'Labia', de Eloy Tizón
Eloy Tizón (Madrid, 1964) ocupa una posición singular entre los narradores españoles de su generación, alejado tanto del realismo urbano asociado a la Generación X como de las fórmulas convencionales de la novela de intriga. Su obra, que encontró en Velocidad de los jardines un título decisivo para la renovación del cuento español, entiende la prosa como una forma de conocimiento y exploración de la conciencia. En afinidad con escritores como Andrés Ibáñez, Andrés Neuman y la primera Belén Gopegui, aunque con una voz propia, Tizón privilegia la intensidad lírica, la autonomía musical del lenguaje, la elipsis y el extrañamiento. Su narrativa no renuncia a contar historias, pero somete el argumento a las exigencias de una escritura que busca revelar la dimensión secreta de lo cotidiano.
En ese proyecto, Labia (Editorial Galaxia Gutemberg) representa una temprana y significativa incursión en la novela lírica: una reivindicación de la imaginación como principio constructivo y de la palabra como instrumento para devolver al mundo su misterio.
En efecto en Labia, Eloy Tizón construye una novela lírica (por decirlo con un término del viejo maestro de nuestra crítica literaria Ricardo Gullón) en la que el aprendizaje artístico de un muchacho se convierte en una exploración de los poderes de la imaginación. Organizada en cuatro movimientos —'Ejercicios de línea, 'Naturaleza muerta', 'Apuntes del natural' y 'Artes gráficas'—, la obra sustituye la progresión argumental convencional por una constelación de episodios, personajes y motivos que se reclaman entre sí según una lógica más musical que narrativa. La papelería de las tres hermanas, la leyenda medieval de Carlomagno y la princesa Mármara, las extravagantes lecciones del profesor Linaza y las peripecias parisinas del escultor Montesinos configuran un universo donde lo cotidiano se impregna de extrañeza y la anécdota parece esconder siempre una segunda vida. El Madrid de los años setenta no funciona únicamente como escenario histórico, sino como territorio de iniciación sentimental, poblado de figuras excéntricas y situaciones que desestabilizan las fronteras entre realidad y fantasía.
Novela lírica con intensidad verbal
La novela se inscribe así en la tradición de la novela lírica que ya decimos que Ricardo Gullón estudió como una modalidad narrativa en la que la subjetividad, la atmósfera y la intensidad verbal adquieren mayor importancia que la causalidad de los acontecimientos. Así, en Labia, las historias no avanzan necesariamente hacia una resolución: se expanden, se interrumpen, se reflejan unas en otras, como si cada personaje fuese una puerta abierta a otra dimensión de la experiencia. El aprendizaje del protagonista consiste, sobre todo, en descubrir que mirar es una forma de interpretar y que detrás de los objetos más humildes puede latir una mitología privada. La papelería, el aula de dibujo o el taller del escultor dejan de ser simples espacios reconocibles para convertirse en escenarios de una educación de la sensibilidad.
El parentesco de Eloy Tizón con Proust se advierte en esa capacidad de transfigurar la experiencia mediante la memoria y de conceder a los detalles una potencia reveladora que excede su función anecdótica. La afinidad con Djuna Barnes, por su parte, reside en la inclinación hacia los personajes excéntricos, las atmósferas oblicuas y una percepción del mundo en la que lo grotesco y lo poético conviven sin contradicción. Pero Tizón no se limita a reproducir esas genealogías: las reactualiza mediante el humor absurdo, la discontinuidad narrativa y una imaginación de raíz simbolista que convierte la digresión en principio constructivo. Su prosa, trabajada hasta alcanzar una deliberada autonomía musical, no se limita a embellecer lo contado; establece asociaciones, produce significados y genera la propia materia de la narración.
Dimensión programática
El título adquiere pues una dimensión programática. Labia remite a la facultad de contar, a la seducción de la palabra y a esa inteligencia verbal capaz de transformar una experiencia trivial en un acontecimiento imaginario. La literatura aparece como una forma de conocimiento que no explica el mundo mediante conceptos, sino que lo ilumina por aproximaciones, correspondencias y hallazgos expresivos. En una época que suele exigir a la novela velocidad argumental y transparencia comunicativa, Tizón reivindica el rodeo, la digresión y el placer de una escritura que encuentra su sentido en el propio acto de narrar.
El mérito primordial de Labia reside en haber convertido esa apuesta formal en una experiencia narrativa reconocible; no en un mero ejercicio de estilo. La recurrencia de los motivos artísticos –el dibujo, la pintura, la escultura y la escritura– dota de cohesión a una estructura deliberadamente dispersa, mientras que el humor evita que la exuberancia imaginativa desemboque siempre en solemnidad. Sin embargo, esa misma libertad entraña un riesgo: algunos episodios parecen agotarse en su ingenio verbal y no todas las digresiones alcanzan idéntica intensidad; por momentos, la seducción de la frase amenaza con desplazar la consistencia emocional de los personajes. Es la tensión característica de la novela lírica: cuando la palabra lo absorbe todo, la narración puede perder parte de su resistencia dramática. Pero Tizón demuestra ser un maestro de narradores en la medida en que encuentra en esa frontera su terreno más fértil. Labia no es pues tanto una novela de acontecimientos como una novela de percepciones, y su verdadera unidad no procede de la intriga, sino de una sensibilidad capaz de descubrir correspondencias entre lo dispar. Su gran logro consiste en recordarnos que la ficción también puede avanzar por iluminación, ritmo y extrañamiento; que contar no siempre significa ordenar el mundo, sino devolverle el misterio que la costumbre le ha arrebatado.