Salvados por la especulación
Ni yo mismo me puedo creer el título que acabo de escribir, pero el mundo está tan raro últimamente que, por una vez, va a ser verdad que la especulación y el fraude juegan a favor del común de los mortales en vez de darnos por el saco. Y me refiero a las reservas de petróleo y a lo que están dando de sí, inopinadamente, tras el cierre del estrecho de Ormuz.
El caso es que en los foros sobre el petróleo y la energía se calcula desde hace tiempo cuándo comenzarán a ser necesarios los racionamientos de suministro por culpa del bloqueo, y resulta que de momento no acierta nadie, porque el suministro permanece estable y sin que se observen problemas en casi ningún lugar del mundo. Y digo casi ninguno porque, poco a poco, comienzan a aparecer noticias sobre tensiones en Sri Lanka, Filipinas y algunos otros países asiáticos.
Se decía, con cifras muy serias y muy oficiales, que si el bloqueo llegaba al primero de mayo, en junio sería imprescindible una política de racionamiento. Las fuentes, insisto, eran precisas y oficiales, pero también equivocadas, y precisamente por ser oficiales.
¿Y de dónde viene ese error? Pues parece ser que de los especuladores. Prácticamente todas las refinerías y compañías petroleras del mundo esconden petróleo comprado a precios bajos para poder venderlo a precios altos al menor repunte, en una especie de ingeniería fiscal pirata y trapacera. Los saudíes, por ejemplo, extraen el petróleo, lo llevan a diversos depósitos por medio mundo, y no lo declaran como extraído hasta el momento de su venta. Por eso, vaya por Dios, sus yacimientos son tan flexibles para aumentar o disminuir la producción al ritmo de los acuerdos de la OPEP, cuando todos los especialistas en la materia saben que esa flexibilidad no existe y que se tarda una barbaridad en ejecutar semejantes altibajos productivos. Pero si lo tienes escondido y sin declarar ya es otra cosa.
Y lo mismo, insisto, pasa con los inventarios comerciales de las petroleras y las industrias de hidrocarburos: refinan, almacenan y no declaran el producto hasta el momento en que les interesa venderlo, a precio de sangre de unicornio. Y por supuesto, sin decirle una palabra a las autoridades, ya sean nacionales o internacionales.
Así que ahora, cuando pensábamos que estábamos en las últimas, resulta que la picaresca de los especuladores nos ha salvado. Lo que nadie sabe es hasta cuándo, porque ni en un momento como este se puede confiar en que los datos de los inventarios tengan alguna relación con la realidad. Ese secreto es la clave de la competitividad, según dicen, o del trilerismo irredento de su negocio, opino yo, y solo lo conoceremos cuando empecemos a ver gasolineras cerradas, quizás de un día para otro. O quizás, con un poco de suerte, no lleguemos a saberlo nunca, porque las cosas se arreglen antes de que llegue la sangre al río.
Lo que sabemos, obviamente, es que esas reservas desconocidas no son infinitas y que, a buen seguro, la escasez llegará antes a donde no se puedan pagar precios más altos. Así que, nuevamente, habrá que tirar del viejo refrán y creer que mientras los pobres vayan en moto los ricos no irán en burra.
Tiempos interesantes.