Lo soy porque he querido
El verde que llega esta primavera tiene forma de amenaza. Lo miro, lo observo, me fundo en él como cada año pero esta vez sostiene un presagio distinto. Sé lo que es. Lo sé de sobra. Pero no quiero aceptarlo. No hace tanto que ocurrió. Todo arde alguna vez y cuando lo hace queda el suelo arrasado. Y de ese terreno humeante ha de nacer una nueva raíz. Pero cómo, cuándo y dónde exactamente no es algo que se tenga claro: nadie lo tiene. Y sin embargo, el juego consiste en apostar de nuevo aún bajo la certeza de la ausencia y el abandono.
Tomo las flores que los lilos escupen con una delicadeza de musas bajo el peral de mis abuelos. Las corto y las pongo en un tarro de cristal con el que en pocos meses haré conservas con lo que la huerta ofrezca. El olor impregna la estancia y me detengo frente a ellos a olvidar el mundo, a ser nada, a rebelarme contra la prisa, a mirarlos, a frenar este volcán que soy, mucho más brutal que lo ajeno que nos desgasta. Y respiro.
Luego salgo al pasto y me quito los zapatos: quiero sentir la hierba bajo mis pies porque están tensos y el contacto con el frescor de la tarde los revitaliza. Si miro al fondo veo el Teleno aún con sus neveros intactos y me pregunto cuánto más durarán allí. Cuánto más su resguardo será una esperanza ante quienes decidieron jugar otra vez al mismo caballo perdedor que decreta que no hay ninguna urgencia y que conviene continuar con el mismo patrón de deterioro y abismos.
Cierro los ojos y escucho el crotoreo de las cigüeñas, las vecinas que me acompañan solo los meses que ellas desean hacer de esta ruina su hogar. Y la perra sigue mirándolas como si algún día pudiera atraparlas aunque nunca pasará. Ella observa, reacciona siempre más tarde de lo que sus patas de osa precisan para alcanzar cualquier meta de caza asequible.
Recuerdo otra vez el lobo. No puedo olvidarme de su caminar epifánico que obvia al amanecer cualquier suspiro ajeno y me redimo. El último poema que escribí terminaba así: “digo tu nombre y me reencarno en ti”. Pero nunca más pronuncié aquel nombre.
La ermita se va tostando bajo el atardecer que demora las cenas más de lo que me gustaría. Recuerdo qué había hecho para volver a sentirme en paz y sé que esta vez el rescate no es tan lejano y asumo que podré atarme a esa soga siempre que quiera: porque ya lo aprendí y vive asida a mis entrañas. Las que han gritado, han llorado, han reído y han callado mientras avanzaba en uno de los inviernos más duros que recuerdo. Si hay vendaval, me tiro frente a la lluvia, pero ahora sé por dónde debo regresar a la guarida de mi propio cuerpo. Soy como ese lobo que se mece en el monte cuando nadie lo mira. Soy como ese lilo que florece solo para que alguien lo corte y se embriague de perfume tocando breve la verdad del cielo para luego huir de su resplandor. Soy como ese cristal sobre las piedras del trillo que hace posible la vida sobre lo que ya solo era un mueble destruido por el tiempo y el olvido.
Soy un desaire del viento y, sin embargo, todo lo que soy lo soy porque he querido.