'99 Noir Street: 99 películas de cine negro, criminal y judicial', de Gonzalo González Laiz
Hay libros que parecen escritos desde la emoción inmediata del cinéfilo –ese impulso casi juvenil que consiste en recomendar con vehemencia aquello que se ama– y otros, menos frecuentes, que aspiran a ordenar ese entusiasmo bajo la disciplina de una mirada analítica. 99, Noir Street: 99 películas de cine negro, criminal o judicial, publicado por Eolas Ediciones, pertenece sin duda a esta segunda estirpe.
Conviene advertirlo desde el principio, porque el lector desprevenido podría esperar un mero catálogo sentimental del cine negro y se encontrará, en cambio, con un artefacto crítico unitario de apariencia ligera y estructura deliberadamente caprichosa, pero que en realidad es un todo como un rosario con cuentas. El propio autor, Gonzalo González Laiz, se permite calificar su propuesta como “anárquica, subjetiva y caótica”, pero esa declaración funciona más como coartada que como definición: bajo esa superficie de dispersión se percibe un sólido armazón teórico que recorre la evolución del concepto noir desde sus orígenes hasta sus derivas contemporáneas.
En efecto, el mayor interés del volumen no reside tanto en la selección –inevitablemente discutible, incluso provocadora, al reunir títulos heterogéneos– como en la voluntad de problematizar el propio término 'cine negro', definido como un concepto “más académico que útil” . Esa tensión entre clasificación y desbordamiento constituye el verdadero nervio del libro. González Laiz no pretende cerrar el canon, sino abrirlo hasta hacerlo casi irreconocible, incorporando obras que obligan al lector a reconsiderar sus certezas genéricas. No hay aquí complacencia, sino una invitación –a veces incómoda– a pensar el cine desde sus márgenes.
El estilo acompaña ese propósito. Se diría que el autor ha optado por una prosa de tono ensayístico contenido, donde la erudición –evidente, pero nunca exhibicionista– se filtra en observaciones precisas, definiciones sintéticas y asociaciones sugerentes. Hay, desde luego, pasión por el cine, pero una pasión filtrada, disciplinada por el análisis, que evita el entusiasmo fácil y se instala en una zona más exigente: la de la reflexión. De ahí que los textos, aunque breves, posean una densidad conceptual que desmiente su apariencia de lectura ágil.
Ilustraciones de Nadia González Nistal
A ese equilibrio contribuyen decisivamente las ilustraciones de Nadia González Nistal. Su trabajo, en un blanco y negro de acusado contraste, introduce una dimensión plástica que dialoga con el contenido sin subordinarse a él. Hay en sus imágenes un curioso mestizaje: por un lado, un naturalismo atento al gesto y al rostro; por otro, una tendencia al 'cartelerismo' –figuras recortadas, composiciones de impacto– que remite a la tradición gráfica del cine clásico; y, finalmente, un leve eco de la estética del cómic, perceptible en la estilización de ciertos rasgos. El resultado no es meramente decorativo: las ilustraciones prolongan el discurso del libro, lo comentan y, en ocasiones, lo reinterpretan.
Así, 99, Noir Street termina por configurarse como algo más que una simple antología: es un ensayo fragmentario sobre los límites de un género, un repertorio de miradas que invita tanto a revisitar películas conocidas como a descubrir otras menos transitadas. Su aparente dispersión es, en realidad, la forma que adopta una idea rigurosa: que el cine negro no es un territorio cerrado, sino un espacio en permanente redefinición.
Tal vez por eso el libro deja, al final, una impresión ambivalente –y fecunda–: la de haber recorrido un mapa incompleto, lleno de zonas en sombra, pero también la de haber aprendido a orientarse en él con una mirada más crítica. Y eso, en tiempos de listas rápidas y entusiasmos instantáneos, no es poco mérito.
Si se incorpora la figura de Gonzalo González Laiz al juicio sobre 99, Noir Street, el libro adquiere una perspectiva más nítida: deja de ser una rareza aislada para revelarse como una pieza coherente dentro de una trayectoria crítica marcada, desde sus orígenes, por una voluntad pedagógica y un acusado sentido del análisis.
El mejor crítico de cine leonés
Porque González Laiz no procede –y esto resulta decisivo– del territorio del crítico brillante en lo expresivo, sino del profesor que convierte el comentario en método. Su presencia continuada en la radio, en espacios como Más de Uno León de Onda Cero, responde a esa misma lógica: intervenir en la actualidad cinematográfica no tanto para dictar entusiasmos como para ordenar la mirada del oyente, situar cada estreno en una tradición y ofrecer claves de lectura que van más allá del juicio inmediato. No es casual que sus intervenciones se inserten en secciones de vocación divulgativa, donde el comentario de cartelera se convierte en una forma de didáctica cultural.
Esa misma actitud se reconoce en su labor escrita. Como crítico del Diario de León, su trabajo ha mantenido una regularidad poco frecuente, siempre en esa línea intermedia entre el análisis académico y la claridad expositiva. No hay en él voluntad de estilo –al menos no en el sentido ornamental–, sino una preferencia por la precisión conceptual y por la inteligibilidad, como si cada texto aspirara a ser comprendido antes que admirado.
Más significativa aún resulta su vinculación con el entorno del True Crime y la crónica negra a través de su colaboración en El Taquígrafo, vinculado al periodista Carlos Quílez. No es un dato menor: ese contacto con la narrativa de lo criminal –desde el periodismo– ilumina retrospectivamente su interés por el noir cinematográfico. Allí donde otros críticos se acercan al género desde la mitología cinéfila, González Laiz parece hacerlo también desde su sustrato realista, desde la materia social y delictiva que alimenta esas ficciones. Esa doble perspectiva –cinematográfica y periodística– explica en buena medida el sesgo conceptual de 99, Noir Street, donde el género aparece menos como estilo que como categoría problemática.
Su obra ensayística confirma esa misma orientación. Las guías dedicadas a sagas o películas concretas –La guerra de las galaxias o James Bond contra Goldfinger– no responden a un impulso meramente celebratorio, sino a un proyecto sistemático: enseñar a ver. En ellas, el análisis desciende al detalle estructural, al simbolismo, a las influencias culturales, con una voluntad claramente formativa que no rehúye la erudición, pero la presenta bajo una forma accesible. Incluso en trabajos colectivos como Ian Fleming y James Bond. Conexión España, se percibe esa inclinación a contextualizar los fenómenos populares dentro de marcos históricos, culturales y mediáticos más amplios.
Desde esta perspectiva, 99, Noir Street no supone una ruptura, sino una expansión. Si en sus guías anteriores el objeto de estudio era acotado –una película, una saga–, aquí el campo se abre hasta rozar la dispersión. Pero el método permanece: clasificar, relacionar, discutir categorías. Lo que cambia es, quizá, el grado de libertad en la selección y en el enfoque, que permite al autor explorar zonas menos canónicas sin renunciar a ese rigor que constituye su principal seña de identidad.
Diríase, en suma, que González Laiz pertenece a una estirpe de críticos hoy poco frecuente: la de aquellos que entienden la crítica no como un ejercicio de brillantez subjetiva, sino como una forma de conocimiento. Y es precisamente esa fidelidad a un ideal analítico –a veces en detrimento de la vivacidad expresiva– la que confiere a su libro un valor singular. No seduce de inmediato, pero permanece; no deslumbra, pero enseña. Y acaso ahí resida su mayor virtud.