'Frenesí', de J.C. Oates
¿Joyce Carol Oates pone la realidad bajo sospecha?
Hay escritores que necesitan convocar fantasmas para inquietarnos; a la gran dama norteamericana del realismo inquietante J.C. Oates (Lockport, Nueva York, 1938) le basta con abrir la puerta de una casa. En Frenesí (Alfaguara), colección de largos relatos de suspense psicológico (alguno es casi una nouvelle como por ejemplo el titulado Las secuoyas o el titulado Pesca nocturna en Antibes), la escritora estadounidense explora ese instante, a menudo imperceptible, en que una existencia se desvía y ya no encuentra el camino de regreso. Una mala elección, un encuentro desafortunado o un accidente aparentemente trivial pueden inaugurar una pesadilla de larga duración.
Los argumentos de estos cuentos dibujan una cartografía de la vulnerabilidad humana. Una joven decide vengarse de un amante muchos años mayor, en una relación marcada por la desigualdad afectiva; un accidente de bicicleta proyecta su sombra sobre una familia durante décadas, prolongando sus consecuencias mucho más allá del suceso inicial; una niña, celosa de su prima aparentemente perfecta, descubre que las apariencias pueden ocultar una realidad muy distinta; una viuda aguarda en su casa rural el regreso de su marido fallecido. Son situaciones de partida que Oates transforma en exploraciones de la envidia, el resentimiento, la culpa y la persistencia del duelo. El horror no necesita manifestarse como una irrupción extraordinaria: le basta con que la vida cotidiana revele, de pronto, su reverso.
Aquí es donde cabe proponer una lectura que va más allá de la habitual consideración de Oates como maestra del suspense psicológico. Oates es una especie de Alfred Hitchcock de la literatura, pero con una diferencia decisiva: mientras el cineasta convierte la amenaza en una maquinaria narrativa que atrapa al espectador, ella hace de esa amenaza un instrumento de conocimiento de la conciencia. No se limita a preguntarnos qué va a suceder, sino que nos obliga a examinar el tejido de decisiones, deseos y autoengaños que vuelve posible lo sucedido. El suspense deja de ser un simple mecanismo de expectación y se convierte en una forma de indagación moral.
También podría decirse que Oates es la Mariana Enríquez realista de nuestro tiempo, siempre que no se entienda la fórmula como una equiparación entre dos poéticas. Enríquez suele hacer que los fantasmas, las deformaciones corporales y las presencias sobrenaturales expresen las heridas históricas y sociales de nuestro mundo; Oates prescinde de esa mediación y busca la perturbación en los comportamientos ordinarios, en la intimidad familiar y en los vínculos donde el afecto puede confundirse con la dominación. Si Enríquez necesita a veces que la realidad se vuelva espectral para mostrar su violencia, Oates demuestra que esa transformación quizá sea innecesaria: la realidad ya contiene todo el espanto que necesitamos. Sus fantasmas son los vivos; sus casas encantadas, las conciencias; sus maldiciones, las consecuencias de actos que nadie supo medir.
Esta es, a mi juicio, la aportación más inquietante de Frenesí: la sospecha de que lo monstruoso no constituye una excepción que podamos aislar, sino una posibilidad inscrita en la propia normalidad. Los personajes no llegan al desastre desde un territorio ajeno a la experiencia común; avanzan hacia él a través de sentimientos reconocibles, agravios comprensibles y decisiones que, consideradas por separado, podrían parecer insignificantes. Oates trabaja precisamente en ese intervalo entre lo comprensible y lo imperdonable, allí donde entender las motivaciones de alguien no significa absolverlo. La literatura se convierte así en un laboratorio de la ambigüedad moral, sin jueces omniscientes ni explicaciones que restituyan la tranquilidad.
Cabe señalar, no obstante, que la extraordinaria fecundidad de Oates tiene un reverso: su insistencia en determinados mecanismos de perturbación puede producir cierta reiteración, y no todos sus relatos alcanzan la misma densidad psicológica. Pero incluso esa reserva permite precisar dónde reside su verdadera importancia. No en la acumulación de desenlaces truculentos ni en la facilidad para provocar inquietud, sino en su capacidad para hacer que desconfiemos de las explicaciones demasiado cómodas con las que ordenamos la conducta humana.
En Frenesí, el espanto no llega de la oscuridad: nace a plena luz, en la familia, el deseo, los celos o la memoria. Y esa es la paradoja que hace de Oates una escritora tan perturbadora: cuanto más reconocibles resultan sus historias, menos podemos considerarlas ajenas. Hitchcock nos enseñó a temer lo que acecha detrás de una puerta; Oates nos invita a preguntarnos quién podría abrirla desde dentro. Y, frente a los fantasmas de Mariana Enríquez, nos deja una sospecha quizá más difícil de conjurar: que no hace falta que los muertos regresen para que el mundo de los vivos se convierta en una casa encantada.