'Entre cerdos y amapolas', de Jon Arretxe

He aquí la eficaz construcción de una red de tramas disparatadas que terminan confluyendo en un mismo núcleo de corrupción, codicia y absurdo… La novela arranca con un detonante deliberadamente excéntrico: el robo de unas chistorras en una fábrica de embutidos de Arbizu… Lo que parece una anécdota rural casi costumbrista acaba revelándose como la punta de un entramado criminal mucho más amplio. Arretxe juega precisamente con esa desproporción entre causa y efecto: un asunto aparentemente menor desencadena una sucesión de negocios turbios, alianzas inesperadas y episodios de violencia grotesca que desembocan en una resolución con tintes gore.

La estructura novelística asimismo se articula sobre tres escenarios –Basauri, Vitoria-Gasteiz y Arbizu– y sobre varios grupos de personajes que inicialmente parecen moverse en órbitas independientes pero terminan entrelazándose (el propio Arretxe ha explicado que cada localidad aporta un conjunto distinto de personajes y conflictos, lo que da a la novela una gran movilidad narrativa).

Entre ellos destacan la conseguidora Zuriñe Ruiz de Gordoa, el empresario corrupto Gabriel Abrisketa y el fabricante de chistorras Fermín Bakaikoa, figuras que representan una galería de pícaros contemporáneos muy alejada de los detectives clásicos.

Y aquí entra en juego Arbizu, que es mucho más que un escenario. La localidad funciona casi como un personaje colectivo. Arretxe vive allí desde hace más de veinte años y aprovecha ese conocimiento íntimo para convertir el pueblo en un espacio ambiguo: por un lado aparece la Navarra rural, aparentemente tranquila y reconocible; por otro, un territorio donde los rumores, las relaciones personales y los secretos compartidos generan una tensión constante. El autor ha reconocido incluso que era el lugar que más respeto le daba retratar porque en un pueblo pequeño todo el mundo puede sentirse aludido.

Sin embargo en esta novela Arbizu no aparece idealizado. En la mejor tradición de la txapela noir, la comunidad local está atravesada por las mismas pulsiones que las grandes ciudades: corrupción, ambición, intereses económicos y pequeñas miserias humanas. El paisaje rural no actúa como refugio moral sino como escenario de una comedia negra feroz. De ahí que algunos lectores hayan hablado incluso de una especie de 'txistorra noir' donde el imaginario gastronómico local se convierte en materia prima para una intriga criminal tan absurda como eficaz.

Así las cosas, lo que como decimos diferencia a Cerdos y amapolas de la saga de Touré que ha venido haciendo hasta ahora este autor con gran éxito es el desplazamiento del foco: desaparecen los inmigrantes, los sin techo y los excluidos que protagonizaban las novelas anteriores, y aparecen personajes autóctonos, acomodados y perfectamente integrados, aunque no por ello menos turbios. El resultado es una sátira social donde el humor negro termina siendo más demoledor que cualquier discurso explícito.

¿'Txapela noir' con tintes de 'txistorra noir'?

Cerdos y amapolas, de Jon Arretxe, confirma que una parte de la novela negra vasca más incómoda, heterodoxa y socialmente corrosiva sigue gozando de una salud excelente. Lejos de los modelos nórdicos importados o de los procedimientos policiales al uso, Arretxe se inscribe en esa corriente que algunos han bautizado, con feliz ironía, como txapela noir: un territorio literario donde el crimen es apenas una excusa para radiografiar las grietas político-sociales de la sociedad contemporánea, donde el humor negro y radical funciona como un explosivo de precisión y donde los márgenes ocupan el centro del escenario.

En ese sentido, Cerdos y amapolas, dejando aparcado el ámbito de la novela negra postcolonial de la cual el autor es un denodado maestro (véanse todas las novelas de la saga Toure de las cuales somos tan partidarios), ahora dialoga con otra tradición muy concreta del noir vasco. Una línea narrativa que hunde sus raíces en las aventuras del detective José Javier Abásolo y su inolvidable Goiko, y que alcanza algunas de sus cimas más reconocibles en obras como Alacranes en su tinta, de Juan Bas, o Un dios ciego, de Javier Sagastiberri. Una senda que, más recientemente, ha encontrado nuevas derivaciones en las novelas fronterizas y mestizas de Noelia González Pino.

Como sucede en los mejores exponentes de esta corriente, Arretxe no pretende tranquilizar al lector ni ofrecerle un catálogo de certezas morales. Su mirada es la de quien recorre los arrabales físicos y éticos de la realidad para descubrir que allí, entre personajes desclasados, perdedores pertinaces, oportunistas de baja intensidad y supervivientes de toda condición, late una verdad mucho más elocuente que la de los discursos oficiales. El autor maneja con destreza ese difícil equilibrio entre la denuncia social y la carcajada, entre la compasión y la sátira, evitando tanto el sermón como la frivolidad.

Observación moral de la corrupción mediante el humor

La gran virtud de Cerdos y amapolas reside precisamente en esa capacidad para convertir la observación social de la corrupción (él antes que la realidad política actual identificó la corrupción económica con las chistorras, manda cojones) en materia narrativa de primer orden. El humor de Arretxe así no es un adorno ni un mecanismo de alivio cómico: es una herramienta de demolición. Un humor inventivo, irreverente, a menudo disparatado, que dinamita convenciones, desmonta prejuicios y deja al descubierto las contradicciones de un mundo donde la exclusión, la precariedad y la hipocresía institucional conviven con una normalidad inquietante.

Su prosa, ágil y desprovista de cualquier tentación retórica, avanza con la eficacia de quien conoce perfectamente el terreno que pisa. Pero bajo esa aparente ligereza se esconde una arquitectura narrativa sólida y una mirada profundamente humanista. Arretxe observa a sus criaturas con ironía, sí, pero también con una comprensión que evita el cinismo y convierte a muchos de sus personajes en figuras memorables.

En una época en la que buena parte de la novela negra parece debatirse entre la repetición de fórmulas y la hipertrofia del thriller, Cerdos y amapolas reivindica una manera distinta de entender el género: más pegada a la calle que al laboratorio forense, más interesada por las fracturas sociales que por los mecanismos del crimen, más próxima a la tradición satírica que al suspense convencional. Y es precisamente ahí donde encuentra su fuerza.

Jon Arretxe demuestra una vez más que la txapela noir sigue siendo uno de los espacios más fértiles y libres de la narrativa criminal española. Un territorio literario donde el humor y la crítica social caminan muy a menudo de la mano, y donde las mejores historias nacen, precisamente, de aquellos lugares que otros prefieren no mirar.

Cerdos y amapolas es de hecho una excelente muestra de ello: una novela incómoda, divertida, lúcida y ferozmente contemporánea.