¿De verdad ‘la primavera la sangre altera’? Esto dicen la biología y la psicología

Desde la psicología, el interés no está en el refrán, sino en la evidencia científica: ¿Hay algo real detrás de esa sensación colectiva de 'aceleración' o se trata únicamente de un relato cultural que se repite cada año?

La respuesta matizada es clara: sí, existen mecanismos biológicos y psicológicos plausibles y respaldados por investigación, pero no implican que la primavera nos vuelva locos, ni afectan a todo el mundo por igual. La clave está en cómo cambian la luz, los ritmos circadianos, el sueño, ciertos sistemas neuroquímicos y el contexto social.

En este sentido, conviene matizar que la alteración primaveral no equivale necesariamente a bienestar. Resulta más preciso hablar de aumento de activación que de mejora emocional. Y activarse más no siempre significa sentirse mejor: para algunas personas se traduce en mayor iniciativa y energía, mientras que para otras puede manifestarse como inquietud, irritabilidad o dificultad para regular las emociones.

Comprender esta diferencia permite superar explicaciones simplistas y entender por qué una misma estación puede vivirse de forma muy distinta según el estado psicológico previo, los hábitos de sueño y el contexto vital de cada persona.

La luz como regulador psicológico invisible

El gran cambio ambiental en primavera no es que los campos se llenen de flores ni que podamos empezar a prescindir de la ropa de abrigo: es el incremento de horas de luz. La luz es el principal sincronizador del reloj biológico y regula procesos directamente vinculados al estado de ánimo, la activación y la motivación.

En humanos se han observado variaciones estacionales en el sistema que genera y determina la actividad del neurotransmisor serotonina, clave para la regulación emocional, la impulsividad y la conducta social. Estudios de neuroimagen han mostrado cambios estacionales en la disponibilidad del transportador de serotonina, asociados a la duración de la luz solar diaria, lo que sugiere una relación directa entre el llamado fotoperiodo (la cantidad de tiempo en que estamos expuestos a la luz diariamente) y la regulación afectiva.

Por otro lado, revisiones recientes sobre el llamado 'cerebro estacional' explican cómo los cambios en la luz y los ritmos circadianos pueden modular la vulnerabilidad psicológica y la estabilidad emocional.

Traducido a experiencia cotidiana: más luz suele asociarse a más activación, más iniciativa y mayor energía subjetiva. Para muchas personas esto se vive como bienestar, pero otras, especialmente si ya existe estrés o desregulación previa, pueden experimentar hiperactivación, inquietud o irritabilidad.

El sueño se resiente

Aparte de cambiar la luz, la primavera también modifica el sueño. Estudios basados en grandes muestras poblacionales han mostrado que en esta estación se adelanta el despertar y se reduce ligeramente la duración del descanso nocturno, con modificaciones en los ritmos circadianos.

Dormir menos no solo implica cansancio. Desde la psicología se sabe que esa alteración se asocia a mayor reactividad emocional, menor control inhibitorio y más impulsividad. Además, revisiones sobre cambios estacionales y ajustes horarios describen alteraciones transitorias del sueño que afectan especialmente a determinados cronotipos y perfiles vulnerables.

Esto ayuda a entender por qué algunas personas viven la primavera con 'más energía', mientras otras experimentan una peor regulación emocional.

¿Y qué pasa con las hormonas?

Por si fuera poco, también existe evidencia de patrones estacionales en sistemas hormonales humanos. Un análisis masivo de registros médicos lo mostró en distintos ejes endocrinos, incluyendo hormonas sexuales como testosterona y estradiol, con oscilaciones a lo largo del año.

Esto no significa que la primavera active automáticamente el deseo sexual o la conducta social, pero sí indica que el organismo no funciona igual en todas las estaciones, y que pequeños cambios biológicos pueden amplificarse psicológicamente a través de expectativas culturales, aprendizaje social y contexto.

El lado menos romántico: cuando la primavera no es bienestar

Existe un dato consistente y poco conocido: los picos de suicidio se concentran en primavera en muchos países. Este fenómeno ha sido descrito tanto en estudios clásicos como en análisis contemporáneos.

No implica causalidad directa, pero sí interacción entre factores: mayor energía disponible para actuar, persistencia de desesperanza, comparación social y cambios biológicos en ritmos circadianos.

Algo similar ocurre con la manía (exaltación del estado de ánimo y menos necesidad de dormir): se han descrito picos estacionales en ingresos hospitalarios y descompensaciones afectivas en primavera-verano.

Revisiones más amplias confirman patrones estacionales en trastornos mentales graves y trabajos específicos vinculan específicamente la primavera con la manía y la conducta suicida.

Desde una perspectiva clínica, esto obliga a una lectura responsable: la primavera no es solo 'época feliz', también es una fase de transición biológica y psicológica que puede desestabilizar a personas vulnerables.

¿Entonces es cierto el refrán?

En esencia, sí… pero mal explicado. La primavera no “altera la sangre” de forma mística, pero sí modifica sistemas reales de activación:

  • Cambios en luz y ritmos circadianos: regulación neurobiológica del ánimo y la activación.
  • Cambios en el sueño: más reactividad e impulsividad en algunos perfiles.
  • Cambios sociales: más interacción, más comparación social, más estimulación.
  • En minorías vulnerables, mayor riesgo de descompensación afectiva y conductual.

Lo que el refrán llama “sangre alterada” se puede definir, científicamente, como un aumento de activación biopsicosocial.

Una lectura psicológica útil

Hay tres claves prácticas que brinda la psicología para afrontar de una manera más saludable la llegada de la primavera:

  • Cuidar el sueño: la regularidad horaria y la exposición a luz natural por la mañana son factores protectores reales.
  • Diferenciar energía de bienestar: más activación no siempre equivale a mejor regulación emocional.
  • No romantizar el malestar: no debemos atribuir el insomnio intenso, la impulsividad, las conductas de riesgo o la ideación suicida a 'la estación'; son señales clínicas que requieren atención profesional.

En definitiva, la primavera no transforma a las personas por arte de magia, pero sí reorganiza el equilibrio entre biología, mente y contexto. Y como casi todo en psicología, no actúa de forma uniforme: depende de la historia personal, el estado emocional previo, el sueño, el estrés y la vulnerabilidad psicológica.

Oliver Serrano León es director y profesor del Máster de Psicología General Sanitaria de la Universidad Europea de Canarias. Este artículo se publicó originalmente en The Conversation España e ILEÓN cuenta con permiso de republicación.