Esperanza Neyra, ciclista pionera: “Me da miedo que con la profesionalización se esté olvidando la palabra deporte”

Esperanza Neyra (derecha), con Emilio Villanueva, y los maillot que vistió en su carrera ciclista pionera, en una imagen de 2019 en La Placa.

César Fernández

¿Cómo se forja la carrera de una pionera? Quizás, en ocasiones, la clave resida en no habérselo propuesto de antemano. “Nosotras no corríamos por sembrar algo”, dice Esperanza Neyra (Ponferrada, 1963) en primera persona del plural al contar su historia, la de la berciana que empezó a competir con bicicleta de paseo y ropa de calle hasta llegar a vestir el maillot de la selección española en Francia. El Bierzo asistió a su despegue, el de la primera mujer ciclista de una comarca por la que luego desfilaron campeonas del mundo. Y ahora su trayectoria, la de una deportista que abrió un camino sin más pretensión que perseguir una ilusión, se verá reconocida el próximo 25 de octubre por la Peña Villanueva, la que le dio la oportunidad de lanzarse a la carretera y superar algunos obstáculos.

Por eso su historia, la de una pionera, la cuenta Esperanza Neyra a medias con un emprendedor, Emilio Villanueva, que todavía estiraba su propia carrera ciclista cuando se puso a formar a chavales desde su barrio de La Placa (Ponferrada). La Peña Villanueva también se lanzó a organizar competiciones. Bajo el lema Deporte para todos, el premio (también para todos) podía ser un clavel y una bolsa de caramelos. “Al principio costaba que la gente participara. Y se daba un regalo para todos”, admite Villanueva en una videollamada compartida con Esperanza Neyra, que se recuerda entre 1979 y 1980 con ropa de calle y bici de paseo en los circuitos por las Huertas del Sacramento y la avenida de la Cemba, vencedora pese a la precariedad de medios y compitiendo contra otra joven sí vestida de ciclista.

“¿A dónde voy yo con una bici de paseo?”, se preguntaba Neyra hasta que pudo contar con bicicleta de carretera, regalo esta vez de su madre por aprobar el COU. Y fue primero hasta Villafranca del Bierzo y San Miguel de las Dueñas (Congosto) para competir en pruebas en las que se alineaba otra berciana, Emma Alonso, que luego cambiaría el ciclismo por el atletismo. La precariedad también era entonces de competiciones, con un calendario escaso que hizo que en primera instancia se derivara hacia el cicloturismo, participando en salidas con el Club Ciclista Berciano o la propia Peña Villanueva. “Tienes que sacarte la licencia”, le decían en aquellas marchas con las que iba agrandando su cuentakilómetros.

Esperanza Neyra y Emilio Villanueva, en una contrarreloj celebrada en Ponferrada en los años ochenta.

Su historia la cuenta a medias con Emilio Villanueva porque este dio un paso audaz para instar a los órganos federativos a autorizar que las chicas pudieran competir contra chicos de una categoría inferior para compensar las diferencias físicas. La berciana se integró en la Peña Villanueva. “Yo era la mayor. Y me acogieron como a una más”, señala ahora que el relato coge velocidad a golpe de carreras en las que fue demostrando su potencial. Y corrió tanto que un día en Astorga un patrocinador no le dejó optar al premio por la victoria (sí se llevó el dinero acumulado por vencer algunas metas volantes) y otro en Torre del Bierzo no le dejaron seguir la carrera en el coche del equipo. Ella no le dio más importancia. “Pensé que qué bobada”, dice ahora tras verse privada de aquella sensación de “ir con la ventanilla bajada y agarrada a la baca del coche”.

“Nunca tuve ningún problema con los chicos”, zanja sobre una posible rivalidad con los compañeros y competidores. El problema podía estar en los padres, como aquel patrocinador en Astorga que quería proteger las opciones de victoria de su hijo, con el que Neyra se escapó hasta ganarle alguna de las metas volantes premiadas con unas pesetas. “Y hubo madres que me confesaron luego que no les gustaba que corriera con sus hijos”, señala al reproducir el temor a que una mujer los adelantase en la línea de meta. Villanueva ahonda en la reflexión para reconocer que luego, a medida que más chicas se fueron incorporando al equipo, había “unos pocos padres a los que no les gustaba que sus hijas corriesen en bici”.

El caso es que aquel impulso inicial fue dejando hitos por el camino como el hecho de que Ponferrada fuera ya en 1982 sede del Campeonato de España de féminas, en el que Esperanza Neyra se clasificó en décima posición. La Peña Villanueva cogió galones hasta contar con un equipo femenino de élite en el que se integraron otras bercianas como la recordada Chely Álvarez y al que llegaron de fuera ciclistas como Dori Ruano o Marga Fullana, que serían luego campeonas del mundo en distintas disciplinas. Neyra hizo el recorrido inverso para pasar por equipos como el Seat-Orbea o El Correo Gallego y participar en tres tours por distintos puntos de Francia (dos de ellos con la selección española) hasta retirarse (que no colgar la bicicleta, a la que sigue dando uso) en 1990 tras casarse con el también ciclista berciano Pedro Merayo.

Hubo madres que me confesaron luego que no les gustaba que corriera con sus hijos

Esperanza Neyra — Exciclista

Al echar la vista atrás y a unos días vista del homenaje, la berciana comienza por agradecer: “A mí en la Peña Villanueva me traían en palmitas. Si las cosas hubieran sido de otra manera, no habría seguido”. Resta importancia a las trabas, quizás el peaje de entonces “por salirse fuera del redil”. “Y yo seguí con mi ilusión. No teníamos otra opción”, añade para encogerse de hombros cuando se le pregunta si su caso pudo servir de inspiración a otras mujeres para ser ciclistas. Es entonces cuando utiliza la primera persona del plural. “Las ciclistas de antes no corríamos por sembrar algo”, dice al situar el origen del profesionalismo en el ciclismo femenino español en la previa a los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 ahora que se ha abierto la vía para poder computar aquellos años de carrera deportiva como cotización para la pensión y no resulta fácil acreditar competiciones que muchas veces pasaban desapercibidas. “¿Quién escribía nuestra historia antes?”, se pregunta en voz alta.

Esperanza Neyra (izquierda), con Emilio Villanueva, en una imagen de 2019 en La Placa.

La precariedad de los comienzos contrasta ahora con la profusión de medios, tanto humanos como económicos y tecnológicos para mujeres que compiten bajo el paraguas de los grandes equipos del pelotón. Neyra se congratula de ello sin dejar de advertir: “Me da un poco de miedo que (el ciclismo femenino) se esté profesionalizando y, al mismo tiempo, se esté olvidando la palabra deporte”. Emilio Villanueva, que llevó a algunas de sus pupilas a éxitos nacionales a finales de los ochenta y principios de los noventa, cree que el ciclismo de ahora, teledirigido en muchas ocasiones desde los coches de equipo a través de los pinganillos, coarta la “libertad” de las corredoras hasta restarles protagonismo.

Ahora que ya algunas de sus antiguas compañeras son madres de ciclistas del pelotón actual, Esperanza Neyra, que ha dicho que antes se valoraba más el abrazo que el trofeo, constata una sensación: “Les damos mucha envidia cuando nos ven juntas”. Y con su característico sentido del humor, ahora que en unos días la homenajearán por su trayectoria pionera, no deja de señalar las veces que le han preguntado si ella es la madre o familiar (no es ni una cosa ni la otra) de la gallega Alejandra Neira, campeona júnior en los recientes Mundiales de Montreal, una heredera, eso sí, de aquellas pedaladas pioneras.

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