Coletazos de invierno

Son unas flores inverosímiles. Nacen cuando menos las esperas. Van trepando por unos brazos que podrían ser túneles de savia y una mañana, cuando despiertas, están ahí, abriéndose al mundo, al mismo tiempo que te desperezas y dejas que las sábanas caigan sobre el colchón ya sin tu cuerpo trenzado a su noche. Tengo dos tiestos sobre el cabecero de mi cama y duermo bajo su influjo. Ellas, por un lado y, por el otro, de frente al templo en el que he convertido mi dormitorio, la vista majestuosa del Teleno, cuando no juega al escondite tras las frecuentes tormentas: trato de creer, así, que el ciclo sigue su curso, que todo lo que se marchita volverá a florecer. Hay una planta de color blanco y otra morada, aunque sus tonos nunca son opacos. Son las dos resultado de un regalo, de dos amigas diferentes: las orquídeas son, como ellas, un lugar donde fijarse y descansar cuando el aliento se entrecorta y la angustia se amarra al pecho. Aunque, en realidad, la paz llega cuando aceptamos que la soledad es el único lugar seguro en el que siempre estaremos, aunque no sepamos reconocerlo y nos pasemos la vida fingiendo demencia ante esta incómoda verdad.

En este campo magnético de resistencia invernal que hemos masticado en León, este invierno que ya debería dar sus últimos coletazos nos ha llevado al límite de la paciencia: ha llovido como si todas las lágrimas del cielo tuviesen prisa por salir y, a veces, también, se ha mezclado su cadencia con nevadas que confundían a la razón. Si deberíamos estar apagados por este clima destructivo, ¿por qué esa sintonía callada nos remitía, aunque no tuviésemos ganas, a la paz del silencio sobre los valles y las montañas? La blancura nos dirige siempre hacia una posibilidad, como un lienzo sin bautizar: todo se puede donde aún no hay nada, ahí, en la inocencia, siempre hay espacio para la promesa. Donde nada aún está manchado por pisadas de hombres o rastros de lobos hambrientos. Donde el sol es capaz todavía de cegar con su reflejo y donde nuestra propia temeridad es mucho menos impetuosa que nuestra genuina valentía.

Hay una canción de El último de la fila que he escuchado con locura en el último mes: Dios de la lluvia. La he cantado como si pudiera pulverizar ciertas penas por las cosas que no pudieron ser y encomendándome a la sabiduría de lo que sí es: la abundancia de la felicidad que otorga saberse plena por vivir la vida que una desea vivir, y no otra.

Bajo esa certeza camino hacia el riachuelo a dejar que la perra se entretenga con el chapoteo de las aguas y soy yo la que se queda ensimismada con su felicidad y su cabreo: nunca alcanza a las cigüeñas que ya llegaron al valle para tomar posesión de su cielo. No huyeron por esta inclemencia de viento, nieve y lluvia, al revés, ayer mismo las vi seguir el curso de sus instintos. Hacían el amor como si no le importase ser conscientes de que están solas. Tal vez sea porque ellas no lo están: las cigüeñas vuelven siempre al mismo nido y con la misma pareja. Y matan a ciertas crías: aquellas que saben que no van a prosperar. Nunca las vi llorar.