Adorables juegos del ayer
Días atrás, mientras andaba ‘a toda leche’ a tomar el autobús, sobre el pavimento del paseo de la avenida hallé dibujado un recuadro con casillas en las que estaban trazados los números del uno al diez: era, nada más y nada menos, que el juego del ‘tejo’ o ‘rayuela’ o ‘truque’ (su nombre varía de acuerdo a la provincia, región o país). En él, se empuja una piedra, saltando ‘a pata coja’ por las cuadrículas individuales y con dos pies por las dobles, un verdadero reto al equilibrio corporal y al goce mental de los chiquillos que tan brillantemente saben ser felices.
Este juego, como tantos otros, tiene también variaciones en sus reglas; por ejemplo, en determinadas regiones se suele dibujar siete casillas en vez de diez, poniendo en cada una de ellas la letra inicial de cada día de la semana. En fin, ‘la costumbre hace ley’.
Admito mi asombro ante tal hallazgo: a decir verdad, creía que este era un pasatiempo perteneciente a la ‘era de los dinosaurios’ en la que –según manifiestan nuestros adolescentes– queda ubicada mi generación. Pero al parecer, me equivocaba. Sí, al parecer, quedan aún niñas que empujan, ‘a pata coja’, un tejo sobre el asfalto (vale decir que la ‘rayuela’ es una diversión tradicionalmente más relacionada con las chicas que con los chicos).
¿En dónde tejemos la ronda?
Mi memoria empieza a hacer de las suyas y me lleva a evocar el patio del colegio en el que, tomados de la mano, hacíamos ‘la rueda’ y cantábamos canciones tradicionales: ‘A la rueda-rueda/ de pan y canela’… ‘Estaba la pájara pinta/ posada en su verde limón’… ¡Qué gran dicha cantar y danzar sin prejuicios ni envidias ni delirios de orgullo personal!
A propósito de canciones infantiles del ayer, invito a los interesados en el tema a repetir estas viejas composiciones, muchas de ellas reconocibles por haber sido entonadas en la feliz infancia (véase Juegos); nostálgicas, sí, pero nacidas de esa nostalgia que nos hace sonreír y no llorar, porque a pesar de los años, nos queda siempre por tomar la decisión de ‘dónde tejer la ronda’. Y es que, tal y como alude en su conocido poema la poetisa chilena Gabriela Mistral (me refiero al poema ¿En dónde tejemos la ronda?), deberíamos hacer inagotable el corro infantil en nuestros corazones: ‘¡Haremos la ronda infinita!/ ¡La iremos al bosque a trenzar,/ la haremos al pie de los montes/ y en todas las playas del mar!’…
Queridos juegos del ayer, jamás olvidados.
Y ahora, para continuar recordando la añorada ‘era de los dinosaurios’, llega el pasatiempo de ‘la matatena’ (también conocido como ‘jacks’, ‘yaquis’, ‘yaces’, ‘payana’, etcétera), en el que se lanza al aire una pelotita de goma (una de esas que botan repetidamente) y, antes de que esta caiga al suelo, se recoge (con la misma mano que lanzó la pelota) una de las piezas. Y luego, dos. Y luego, tres…, así, hasta afrontar la dificultad de recoger, de golpe, las diez figuras que componen el juego. El origen de este entretenimiento se remonta a la América prehispánica, en la que ‘las matatenas’ eran huesitos de animales o piedras. Su nombre, según determinadas fuentes, proviene del náhuatl ‘matetema’ y significa ‘llenar la mano con piedras’ (véase La matatena o 'el juego de los huesitos').
Y con el recuerdo, nos quedamos un rato más en el patio del cole, bajo la sombra de un árbol, donde los chicos lanzaban canicas y se peleaban por obtener ‘el plante’ o ‘la pinta’, que era el mayor puntaje para ganar la partida. Y allí mismo, aún hambrientos de recreo, jugábamos al ‘escondite inglés’ o al ‘veo, veo’ o a ‘la gallina ciega’ o al ‘ula-ula’ o a saltar la comba; todos ellos, ejercicios lúdicos con raíces muy antiguas, algunas más profundas que otras. ¡Y qué gozada ponerle la cola al burro y jugar ‘a la silla’ y hacer una ‘carrera de sacos’!
A ver, a ver, ¿quién da más?, ¿quién puede enumerar cada uno de los juegos del ayer que habitan en nuestra memoria?
Ejercitar cuerpo y mente
Ellos nos ayudaron a ejercitar cuerpo y mente. Nos enseñaron a seguir reglas establecidas y –de cierta forma– a ser disciplinados, pues ‘quedaba fuera’ aquel que incumplía el reglamento, lo cual representaba algo semejante a una ignominia. Pero, sobre todo, nos adiestraron para compartir emociones y tocar nuestros cuerpos sin ver en ellos una frontera construida por la distancia. Nos ayudaron, en fin, a sentirnos vivos y a percibir al prójimo como parte imprescindible de nuestro universo humano, personal y colectivo.
No es que hoy en día los niños no tengan amigos para jugar en grupo y conocer a sus semejantes. Por ejemplo, las guarderías infantiles son un buen terreno para sembrar, desde edades tempranas, emociones y acciones comunes. En igual sentido, vale también la práctica de cualquier deporte que requiera de un equipo y que ponga, por condición, el desarrollo de estrategias grupales para cumplir un objetivo común: ganar la competición.
¡Pero cuidadín con confundir la victoria lograda en un juego colectivo con la competitividad egoísta con la que hoy en día convivimos! Y sobre todo... ¡Cuidadín con exagerar con esos videojuegos que nos separan del ser de carne y hueso!
Porque si hablamos de juegos infantiles, muchos hemos visto a niños muy pequeños sustituyendo las canicas con diversiones online (algunas de ellas, lamentablemente riesgosas para la integridad del ser humano inocente) y haciendo de estos pasatiempos las notas musicales de un futuro en el que, por el camino que vamos, nadie se planteará ‘dónde tejer la ronda’. Creedme, no es melancolía de un ejemplar de Tyrannosaurus Rex, sino más bien gran temor ante la creciente tendencia a la marginalidad emocional y social del actual ‘Homo informaticus’.
¡Menos mal que hay aún quien juega en el paseo de una avenida!