'Persépolis': el triunfo de la ironía

La autora de Persépolis nació en Teherán y creció en un país que trasmutó de un régimen totalitario a otro como quién muda de camisa, de la monarquía absolutista del autocoronado Sha de Persia Reza Pahleví a una República Islámica de Irán que todavía pervive a día de hoy imponiendo sus fundamentalistas leyes a una sociedad cada vez más hastiada y silenciada. Aunque eso sí, bajo el Sha el país conoció un desarrollo económico y social sin precedentes, antes de que los fanáticos religiosos comenzaran a perseguir a todo aquel que fuera sospechoso de no seguir sus delirantes y medievales dictámenes morales. Las niñas de su generación vieron como la represión se instalaba en pueblos y ciudades, acabando de un plumazo con los avances conseguidos por sus madres. Cuando Marjane alcanzó la adolescencia sus padres la enviaron a Europa, pero a pesar de disfrutar de una sociedad laica donde cada individuo puede desarrollarse en libertad y amparado por un derechos básicos, pudieron más el desarraigo y la soledad. Después de un tiempo regresaría de nuevo a Irán, a su lugar en el mundo, aunque eso supusiera volver a vivir bajo las abyectas leyes que unos cuantos imponían en nombre de Dios.

Marjane Satapri contó su historia en una novela gráfica llena de ironía e ingenio que se convertiría rápidamente en un best-seller en todo el mundo menos en Irán, claro, donde no les hizo ninguna gracia su grotesco retrato de las absurdas normas que rigen su oligarquía religiosa y donde fue prohibido. Esa trascendencia cultural que alcanzó entre lectores y crítica hizo que su adaptación al cine llegará casi de forma natural. Dirigida por la propia Satrapi y Vincent Paronnaud, la película no pierde un ápice del agudo sentido del humor y la elocuente sinceridad que respiraba el cómic. El encanto de esta obra atemporal que adquiere si cabe una mayor vigencia moral e intelectual tras la muerte de Satrapi, reside en esa libre y genuina mirada que la autora deposita sobre su pasado, en ese inconformismo militante que le aleja de mediocres panfletos y le permite disparar sus ácidas reflexiones a diestro y siniestro, a Oriente u Occidente. También esa estúpida guerra que sitúa al régimen de Irán en el foco mediático hace que el visionado de esta obra tan tierna como trágica, tan cómica como terrible, consiga arrogar cierta luz sobre las complejidades de una sociedad tan vapuleada por sus iluminados gobernantes. 

Persépolis (aquí se explica el cómic) representa sobre todo el triunfo del conocimiento y la ironía sobre cualquier forma de intransigencia, nos enseña que no existe mejor arma para combatir dogmas intolerantes y absurdas solemnidades que el sentido del humor, nos habla de dignidad e integridad. Como en esas palabras que una joven Satapri escucha de su abuela en un conmovedor momento del cómic-filme: “Escúchame, no me gusta sermonear pero te daré un consejo que te servirá para siempre. En la vida te encontrarás a muchos gilipollas, si te hacen daño piensa que es su estupidez lo que les impulsa a hacerte daño. Así no responderás a su maldad, porque no hay nada peor en el mundo que la amargura y la venganza. Sé siempre digna e íntegra contigo misma”.