'París en femenino: treinta escritoras europeas y americanas en la ciudad sin límites', de Ángel Esteban
París en femenino: treinta escritoras europeas y americanas de la ciudad sin límites, de Ángel Esteban, parte de una premisa que conserva cierta capacidad de seducción editorial, pero que ya no puede presentarse como un descubrimiento. El error viene de lejos y acaso tenga uno de sus síntomas más ilustres en Ernest Hemingway. En París era una fiesta, Hemingway contempla aquel París con la mirada de quien levanta acta: parece por momentos un notario de la bohemia, un cronista y hasta un sociólogo de la revolución literaria que estaba produciéndose ante sus ojos. Pero no alcanzó a percibir del todo que allí no estaba aconteciendo únicamente una revolución estética y cultural. Estaba produciéndose también una revolución de los sexos, una transformación de la masculinidad y de la feminidad que, impulsada en buena medida por las mujeres que habitaban aquella ciudad, habría de modificar para siempre la cultura y hasta la percepción misma de lo masculino y lo femenino.
Ahí reside quizá el verdadero error cognitivo y epistemológico al aproximarse a aquel París: leer más París era una fiesta que El almanaque de las mujeres, de Djuna Barnes, o El bosque de la noche. Es decir, contemplar la época desde quienes dejaron una crónica masculina de la revolución y no desde quienes estaban contribuyendo a modificar las reglas mismas de esa revolución. Desde esta perspectiva, incluso podría interpretarse como un síntoma de aquella limitación de la mirada el hecho de que el reconocimiento institucional de aquella generación terminara concentrándose en Hemingway, mientras figuras como Djuna Barnes quedaban fuera del gran relato canónico. No se trata de negar la importancia literaria de Hemingway, naturalmente, sino de advertir hasta qué punto los mecanismos de consagración pueden reproducir la perspectiva dominante de una época.
Por eso tampoco resulta novedosa, a estas alturas, la necesidad de recordar que el París de la Belle Époque y, sobre todo, el de los años veinte y la generación perdida, como también dejó claro Sylvia Beach en su bello libro Shakespeare and Company, no fue un territorio exclusivamente masculino ni un escenario en el que las mujeres aguardaran, en silencio, a que alguien viniera a rescatarlas de la historia literaria. Esa operación de restitución tiene ya una genealogía considerable y, en algunos casos, extraordinariamente rigurosa.
Basta recordar Mujeres de la Rive Gauche, de Shari Benstock, para advertir que la presencia femenina en aquel París ha sido estudiada con una amplitud y una profundidad difíciles de ignorar. O la biografía La Formidable Djuna Barnes escrita por Andrew Field, minuciosa reconstrucción de una época y de su compleja constelación literaria. No son, por tanto, territorios vírgenes los que Ángel Esteban se dispone a explorar. La recuperación de aquellas mujeres –y, particularmente, de las vinculadas al ámbito hispánico– cuenta además con antecedentes en los trabajos de Ana María Moix, Luis Antonio de Villena y hasta el futurólogo Octavio Aceves, que extendió su recorrido hasta el París de los años cincuenta. Incluso Joaquín Leguina, en Malvadas y virtuosas, volvió sobre esa galería de mujeres que hicieron de París algo más que un decorado para las biografías de los grandes nombres masculinos.
Corregir ausencias
La novedad del libro de Esteban publicado por la Editorial Espasa habrá que buscarla, pues, en otro lugar: en la composición de su particular galería y en las ausencias hispanoamericanas que viene a corregir dentro de los recorridos más conocidos. Ahí el libro encuentra un territorio propio. La inclusión de Victoria Kent, Teresa de la Parra, Lydia Cabrera o Elvira de Alvear, entre otras, amplía considerablemente el mapa habitual y permite contemplar aquella ciudad desde perspectivas que no siempre han encontrado sitio en las cartografías masculinas de la bohemia, la vanguardia y la literatura de entreguerras. La presencia de Elena Garro contribuye asimismo a prolongar esa tradición y a recordar que el París literario no se agota en los nombres que la historiografía ha convertido en sus habitantes oficiales.
Conviene, sin embargo, no presentar esta recuperación como si hubiera que descubrir ahora que las mujeres estuvieron allí. Lo verdaderamente interesante es comprobar qué ocurre cuando se incorporan nuevos nombres a un paisaje ya conocido. Porque París fue, durante aquellas décadas, una ciudad sin límites precisamente por su capacidad para absorber vidas, lenguas, nacionalidades y escrituras distintas. Añadir nombres a esa nómina no significa necesariamente corregir una historia equivocada: significa, más bien, hacerla más compleja.
En ese sentido, el libro de Ángel Esteban cumple una función útil. No descubre el continente, pero ensancha el mapa. Y acaso esa sea su aportación más estimable: conseguir que algunas escritoras que habían permanecido en los márgenes de las habituales historias del París literario entren, aunque sea con cierto calzador inevitable, en el canon fascinante de aquella ciudad-mundo. Porque un canon verdaderamente vivo no es el que permanece idéntico a sí mismo, sino el que admite nuevos nombres sin fingir que acaba de ser descubierto. Gracias a la buena prosa del autor la obra se lee con gusto, y s aprende.