De la ciudad de León a las hoces: un recorrido turístico y cultural con cascadas, patrimonio y montaña

Cuando se acerca la época estival solemos escuchar una pregunta repetida en varias conversaciones: ¿Y este verano dónde vas de vacaciones? El que hace la pregunta espera como respuesta un viaje de varios centenares o miles de kilómetros de distancia. Eso está bien, todo el mundo –que puede– lo hace o al menos lo desea. Quien esté libre de pecado…

Sin embargo, en un tiempo en el que el combustible está más caro que nunca, donde los aviones y cruceros son fuentes inagotables de contaminación, los turistas invaden ciudades, playas o montañas, incluso dejan sin agua a zonas no muy lejanas como Llanes, en la vecina Asturias, hacer turismo de cercanía es una buena opción, casi un ejercicio de responsabilidad. Un recorrido por las hoces de Valdeteja y Vegacervera en la provincia de León puede ser una buena opción.

La ruta, que tiene inicio y fin en la capital leonesa, recorre en sus primeros dieciséis kilómetros el carril bici que escolta primero al río Bernesga y luego al Torio, incluida la desembocadura del segundo en el primero. Para quien no pueda o no quiera hacer el recorrido en bicicleta, también puede hacerse en coche o en moto, allá cada cual.

El puente que atraviesa el río en Puente Castro o el parque de la Candamia son un buen reclamo antes de poner fin a este carril en Villanueva del Árbol y coger una carretera que, pese a contar con la categoría de nacional (la de Santander) tiene muy poco tráfico. La vía, dejando atrás las tierras del Condado, nos lleva directamente Barrio de Nuestra Señora y Ambasaguas de Curueño, donde este río, el Curueño, que recorriera y plasmara magistralmente Julio Llamazares en su obra 'El río del Olvido' allá por 1990, le regala sus aguas al Porma.

El pueblo de Barrillos nos ofrece tres fuentes, unas fuentes de agua fresca y pura que nos acompañaran río arriba en cada localidad donde destaca la de Pardesivil. En la Cándana un cartel y una cruz llaman la atención el viajero. “En este campo de la Cruz fue vilmente asesinada, en 1746, doña Juana de Arintero, la mujer-soldado conocida como la Dama de Arintero”. La vida de Juana de Arintero la noveló el escritor Antonio Martínez Llamas en su libro La dama de Arintero, que popularizó, más si cabe, la historia de Juana. Este mismo fin de semana se celebra en la localidad el festival Juana, cultura, feminismo y ruralidad.

Río arriba nos espera La Vecilla, uno de los pueblos más icónicos del recorrido y cuya Muestra de gallos de pluma y mosca artificial cumplió el pasado mes de marzo su vigésima octava edición. Una estantería con libros libres en la plaza consistorial, una fuente que homenajea al gallo autóctono y un cruce de caminos son parte de las señas de identidad de este pueblo. Continuando el recorrido, una vez cruzado Valdepiélago, dejando a la derecha a Montuerto y antes de llegar a Nocedo, es visita obligada la cascada del mismo nombre. Un importante salto de agua que alcanza su máxima plenitud en primavera, sigue manteniendo su belleza en un verano tan seco y caluroso como el actual. A nuestra izquierda y salvando un importante desnivel se encuentran Valdorria y su ermita de San Froilán, a la que se accede después de superar sus trescientos sesenta y cinco peldaños. Pedal a pedal llegamos a una de las dos hoces de este viaje, las de Valdeteja, quizá no tan famosas como sus compañeras de ruta, pero que merecen y mucho la pena. Su puente del Ahorcado da buena cuenta de ello.

Una vez finalizadas las hoces, nos toca subir por una carretera tendida, donde nos encontramos más tractores que coches, hasta la collada de Valdeteja. Sus casi mil cuatrocientos metros regalan unas maravillosas vistas que obligan al viajero a detenerse y olvidarse del reloj. Genicera, Lavandera, Pedrosa y Valverdín acompañan el descenso de este tramo que desemboca en la carretera paralela al río Torío.

Getino y Felmín, con su desvió a Valporquero y las cuevas más icónicas del País Leonés, anteceden a las segundas hoces, las de Vegacervera, que más de un invierno fueron cerradas al tráfico por el desbordamiento de su río. En plenas hoces es bueno pararse a observar el Calero de Felmín, un horno para fabricar cal que se utilizó durante el pasado siglo XX. Vegacervera nos recibe con un importante número de alojamientos y restaurantes, muchos de ellos cerrados. Esta localidad tiene su punto álgido de visitantes en la Feria del Chivo, que este mes de noviembre alcanzará su trigésimo quinta edición.

Matallana es el siguiente pueblo, y el que escribe estas líneas cada vez que lo recorre no puede evitar cantar durante un buen rato la mítica melodía del tren de La Robla, el de Matallana, de la hulla o de Bilbao, me refiero, claro, a Cuatreros de ganado, del grupo Deicidas. Desde Robles de la Valcueva hasta San Feliz de Torío son varias veces las que se cruza esta vía, la cual es icono y parte fundamental de un territorio que ciertas mentes, locales, autonómicas y estatales, están más pendientes de enterrar que de potenciar. Un ejemplo contrario lo tenemos en el Ponfeblino, un proyecto que después de demasiados años por fin está viendo la luz, mientras este, que sigue vivo, parece que se quiere enterrar. Si alguien lo entiende, que lo explique, aunque quizá la respuesta sea demasiado sencilla.

Precisamente en San Feliz se encuentra Factor Espacio San Feliz, en un viejo almacén de Feve. Según puede leerse en la propia página, Factor ofrece una innovadora propuesta de acción cultural durante todos los meses del año. Surge con vocación de continuidad en la creencia de que la cultura es necesaria en el mundo rural, especialmente en aquellos pueblos más pequeños. La propuesta cultural se desarrolla en este singular espacio de patrimonio industrial ferroviario, pero no solo en el interior sino también en su exterior y otros pequeños pueblos de la ribera del Torío.

Villaquilambre y Navatejera, ya con un intenso tráfico, nos esperan como últimas localidades antes de llegar a la capital. La villa romana de Navatejera es un ejemplo que podría definir parte del sentir de esta tierra. Un espacio que está declarado como Bien de Interés Cultural (BIC) pero que no se puede visitar. Ya en León, de nuevo el río Bernesga, el mismo que nos vio partir, nos recibe con sus aguas mansas al caer la tarde. Un recorrido de unos ciento veinte kilómetros que se puede hacer en un día o en varios, disfrutando del entorno que ofrece nuestra tierra y que debemos cuidar para que las generaciones venideras lo puedan disfrutar igual que las nuestras.