¡Ay, vecinos!
Dijo un filósofo callejero mientras bebía su cuarta ronda de güisqui: “Ateniéndonos a los actos del nacimiento y la muerte física, concluiríamos que los seres humanos somos criaturas solitarias por aquello de que solos nacemos –matrona aparte– y solos decimos adiós al esperpéntico mundo que nos sirve de charco habitacional durante el período –más o menos largo o breve– de nuestra existencia”.
En un rincón del mismo bar aguzaba su oído el sabio Aristóteles, quien, muy enfadado por tener que reescribir su Metafísica para adaptarla a la era internáutica, salió al encuentro del ‘curda ilustrado’ con su nueva versión del ‘ser’ y la ‘esencia’: “¿Qué dice usted, mastuerzo? ¿Acaso desconoce que la ‘materia humana’ tiene, como esencia, una ‘forma colectiva’?”…
Sintiéndose inevitablemente implicado en la discusión, Tomás de Aquino (que en aquel justo instante merodeaba por los alrededores) se llevó ambas manos a la cabeza y confesó, visiblemente alicaído: “Me he equivocado al creer que el alma racional es la esencia del ser humano. Caramba: ¡Si estamos todos chiflados!”… A lo que, presuroso y con aire de superioridad, esperando cerrar definitivamente el debate, Friedrich Nietzsche añadió: “Queridos colegas filósofos, razón tenía yo al concebir al hombre como una nave que no toca puerto, pues está siempre a mitad del océano, entre el ser primitivo y el Superhombre”.
De esta forma, al final de la noche, todos los allí presentes, desde los filósofos hasta los simples aficionados a jugar con las palabras, marcharon a casa cargando sus respectivas razones y –como era de esperarse– con el bolsillo vacío.
¿Es el hombre un ‘ser colectivo’?
No cabe duda que hemos venido a la Tierra para vivir encadenados los unos a los otros. Una vez que asomamos la cabecita al mundo y recibimos el primer rayo de sol, nuestro reloj de arena empieza a contar los segmentos del tiempo, conteo creado por nosotros mismos para seguir imaginando que el tiempo es contable. Y así, de manera imperceptible, rompemos el velo de la soledad prenatal y nos integramos a un colectivo predeterminado por la genética y –según los amantes del ocultismo– por las leyes del karma: la familia, nos guste o no.
A partir de este estado de inevitable convivencia con el prójimo, comienza a funcionar la ‘rueda del hamster’ en la que quedamos atrapados al entrar a formar parte del ‘colectivo ineludible’ llamado ‘sociedad’ (vale decir que la RAE establece los términos ‘humanidad’ y ‘mundo’ como sinónimos de ‘sociedad’, si bien podríamos no estar del todo de acuerdo con ello).
Así, cual guerreros en la batalla por la supervivencia social, con la ilusoria creencia de ser libres, nos amalgamamos en colectivos en los que nuestra individualidad primordial se confunde y se limita: la familia, la escuela, la iglesia, la vida en pareja (establecida jurídicamente o no), los colectivos laborales, los grupos sociales (incluyendo esa ‘divina congregación’ constituida por los jugadores del bingo), los partidos políticos y… ¡Guau! ¿Cómo olvidarnos de la comunidad de vecinos y de sus reuniones sean en un portal, en el sótano de un edificio o dondequiera que acontezcan estas asambleas convocadas por el mero hecho de convivir bajo una azotea comunal?
Razón y libertad de decisiones en las reuniones de la comunidad de vecinos
Por coyunturas que afectan a todo el vecindario (me refiero a las personas que residen en el mismo edificio, por ejemplo), seres indiferentes (esos que raramente conversamos entre nosotros, con la excepción de intercambiar insustanciales frases en el metafísico ascensor de los discursos sobre el clima), nos vemos en la irrevocable obligación de conglomerarnos para discutir, como casi siempre sucede, sobre ‘economía doméstica colectiva’.
Una reunión de la comunidad de vecinos podría, por ejemplo, ser más o menos así: “Hay que cambiar la puerta del portal y la obra requiere una derrama. Vamos a someterlo a votación”, quien dirige la asamblea, inicia ‘la tertulia’ leyendo el primer punto del orden del día. “Y ahora, vecinos, hay que escoger cuál será el modelo de puerta que vamos a poner”, continúa e insiste (llegar a un acuerdo al respecto no está resultando nada fácil). Pero no termina aquí, pues también “hay que pintar la azotea, pero si se cambia el color, aumenta el presupuesto”… “¡Si es así, que se quede como está, con el color que tiene!”, alguien levanta la voz, a lo cual otro replica: “¡De eso nada, que el color que tiene es horrible!”…
Es entonces cuando el colectivo de vecinos deviene ‘mezclado caótico’, cada quien con su razón puesta como divisa personal. La razón, sí, esa condición que separa al ser humano del reino animal y que –tarde o temprano– deviene hándicap que nos impide actuar como ‘seres colectivos’ (a pesar de que nuestra esencia, según el viejo Aristóteles en su ‘nueva Metafísica’, es colectiva). Y es que la ‘democracia vecinal’, por paradójico que parezca, se detiene ante la necesidad que tenemos de tener la razón. Tal vez sea por ello que, de vez en cuando, se necesite posponer la asamblea para cuando se alcance mayor claridad acerca de los estatutos… En fin, no me digáis que todo esto os resulta demasiado extraño.