El Istal, don Nicanor Martínez García y el otoño electoral que se nos viene

Nicanor Martínez García

'¿La filosofía, para qué sirve?', se tituló la conferencia didáctica, nostalgiosa, humildemente brillante y saturada de latinajos de don Nicanor Martínez García que, introducida por el obispo, este bibliópata que escribe para ustedes ha escuchado así, con cara de ahorcado a media salve, esta semana en el Istal, el Instituto Superior de Teología de las diócesis de Astorga y León. Una conferencia de un sabio de Valdevimbre en la cual, en un momento en el que se nos explicaban casi a la vez la epistemología y la ontología para pasar a concluir con apabullante sencillez que ya no quedan políticos que busquen la verdad, a uno le dio por pensar que, ciertamente, se nos viene un otoño electoral que bien parece un invierno. 

En efecto ya se siente en el aire esa humedad de las urnas; ese olor a café de madrugada y a periódico recién abierto, como si España fuese otra vez una novela de Galdós escrita con tinta más fría que la de Marianela. Los partidos preparan sus discursos publicitarios, los tertulianos sus trincheras y los ciudadanos esa resignación antigua que, en este país suspenso en filosofía, suele confundirse con sabiduría.

Sin embargo hay algo profundamente literario en toda campaña electoral. La política necesita siempre un relato porque el hombre, desde Homero, no ha sabido vivir sin convertir sus derrotas en epopeyas. Maquiavelo lo entendió antes que nadie: el poder no sólo administra la realidad, también fabrica su representación. Y Platón, que desconfiaba de los poetas, quizá no sospechaba que acabaríamos viviendo en una república gobernada a golpe de eslogan.

Pero el otoño bajo este cielo de increíble belleza de León trae además otra cosa: la memoria. Las hojas caen sobre los barrios como pequeñas páginas perdidas. En ellas podría leerse, si aún se leyeran libros de filosofía o de teología, a Unamuno, aquel hombre que convirtió España en una interminable agonía del alma; a Ortega, que quiso europeizar nuestra circunstancia; a María Zambrano, que buscó una razón capaz de iluminar sin destruir el misterio. Y, detrás de todos ellos, como una sombra teológica, a San Agustín preguntándose qué hacemos con el tiempo cuando el futuro todavía no existe y el pasado ya no está.

Porque quizá eso sea una votación electoral: una ceremonia colectiva para decidir qué futuro imaginamos mientras todavía vivimos rodeados de ruinas del pasado.

También los teólogos tienen algo que decirnos en estos otoños civiles. Hans Urs von Balthasar hablaba de la belleza como una puerta de entrada a la verdad; Guardini sabía que las épocas históricas también envejecen; Simone Weil sospechaba que una sociedad empieza a enfermar cuando deja de mirar el sufrimiento del otro. Y ahí, entre tanta sociometría, tanta encuesta y tanta promesa, queda la vieja pregunta ética cristiana: ¿Qué hacemos con el prójimo cuando deja de ser una abstracción y se convierte en alguien que llama a nuestra puerta?

Los filósofos discuten y los políticos maquinan

Mientras tanto, los filósofos discuten y los políticos maquinan. Hegel vuelve a pasar, ceremonioso, por el pasillo de la Historia; Nietzsche sonríe desde alguna biblioteca; Kierkegaard se queda solo ante la angustia, que es acaso el verdadero programa electoral de nuestro tiempo… Y nosotros, ciudadanos de este otoño interminable, seguimos esperando.

Esperamos que vuelva el sol verdadero, que mejore la conversación pública, que la palabra conserve todavía algún prestigio. Esperamos incluso que la política vuelva a parecerse un poco a la filosofía: menos preocupada por vencer al adversario que por comprenderlo a él y a su mundo en el mundo.

Pero en León siempre cae la tarde demasiado pronto. Los árboles empiezan a desnudarse. Los barrios encienden sus luces equidistantes. Los periódicos adelgazan sus titulares y engordan sus polémicas y el otoño, como aquella novelita de Dickens, nos retrotrae a la vez a las navidades pasadas y al requesón de la infancia hasta en el día en el que asistimos a la última clase con la que se jubila un sabio de andar por casa. 

Sí, viene un otoño electoral que bien parece un invierno…

En fin.

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