Los mecenas que allanaron la ruta a Victorino Otero para ser el tercer español en terminar el Tour de Francia

Victorino Otero (San Andrés de las Puentes, Torre del Bierzo, León, 1896-Torrelavega, Cantabria, 1982) era para la familia asturiana Cuesta no tanto el tercer ciclista español en terminar el Tour de Francia como el cicloturista con el que compartir excursiones que incluso se quedaba a veces a dormir en su casa de Gijón. Tanto es que así que Daniel García de la Cuesta, descendiente de aquellos pioneros en montar una fábrica de bicicletas en el norte de España a principios del siglo XX, no supo que el amigo de sus antepasados había hecho historia en el ciclismo nacional hasta que el escritor Ángel Neila contactó con él para bucear en la biografía de aquel berciano afincado en Cantabria que se sobrepuso a todas las calamidades para acabar el dantesco Tour de 1924. Otero compitió en solitario, pero su gesta también se explica a través de una red de apoyos que incluye a los Cuesta, quienes dispensaron al corredor la bicicleta para participar y 1.500 pesetas para sufragar gastos, en este último caso probablemente para la edición de 1923, una primera toma de contacto infructuosa que acabó en la tercera etapa.

Los hermanos Jesús y Marceliano de la Cuesta fundaron en Gijón la fábrica de bicicletas Cuesta y Cía en 1901 y el Club Ciclista Gijonés en 1903. La fábrica y el club se entrecruzan en la vida de Victorino Otero, que nació el 21 de octubre de 1896 (en unos meses se cumplirán 130 años) en San Andrés de las Puentes, desde donde la familia emigró a Marsella. Otero, que ya había hecho pinitos en el ciclismo, regresó a España para cumplir el servicio militar. De esa etapa le viene el apelativo de el Soldado a quien acabaría afincándose en Cantabria, desde donde lanzó una carrera deportiva que tiene un valor añadido: el de pioneros que hicieron frente a todas las dificultades para marcar un hito. El Tour de Francia, competición nacida en 1903, era a ojos de los españoles de la época una cima no coronada. Por entonces todavía no se sabía que ya un español de Jaca (Huesca) afincado en el país galo, José María Javierre, había finalizado la carrera en su edición de 1909.

Desconociendo una circunstancia que acabó revelándose ya en el siglo XXI, el reto pasaba entonces por ser el primer ciclista español en llegar a París y completar la carrera ciclista más importante del mundo, convertida hoy en el tercer evento deportivo más relevante tras los Juegos Olímpicos y la Copa del Mundo de fútbol. Otero puso sus piernas. Y la familia Cuesta aportó la bicicleta. La máquina se rindió a la dureza de una prueba que incluía etapas de más de 400 kilómetros. Concretamente de 405 constaba la tercera, entre Cherburgo y Brest, que Victorino Otero tuvo que terminar caminando los últimos 18 tras romperse la horquilla de la bici y sufrir una caída. Jesús Cuesta, que había salido de Gijón camino de Francia para animar al ciclista, ya no traspasó la frontera. Lo mismo le ocurrió al periodista Clemente López-Dóriga, miembro de otra familia que se convirtió en mecenas de los retos de Otero.

Los López-Dóriga habían perdido a uno de los suyos en la carretera. Alfredo López-Dóriga, hermano de Clemente, se cayó de la bicicleta en 1909 en la Cuesta de la Pajosa, cerca de Santander. Aunque en principio las heridas parecían no revestir tanta gravedad, el joven acabó muriendo de un derrame cerebral. Y a pesar de que el accidente no se había producido en competición, la familia era recelosa de que los hijos tomaran parte en carreras. Hasta el punto, explica el escritor e investigador sobre la historia del ciclismo Ángel Neila, de que tanto Clemente como su hermano Ricardo se inscribieron en algunas pruebas de tapadillo con el nombre de Lapize, en honor a un ciclista francés. Vedada (o condicionada) la competición en primera persona, la familia acabaría involucrándose en el ciclismo de otra manera.

El ciclismo de la época no se explica sin la importancia del papel de los periódicos. El Tour de Francia nació de las páginas de L’Auto, predecesor del actual L’Équipe. Diarios del norte de España acabaron promoviendo y canalizando las iniciativas populares destinadas a contribuir económicamente a la gesta de Victorino Otero, más si cabe teniendo en cuenta que el berciano competía en la categoría de tourist-routier: como independiente, sin posibilidad de contar con técnicos y masajistas y debiendo agenciarse el alojamiento y la subsistencia (la organización del Tour apenas aportaba 20 francos diarios y otros 33,45 por llegar a París). “Y ahí Clemente López-Dóriga tenía mucha mano”, cuenta Ángel Neila al destacar el valor de los periódicos, donde se abrieron suscripciones populares, en una de las cuales se da cuenta de que “dos deportistas” sin identificar ofrecen 100 francos si Otero llega a Bayona (era la meta de la quinta etapa y abandonó en la tercera) y 50 más si termina la primera etapa pirenaica.

Los periódicos los hacían también otros periodistas como Román Sánchez Acevedo Pepito Pedal. “Era un tío impresionante”, sentencia Neila sobre este reportero al que concede un papel de “auspiciador”. “Él patrocina con la pluma para que otros aporten dinero”, añade al desconocer si también pudo contribuir económicamente a la causa. Sí lo hizo informando tanto del intento infructuoso de 1923 como del hito de 1924, que se empieza a contar a través de una aportación muy singular: los 5.000 francos adelantados por el modesto industrial José López Herrera, propietario de taller de bicicletas en el que Victorino Otero había trabajado en sus primeros tiempos en Santander antes de afincarse en Torrelavega. Como el ciclista habló luego en repetidas ocasiones de que llevó a esta segunda participación hasta 5.000 fotografías suyas firmadas que vendía entre los aficionados para costearse el alojamiento y como con el paso del tiempo existen olvidos y declaraciones contradictorias, Ángel Neila se inclina por pensar que estas 5.000 fotografías fueron realmente los 5.000 francos anticipados, una tesis que defiende en su libro Victorino Otero Alonso “El Soldado” Sufrir y vencerse, editado en 2025 por el sello Círculo Rojo.

El repaso a la hemeroteca también arroja interrogantes en torno a la cronología de las 1.500 pesetas aportadas por los Cuesta, según algunos testimonios para el Tour de 1924, si bien Ángel Neila apuesta por el de 1923 al contrastar otras informaciones. Cuesta y Cía sí volvió en la segunda participación a poner la bicicleta (y rifó otra para contribuir a la recaudación popular, a la que se sumaron eventos como partidos de fútbol). Como si de una maldición se tratara, los percances se repiten en la tercera etapa, precisamente con el mismo recorrido, Cherburgo-Brest. Si en 1923 se rompió la horquilla, en 1924 lo hace el cuadro, en esta ocasión a 60 kilómetros de meta. Otero vuelve a darse una caminata para no llegar fuera de control. Y los contratiempos se van multiplicando: llega a la meta con la entrepierna ensangrentada por el roce del sillín, los tobillos se le hinchan luego por tener que pedalear de pie, repara como puede en la cuarta etapa el cuadro en una fragua, pero lo embiste luego otro corredor hasta romper ocho radios y un pedal… Por si fuera poco, desde Bayona se queda sin la asistencia directa de Clemente López-Dóriga, bajo amenaza de expulsar al corredor por incumplir el estricto reglamento bajo el que se rigen los tourist-routier. A partir de ahí lo esperará en la meta de cada jornada.

Pero precisamente en Bayona cambia el curso de los acontecimientos, en este caso en sentido positivo dado que llegan desde Santander Victoriano y Ricardo López-Dóriga, padre y hermano de Clemente, con un nuevo cuadro, regalo del patriarca. El resto es historia, no exenta de dificultades como el día en que tuvo que bajar el Galibier con la cadena rota y caminar hasta el pueblo más cercano con taller para comprar otra o el día camino de Dunkerke bajo una tempestad y sobre el empedrado, amén de la diferencia con los ases en las comidas, los alojamientos y las comodidades. El caso es que Victorino Otero llegó a París en el puesto 42. Antes, en la posición número 30, lo había hecho el catalán Jaume Janer, que presumiblemente contó con más medios económicos para completar la carrera. “El ciclismo en Cataluña estaba más desarrollado. Ya desde 1913 había Vuelta a Cataluña”, expone Neila.

Muchos años después se sabrá que no son los primeros españoles en terminar el Tour puesto que antes lo había logrado Javierre. Pero la gesta de Otero y Janer sirve de reivindicación nacional en tiempos en que la moral del país está alicaída por las derrotas militares en Marruecos. Y alienta la creación de competiciones: en apenas dos años nacerán la Vuelta al País Vasco, la Sevilla-Cádiz-Sevilla, la Vuelta a Cantabria, la Vuelta a Asturias y la Vuelta a Andalucía. Incluso empieza a hablarse de la posibilidad de lanzar la Vuelta a España, algo que no será realidad hasta 1935, ideada por aquel ciclista, periodista y mecenas clave en la carrera de Otero, Clemente López-Dóriga, y con un periódico, Informaciones, como organizador.

El Tour, marcado en aquella edición dantesca de 1924 (con etapas de hasta 482 kilómetros) por el mal tiempo, combate este año como puede los rigores del cambio climático con el intenso calor en el centro de los debates sobre su futuro. Victorino Otero, que aprovechaba para visitar luego a su familia en Marsella, declaró tras el de 1924 que ni por 100.000 pesetas de premio volvería a participar. El berciano pasó de “desconocido” a ser una “institución”, señala Neila. Su trayectoria también inspiró a paisanos como Vicente Trueba, que ya en los años treinta sería rey de la montaña en el Tour. Y regentaría luego su propia tienda y taller de bicicletas, al tiempo que contribuyó a la construcción del velódromo de Torrelavega y mantuvo viva la llama del cicloturismo, el último eslabón que lo unió ya para siempre con la familia Cuesta.

Conocido por ser hombre de pocas palabras, Victorino Otero seguramente apenas contaba batallas sobre el Tour de 1923 y 1924 en aquellas excursiones. “Un lugar escogido para realizar convivencias a medio camino, era una piscifactoría ubicada en L’Infiestu, y también realizaban excursiones con visitas a Unquera, Reinosa, Cabuérniga, El Escudo, Renedo o Torrelavega”, escribe Daniel García de la Cuesta, que reconoce por teléfono que no tenía “ni idea” de que Otero había participado en la ronda gala. “Hoy magnificamos las cosas. Pero ellos tenían otra manera de ver la vida” señala, consciente de lo que han cambiado los tiempos sin dejar de constatar la camaradería que imperaba en ambientes alejados de aquella competitividad a veces feroz de las grandes carreras. “Y en el cicloturismo”, concluye, “no hay primero ni último”.