La coartada de la democracia
Tengo un amigo conservador que creo haber mencionado en algún otro artículo que, coherente con sus principios, hace seguidismo ciego de la política de sus amigos yanquis y con ellos de Israel, sea cual sea su actitud o su transgresión de las leyes. Entre los argumentos que aporta para sostener tal postura, destaca, a mucha distancia de todos los demás, el hecho de que ambos son países democráticos y sus enemigos no suelen serlo. Nueva patente de corso.
Hasta donde uno llega a saber, en países que se precian de democráticos desde hace mucho tiempo, incluso desde su misma aparición, como es el caso de Inglaterra o los Estados Unidos, respectivamente, los partidos contendientes por ver quien se apropia de las riendas del país, después de las pertinentes elecciones, faltaría más, no pasan de ser dos: En Inglaterra los partidos mayoritarios fueron en su tiempo los Whigs, liberales de derechas que acabarían cediendo el puesto a los laboristas, de tendencias aparentemente más progresistas y el partido de los Tories, partido muy de derechas que nunca ha cedido el puesto a nadie y que ha contado con figuras como Churchill o Margaret Thatcher.
Sus albaceas, los americanos, más desinhibidos en esto de la ideología, también cuentan con dos partidos mayoritarios que son el Partido Demócrata, partido de derechas teóricamente progresista, con lemas como el ‘Yes we can’ con su anagrama representado por un asno –toda una declaración de principios – y el Partido Republicano, que no necesita de subterfugios ideológicos y se declara profundamente conservador, fanático religioso y sobre todo economicista: el dinero ante todo. Está representado por otra figura zoomorfa, en este caso un elefante. La imagen del actual presidente de EE.UU. no puede estar mejor caracterizada.
Otro país que se las da de sofocantemente demócrata es Israel, país de aluvión, de diseño, copiado milimétricamente de sus mentores anglosajones, presumiblemente semita, pero que es europeo con ribetes sudamericanos, al que han colocado entre países árabes, auténticos semitas, como se coloca un supositorio por vía anal. Los partidos mayoritarios, aunque en este caso con más variabilidad que en las dos ‘democracias’ anteriores, son el Likud y el Yesh Atid. Existen otros partidos atomizados pero todos se incardinan en dos ideologías amén de alguna extravagancia que no suele cuajar.
En el resto de países aparentemente democráticos, casi toda Europa y casi todos los países que fueron sus colonias, el modelo se repite hasta la saciedad. A veces un partido pasa a sustituir a otro que creyendo haberse instaurado se precia de partido de gobierno. En España esos partidos tienen nombre propio, UPyD, Cs (Ciudadanos), Podemos, Sumar y prontamente Vox salvo cataclismo monumental. En nuestro país, el partido de derechas, de nombre PP es la marca actual que pasó por ser el Partido Moderado, Unión Liberal, Partido Conservador, Unión Patriótica, CEDA, UCD con matices, Ap y finalmente el PP. El Partido socialista, heredero del Partido Liberal, con mucha imaginación, se ha mantenido con sus siglas aunque con una ideología que ha girado ciento ochenta grados.
Es éste un largo exordio para intentar demostrar que las democracias suelen verse reducidas a un binomio de partidos mayoritarios, con partidos minúsculos como decoración y apariencia de pluralidad, y que sólo accidentalmente pasan a ocupar un puesto de relieve cuando un partido de ‘gobierno’ implosiona por vejez y se extingue. Pero ahora viene uno de los mejores ejercicios de hipocresía que ha conocido la política de todos los países que alguna vez han sido los gendarmes del mundo, o se han creído ser merecedores de tan alta distinción.
Cuando España conquistó el Nuevo Mundo justificó su hazaña alegando que había que cristianizar a los infieles, para ello no se vaciló en acabar con una buena parte de la población indígena. Roma alegó algo parecido cuando se decidió a conquistar toda Hispania y disponer de sus recursos. Los ingleses exterminaron prácticamente a la población amerindia y Bélgica acabó con millones de congoleños por no ser lo bastante productivos recolectando caucho. La lista sería interminable y las diversas justificaciones no tienen desperdicio.
Todo este proceder siempre ha gozado de un reduccionismo inaceptable, a veces amparado incluso por autoridades religiosas que pueden llegar a justificar lo injustificable: Las Santas Cruzadas o la Yihad (Guerra Santa) así lo certifican. Pero los tiempos avanzan y las falsas explicaciones de conductas sanguinarias han evolucionado a la par que las nuevas tecnologías para pasar a mejor vida cuantos más congéneres humanos sea posible en el menor tiempo posible, sin importar el dolor que se cause pero con un sedimento de fondo que no ha variado desde que el mundo es mundo: justificar la apropiación de los bienes ajenos.
Las potencias mundiales han encontrado una coartada políticamente impecable: exportar el sistema democrático a aquellos países que no disponen de él. ¿Se puede pedir mayor altruismo? La propuesta parecería un óleo de museo si no fuera porque esconde la realidad. La actual guerra de Irán, al igual que otras que la precedieron, parecen un alegato de buenas intenciones pero como ha dicho algún observador perspicaz, los países a los que Estados Unidos dicen querer exportar la democracia, suelen ser países ricos en petróleo u otros bienes como las llamadas tierras raras, imprescindibles para dar soporte a las nuevas tecnologías que siguen concediendo la supremacía mundial.
El resto del procedimiento es conocido. El bloque occidental –Estados Unidos y sus palmeros, (léase ONU, léase OTAN) – o, llegado el caso sin palmeros, como sucede ahora en Irán, hace valer su poderío militar y el de su franquicia en Oriente Medio, Israel, para imponer sus designios. No hay derecho internacional que impida aplastar a países con recursos estratégicos como el petróleo y escasa capacidad militar. Se alega, eso sí, el interés por democratizarlos o se les acusa de estados terroristas, como sucedió con Venezuela, pero sólo es una disculpa para someterlos a la voracidad de la primera potencia mundial.
Al final se hace evidente la falsedad de la propuesta. A Estados Unidos le es indiferente que los países sean democráticos o no, tan sólo quiere imponer sus intereses comerciales y eliminar competidores. Un dato corrobora todo lo dicho: Estados Unidos alega que pretende ‘democratizar’ Irán, país teocrático con una gran reserva de petróleo que no dispone aún, que se sepa, de armamento nuclear. Corea del Norte o China, que se sabe que sí disponen de él, no temen que quieran cambiarles su orientación ‘escasamente democrática’. ¿Por qué será?
Tomás Juan Mata pertenece a Urbicum Flumen, la Asociación Iniciativa Vía de la Plata