La ruptura del contrato social

Acampada 2.0 en Sol bajo la estatua de Carlos III.

A finales del verano, tiempo ya de descuento para arremangarse, quedé con una gente para tomar algo por una zona menos atestada de la ciudad y me encontré sumido en una conversación tan perversamente surrealista que no me sustraigo a la tentación de contarla.

Se empezó hablando de Ceuta, se pasó a si los países tenían que existir o no, y se terminó hablando del contrato social, ese constructo político que hace que paguemos impuestos para hacer cosas en común, sufragar gastos en común y mantener una estructura que nos aleje de la selva.

Y ahí vino el momento mágico, porque al ser cada cual de su padre y de su madre, el concepto que cada uno tenía de a quién estaba dispuesto a ayudar y de quién esperaba ayuda era completamente divergente. Lo cierto es que no había partidarios del concepto de mundo abierto y sin fronteras, pero a la hora de determinar si su solidaridad llegaba a su familia, a su provincia, a su región, a España entera o a Europa, las diferencias eran enormes.

Y entonces, alguien habitualmente sobrio y sensato, pero que aquel día se había alejado de sus propias normas, planteó la cuestión de qué podemos esperar de los demás, y por qué vamos a pagar los gastos de gente que nos odia o nos desprecia.

¿A cambio de qué le pagamos la no contributiva a ese viejo cabrón que ya era un vago borrachín desde los cuarenta y que todos conocemos? Si el que tiene dinero aporta dinero a la caja común, ya sea más o menos, ¿por qué no aporta otra cosa el que no tiene dinero? ¿No tenemos todos veinticuatro horas cada día? Pues el que no pueda aportar dinero, que aporte tiempo. La tía que me llama baboso si le miro el escote, ¿por qué espera que arriesgue el físico para defenderla si alguien la ataca por la calle?

Según este tío, que no sé si lo decía en serio o no, hemos llegado a la era del fraude: utilizar a los demás como cajero automático, sacándoles lo que se pueda y ofreciendo lo menos posible, para generar un margen de ganancia. La narrativa es lo de menos, pero el objetivo es ese.

El viejo borrachín reclama la pensión porque se le debe, el pobre entiende que su tiempo es suyo y el dinero de los demás también, y la que te llama baboso por mirarle las tetas entiende que eso es parte de su libertad, pero tú no tienes libertad de mirar para otro lado si alguien le arrea una hostia.

Todo un poco surrealista, pero me quedé pensando. Hay una corriente rara recorriendo nuestra sociedad. Algo extraño repta por ahí.

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