La presión de aparentar que todo va bien

Jacques-Bénigne Bossuet (teólogo, escritor y obispo católico que vivió entre 1620 y 1704) tuvo, entre otros insignes menesteres, el de fungir como preceptor de Luis XV, para cuya educación personal escribió su Discurso sobre la Historia Universal, texto en el que se argumenta la evolución de la sociedad desde una óptica providencial. Considerado por muchos historiadores como el mayor apologeta del Antiguo Régimen (sistema de monarquía absoluta de ‘origen divino’ al que puso fin la Revolución Francesa), a los motivos de su celebridad podríamos agregar, no solo sus cualidades de gran orador (puestas de relieve en Oraciones fúnebres y en Sermones), sino la escritura de Máximas y reflexiones sobre la comedia, obra en la que arremete contra el teatro (en especial, contra el de Molière), acusándolo de ser surtidor de pecados y fuente de podredumbre moral.

¿Pero por qué todo este discurso sobre un personaje que, solo interesándonos por alguna razón muy especial, poco podría venir al propósito del tema que hoy nos ocupa?

Pues la razón es simple: mencionar a Jacques-Bénigne Bossuet no es un capricho sin más, sino una magnífica ocasión para citar una de sus frases más famosas, la cual nos conduce a explorar la necesidad de aparentar lo que no somos: ‘La más peligrosa de todas las debilidades es el temor de parecer débil.’

La debilidad de querer mostranos fuertes

Por lo general, de forma inconsciente, tendemos a aparentar lo que no somos como ‘mecanismo de defensa’ contra el miedo. Así, rechazamos lo que consideramos poco virtuoso o insuficiente para ‘competir’ con los demás en el concurso por ganar el éxito. A tal propósito, ponemos a disposición tanta energía, que corremos el peligro de quedar exhaustos en el terreno de la competición (nos viene a la mente Danzad, danzad, malditos, película dirigida por Sydney Pollack en 1969, cuyo título original es ‘The Shoot Horses, Don’t They?’ también traducido como Baile de ilusiones).

Según Carl Gustav Jung, rechazamos involuntariamente lo que nos molesta en nosotros mismos para asumir máscaras, escondiendo, en lo más profundo y oscuro del subconsciente, el miedo y sus variopintas formas de manifestación (las ‘sombras’ que se tornan vez más fuertes hasta llegar a dominarnos). Un ejemplo de fácil comprensión podría ser el siguiente: al sentirnos incapaces de realizar algo con éxito, estando limitados por el resquemor de ser rechazados, interpretamos nuestro sentimiento de debilidad como humillación o ridículo a ojos de los demás. Así, el reto personal de alcanzar una meta puede llegar a convertirse en obsesión de ser eficientes, productivos, geniales, guapos, etcétera a toda costa. Entonces, lejos de liberarnos de nuestra –por lo general muy subjetiva– concepción de ‘debilidad’, nos hacemos esclavos incondicionales de nuestro miedo al fracaso.

Resumiendo, no son esas caritas sonrientes y rebosantes de felicidad –esas que solemos mostrar en el perfil de las redes sociales– nuestro verdadero rostro, sino una respuesta a la presión de hacer ver que todo va bien, que estamos encantados de la vida y que solo nos falta dar un pequeño paso para alcanzar la gloria celestial.

¿Pero de dónde viene esta presión de querer aparentar que todo va bien?

Podríamos culpar a la sociedad, a la vida, al sistema político y a todo lo que se nos ocurra. Y sí, es cierto que la sociedad de la que somos ‘súbditos’ tolera que gastemos tiempo en hacer lo que nos venga en gana, siempre y cuando seamos eficientes y, sobre todo, económicamente solventes. De hecho, sin dinero no funcionaría jamás el régimen de consumo al que servimos y del que nos llenamos cual botellas de vino fino. Tener ‘posibles’ para consumir nos pone por encima de los demás y, a su vez, deviene requisito indispensable para conservar la apariencia de que todo va bien.

Sin embargo, como ocurre en cualquier historia de suspense (en las que ansiedad y tensión tienen que mantenerse en la trama para causar esa angustia que nos retuerce el estómago), ante esta necesidad de mantenernos activos en la competición por ser fuertes, guapos, eficientes, etcétera, surgen contratiempos que nos aplastan.

Podríamos hablar, por ejemplo, de quienes con más de cincuenta y cinco años no somos ya fácilmente aceptados en el mercado laboral, paradójicamente cuando la ley establece una jubilación a los sesenta y siete. Entonces, de nada valen la lipoescultura ni el lifting facial ni las dietas intermitentes ni cualquier otra técnica destinada a mejorar la apariencia física. Cuando llegamos con nuestro curriculum vitae repleto de experiencias y méritos, pero con fecha de nacimiento que supera el límite de aquella que ha sido estipulada para ser considerados ‘aptos’, se acaba el juego. Es este un maravilloso ejemplo de cómo la presión de querer aparentar que todo va bien (cuando posiblemente todo va de mal en peor) pasa a ser nuestra enemiga acérrima.

¿Vale la pena, pues, derrochar nuestra energía en apariencias?

Por supuesto que no. No obstante, nos empeñamos al máximo en creer que somos los protagonistas de una película –tan taquillera como salvaje– en la que ganaremos el primer premio de un concurso llamado ‘Baile de ilusiones’. Y de esta forma, además de la presión que sobre nosotros ejerce el sistema, nos exprimimos como limones a los que queremos extraer el mayor zumo posible, quedando, al final, ‘más secos que beso de suegra’.

¿Por qué lo hacemos? No sabemos responder a ciencia cierta. El príncipe Hamlet expresa en su soliloquio: ‘Ser o no ser, esa es la cuestión’… y quizá para ser, tengamos que aparentar lo que no somos, aunque preferiríamos tomarnos la vida con más calma.