que el Gobierno tuvo que militarizar Renfe y en que una de las demandas más recurrentes fue “por la libertad sindical”.

“Había mucha ilusión por sacar al país de donde estaba metido. Fue muy emocionante”, subraya Elena Durán, berciana que vivió en León entre 1974 y 1986 en aquel contexto de movilizaciones. Las reuniones clandestinas eran, con Franco todavía vivo, en un bar en Puente Castro. “Teníamos mucha envidia por lo que había pasado en Portugal”, admite en referencia a la Revolución de los Claveles que logró en abril de 1974 derrocar en las calles a la dictadura lusa. “Yo me implico porque hacen falta manos en UGT”, cuenta para relatar el paso por distintas sedes improvisadas y provisionales en calles como Juan de Malinas, Lancia y Alfonso V en un trabajo entonces volcado en prestar a los trabajadores asesoramiento legal y formalizar afiliaciones. “Fue como una avalancha”, resume.

“Hubo que hacerse sindicalista a la puta fuerza”, sentencia, minutos antes de mostrar a la cámara su carné de afiliación a la UGT en 1977, Miguel Ángel Cueto, que trabajaba entonces en la Azucarera Santa Elvira de León. “Era eso o morirte de hambre trabajando”, añade al referir jornadas de trabajo de “12 horas sin descanso” y con temperaturas insoportables. Y recuerda que en los documentos laborales de la época había una coletilla que suponía una potencial barrera ante cualquier reivindicación de los trabajadores: “Si la empresa lo cree conveniente”. Lo laboral, en un contexto de grandes dificultades económicas derivadas todavía de la crisis del petróleo de 1973, daría paso después a lo político. Quizá porque eran inseparables.

¿Cómo vivieron aquel año 1976 las empresas? “Tanto empresas como trabajadores atravesaban una situación económica muy complicada, marcada por el incremento de los costes empresariales, la pérdida de poder adquisitivo de los salarios y una gran incertidumbre política”, contesta el letrado y entonces vicesecretario de ordenación económica defendiendo los intereses empresariales en el Sindicato Vertical, Roberto Suárez, para quien, más allá de la oleada de huelgas, el año 1976 es “un momento de profundas transformaciones en el que empezaban a quedar atrás las antiguas estructuras de una etapa histórica y se abría paso un modelo diferente de relaciones laborales”.

Militante entonces del PTE (Partido del Trabajo de España), situado “a la izquierda” del PCE (Partido Comunista de España), Quinidio Benjamín Martínez distingue tres tipos de empresas y empresarios en el ecosistema de 1976 en León: “hijos adoptivos del régimen” instalados en las azucareras, los altos hornos o las minas; grandes constructoras con estructura nacional que llegaban a la provincia “con pies de plomo” ante un escenario de conflictividad; y pequeñas y medianas empresas que “estaban totalmente desnortadas” ante un nuevo contexto, una revolución sociolaboral que sí se fue abriendo camino con el paso de los meses en el escenario leonés.

Estaba entrando entonces en escena gente joven que ya estaba mucho más politizada viniendo desde la universidad

Más allá de la propia especificidad del sector minero y al margen de la tardanza en desatarse la conflictividad sociolaboral en comparación con otras zonas de España, León encontró un banderín de enganche en la huelga de la construcción, que afectó a más de 5.700 trabajadores durante 35 días hasta solventarse ya en el mes de octubre. Uno de sus principales valores, con imágenes icónicas como la de obreros encaramados a las verjas de la Catedral de León, fue el de hacer visibles las protestas en pleno centro de la capital leonesa, donde apenas llegaban los ecos de los encierros en los tajos mineros. Así lo subraya el historiador David Martínez, autor de la tesis doctoral Construyendo la democracia, Tardofranquismo, Transición política y la cuestión autonómica en la provincia de León (1962-1984), donde también recalca la diversificación de la conflictividad con la entrada en escena de otros sectores como la sanidad o la educación mientras que la movilización del campo todavía se retrasó hasta 1977. “Estaba entrando”, dice Martínez, “gente joven que ya estaba mucho más politizada viniendo desde la universidad”.

Anselmo Carbajal, que todavía no se había instalado en 1976 en la provincia de León, trabajaba en un colegio religioso en Galicia cuando el 20 de noviembre de 1975 murió Franco. “La mitad de la plantilla lloraba y la mitad lo celebraba”, evoca. Leonardo Enríquez Mastache, que en diciembre de 1973 se encontraba en Moratalaz (Madrid) y tuvo que viajar en tren a Ponferrada la noche del día en que ETA hizo volar por los aires al presidente del Gobierno, Luis Carrero Blanco, en pleno Proceso 1001 contra sindicalistas de Comisiones Obreras, ya había participado en 1976 en asambleas que se hacían en el Puente Boeza y Campo (en los alrededores de la ciudad de Ponferrada) para poder escapar de los grises por fincas aledañas cuando el 23 de febrero de 1981 se vio con un hijo de ocho meses y militando en el PCE y en CCOO. Y Paulino Bejega, asturiano que trabajaba en la construcción y llegó después a Laciana previo paso por Galicia para acumular empleos (también en la minería del carbón), se recuerda en 1976 teniendo que “comer algún papel en la cárcel”. “Yo nací socialista y ugetista”, dice quien heredó el nombre de un tío fusilado.

“Si algo se sacó fue a base de lucha”, cuenta Lucita Prieto Vidal, que trabajó en lavaderos de minas hasta que se casó y que también había mamado en casa un espíritu antifranquista: su padre había estado preso en el campo de trabajos forzados de Fabero. “Con Franco vivo, funcionaba más el boca a boca o tirar pasquines. Miedo tenías, pero te atrevías. Éramos de izquierdas; y aquí el poder lo tenía la derecha”, señala sin esconder que, muerto el dictador, quedaron rescoldos. “No pensábamos entonces que iba a quedar la semilla que quedó, y que todavía queda”, apunta para aportar otra perspectiva de aquel ambiente opresivo: “Y eran peores los alcahuetes que había en los pueblos, y que se chivaban”.

El caso es que el año 1976 iba a marcar el rumbo de la España sin Franco. “El movimiento sindical aguantó las grandes embestidas del régimen. Y el franquismo murió en la calle”, señala Quinidio Benjamín Martínez, que estuvo especialmente implicado en la huelga de la construcción en León. Para entonces, la movilización en la calle ya había sido clave en la caída del Gobierno de Carlos Arias Navarro. 'El año en que tumbamos un Gobierno pero no pudimos con el régimen' se titula el capítulo dedicado a 1976 del libro sobre la historia de CCOO en El Bierzo y Laciana entre 1962 y 1982 de Alejandro Martínez, quien se remite como resumen a dos expresiones célebres: la ruptura no fue “limpia”, sino “astillada”, del entonces líder de Comisiones Marcelino Camacho; y la Transición como “una correlación de debilidades” entre Gobierno y oposición, del escritor Manuel Vázquez Montalbán.

“Sin la presión laboral, España no habría cambiado como cambió. A raíz de lo laboral, vino lo político”, sostiene Leonardo Enríquez Mastache, que trabajaba en el sector de materiales de la construcción en Almacenes López Bodelón de Ponferrada. “Eran las dos cosas al mismo tiempo. La democracia no vino porque lo dijera nadie, sino por lo que sucedió en la calle”, abunda el sindicalista minero Míster. “Es evidente que la conflictividad social contribuyó a generar un clima en el que las reformas resultaban cada vez más necesarias y difíciles de aplazar”, concede el letrado Roberto Suárez, que sería secretario general de la Fele (Federación Leonesa de Empresarios) entre su fundación ya en 1977 y 2004.

La movilización sociolaboral aceleró las reformas en un año partido por la mitad en lo político: hasta junio con Arias Navarro al frente y sacudidas como los sucesos de Vitoria, donde la carga policial acabó en una tragedia a la que se reaccionó con más presión en las calles; y desde julio con el nuevo Gobierno de Adolfo Suárez, que impulsó la Ley para la reforma política, el instrumento que permitió sustituir una cámara de representantes heredera del franquismo por un Congreso de los Diputados y un Senado compuestos tras las elecciones legislativas de 1977, las primeras libres y democráticas en España desde 1936.

Es evidente que la conflictividad social contribuyó a generar un clima en el que las reformas resultaban cada vez más necesarias y difíciles de aplazar

La segunda parte del año ya sí es caliente en la provincia de León, que se suma a la huelga general del 12 de noviembre, menos de un año después de la muerte de Franco y curiosamente apenas un día después en el calendario de la convocada en este 2026, ahora con la reivindicación de acceso a una vivienda digna en la diana. Hace 50 años, como otra constatación de cómo lo laboral estaba imbricado con lo político, la convocatoria tenía una motivación explícita: la oposición a un decreto-ley que impondría la congelación salarial y permitía algunos tipos de despidos. Pero en el fondo también subyacía la batalla por la ruptura frente a la Ley para la reforma política, aprobada el 18 de noviembre por las Cortes todavía franquistas y refrendada el 15 de diciembre en un referéndum que dejó apoyos significativamente más bajos en Ponferrada (70,92%) y Villablino (70,7%) que en el conjunto del país (94,17% de apoyo) con la oposición sindical y política abogando por la abstención.

La huelga general llega a la provincia de León todavía con los rescoldos de lo sucedido unos días antes en el Pozo Marrón de Lillo del Bierzo, que obligó a terciar incluso al dirigente de Comisiones Obreras Benjamín Rubio para propiciar el final del encierro. Y deja varias lecturas. “Hace un tiempo pensaba que sí había una diferenciación entre las huelgas laborales y las huelgas políticas. Hoy pienso que no”, considera el historiador David Martínez. Las fuerzas sindicales están allanando el camino. “Los sindicatos ya están pensando en la legalidad y en ganar afiliados. Mientras que, por ejemplo, la minería, a través de Comisiones, ya tenía más controlada a la gente”, aporta el también historiador Tomás Sarmiento. Y van arañando, progresivamente, espacios de libertad. Javier Fernández ilustra cómo durante todo el año fueron logrando pequeñas victorias en gestos aparentemente inocentes como prolongar la hora del bocadillo para hacer patentes sus protestas. El dirigente de CCOO notó ya cierta permisividad policial durante la campaña y la jornada de huelga general del 12N.

“Escasa respuesta” tituló el 13 de noviembre a cinco columnas Diario de León, que habla de “total normalidad ciudadana en León”, si bien sí reconoce una “especial incidencia de la huelga en el sector minero”. Los paros siempre dejan guerras de cifras, pero se estima que en la provincia de León se sumaron entre 11.000 y 20.000 trabajadores, según recoge Alejandro Martínez en su libro Conquistar el pan y la libertad. En la misma portada de ese día 13 Diario de León informa en una esquina: “Desde ayer está en marcha la Federación Empresarial Leonesa”.

“La creación de la Federación Leonesa de Empresarios fue el resultado de un proceso que empezamos a impulsar en 1976, cuando ya éramos conscientes de que el sistema de representación empresarial existente tenía que evolucionar hacia un modelo de organizaciones libres e independientes”, señala el cofundador de la Fele Roberto Suárez, quien recuerda el momento histórico como “un proceso de aprendizaje para todos”. “Había”, agrega, “que establecer nuevas reglas, desarrollar una cultura de la negociación y asumir que los conflictos laborales formaban parte de las relaciones entre empresarios y trabajadores, pero que debíamos encontrar mecanismos para resolverlos mediante el diálogo y el acuerdo”.

Los sindicatos son todavía ilegales, pero ya no se esconden. “Hablábamos de ello abiertamente”, constata desde Fabero Míster, que vuelve a apelar a una cuestión generacional al abordar las relaciones de entonces entre trabajadores y patronos. “Se pasó del ordeno y mando a tener que negociar”, dice al describir escenas de operarios de mayor edad frente a los empresarios “asintiendo y con la boina en la mano” que recuerdan a secuencias de la novela de Miguel Delibes Los santos inocentes. “A la mitad de los empresarios no los conocíamos”, señala desde Lillo Lucita Prieto Vidal al referir protestas laborales por el trato dispensado por algunos capataces. “Yo no tuve problemas con los jefes; los problemas eran con los encargados”, aporta desde Ponferrada Leonardo Enríquez Mastache.

No nos dijimos a nosotros mismos que la democracia había que seguir mimándola todos los días

La mirada a 1976, que en León se cerró todavía con una huelga del metal en diciembre que respaldaron 3.000 obreros de 300 empresas, deja finalmente lecturas retrospectivas marcadas por un halo de desencanto en entrevistas para este reportaje realizadas antes de la movilización desatada tras el desahucio de Maricarmen Abascal y la convocatoria de una huelga general con la vivienda en el eje de las reivindicaciones para este próximo 11 de noviembre. “No nos dijimos a nosotros mismos que la democracia había que seguir mimándola todos los días”, lamenta Quinidio Benjamín Martínez, para quien aquella “efervescencia” derivó primero en “conformismo” y luego en “pasotismo”, unido al establecimiento de una “sociedad de consumo” que “se paga” en las economías familiares con “una esclavitud de deuda permanente”. Martínez, que ya entonces apuntaba como una de las asignaturas pendientes la de la exigencia de garantías a la proclama constitucional del derecho a una vivienda digna, señala otros pecados como el de saltar la línea roja de negociar convenios de más de un año de duración: “Cuando empezaron a firmarse convenios por dos años, dijimos: 'Esto es la muerte de la negociación colectiva”.

Anselmo Carbajal mira también hacia dentro de las organizaciones sindicales para fijar otro punto de inflexión. “Hubo una persona en este país que fue (el expresidente del Gobierno José María) Aznar, que, al darle la formación a los sindicatos, los compró. Los que trabajábamos en esto (dice sobre la función sindical) lo hacíamos de forma voluntaria y gratuita. En cuanto se dieron liberaciones y formación a algunos sindicatos, se quitó mucha conflictividad. Y en este momento hemos involucionado”, opina Carbajal sin obviar tampoco el papel actual de los gigantes tecnológicos en el control de la información a través de los algoritmos y las redes sociales hasta condicionar el voto de los jóvenes. “Y eso”, concluye, “es un cáncer que nos va a matar”.

“Han conseguido anular a los sindicatos. La clase trabajadora es hoy muy individualista”, coincide Elena Durán, mientras Lucita Prieto Vidal se queda “pasmada” cuando acude invitada por Alejandro Martínez a las aulas del Instituto Beatriz Ossorio de Fabero y constata el grado de apoyo a Vox entre los jóvenes. “No puedo con eso”, dice para apelar a la responsabilidad de las familias. Cincuenta años después de hacerse sindicalista “a la puta fuerza” por las condiciones del momento, Miguel Ángel Cueto lamenta cómo ahora los sindicatos “están desprestigiados cuando hacen una función extraordinaria”. “Si no los hubiera”, concluye tras hablar de aquel momento en que eran todavía clandestinos, “habría que inventarlos”.