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¿Donde habitará el pasado en el futuro? El uso de ilustraciones de IA en el Museo de Valladolid sin avisar desata la polémica

¿Dónde habitará el pasado en el futuro? Parece una pregunta discordante, pero una exposición temporal en el Museo de Valladolid que usa una serie de ilustraciones históricas realizadas con Inteligencia Artificial sin explicárselo al visitante la ha hecho más que pertinente.

Una muestra temporal, titulada 'Donde el pasado habita', sobre la arqueología de Cabezón de Pisuerga, ha desatado la polémica por el uso de la IA sin que lo sepa el espectador para siete de las ocho láminas con las que se pretende explicar cómo fueron la localidad y sus habitantes desde la prehistoria hasta la actualidad.

Una exposición de notoria factura con sensacionales piezas arqueológicas desde el calcolítico pasando por la Edad del Hierro y la época romana con un espectacular mosaico de dos guerreros; llegando a la medieval, con restos de un monasterio, y la decimonónica con joyas de un tesoro del siglo XIX. En sí mismas todo un conjunto expositivo de gran nivel que sólo por cada época merecería la pena el esfuerzo de exponerlas.

Sin embargo, en estos tiempos en que el futuro nos alcanza inexorablemente y a toda velocidad sin que podamos siquiera pensarlo, esta interesantísima muestra temporal –que en un primer momento iba a cerrar mañana 31 de mayo, pero que se extenderá en el tiempo hasta septiembre por su éxito– queda empañada por un más que sorprendente uso de la Inteligencia Artificial en lo que se supone ilustraciones históricas de alto nivel científico. Varios expertos advierten de que el uso de imágenes con tecnología IA sin que el espectador esté advertido provoca una distorsión notoria en la comprensión del mismo y plantea una serie de dimensiones éticas que empañan, desgraciadamente, el gran esfuerzo del museo de Valladolid para mostrar a la ciudadanía el pasado de una localidad en la que confluyen tantos yacimientos arqueológicos de alto nivel.

Y, además, las dimensiones éticas del uso de una tecnología hoy absolutamente incontrolable para ilustrar el pasado mediante un prompt (las órdenes que se le dan a las IA generativas para representar imágenes) en una exposición financiada con dinero público generan muchas más preguntas. Que van desde de quién son propiedad las ilustraciones (si del pueblo español o de la compañía de la Inteligengia Artificial usada), a las de qué pasa con los ilustradores históricos (formados en representar el pasado con los últimos descubrimientos arqueológicos) que no se han contratado, hasta otras mucho más desasosegantes: ¿El uso de IA permite una representación histórica precisa y rigurosa o son en esencia imágenes falsas y manipuladoras de la antigüedad? ¿Y si se hace sin avisar... se está mintiendo al espectador respecto a cómo era el pasado?

Una exposición temporal con poco presupuesto

Las preguntas son lo suficientemente notorias para comprender lo excepcional de la situación. La exposición temporal está muy bien diseñada y parece claro que desde la dirección del Museo de Valladolid en el Palacio de Fabio Nelli se ha querido hacer con todo el cariño para mostrar al público de una forma digna las piezas que albergaba en sus vastos almacenes y que no puede exponer habitualmente debido al espacio del que dispone el edificio.

Además, se ha efectuado con un criterio museístico actualizado con vitrinas y cartelas mucho más modernas que las de la exposición permanente. Vaya aquí por delante de que las piezas de este museo son de tal nivel que las autoridades deberían plantearse desde ya una inversión muy importante para su reforma y adaptarlo a la actualidad cuanto antes; y así superar la injusta sensación de Gabinete de Curiosidades del siglo XX que se tiene de la visita. La colección merece la pena que se presente con la dignidad propia de su excepcional calidad.

'Donde el pasado habita', es una muestra temporal que ha tenido bastante éxito para el poco presupuesto que ha manejado, unos 6.500 euros. Desde que se inauguró a primeros de diciembre pasado la han visitado miles de personas –según la directora del museo, Alicia Villar, éste ha recibido más de 16.000 visitantes hasta este mes de mayo y de ellos 700 declararon ir a verla en exclusiva, aunque al estar en la segunda planta muchos miles han podido contemplarla sin declarsr su intención– y su motivo es “aprovechar una publicación de un libro sobre los hallazgos arqueológicos en Cabezón de Pisuerga (se puede descargar gratis en PDF pinchando aquí) para sacar del almacén las piezas que no se exponen y dar a conocer a la ciudadanía su historia”.

Y con la intención, según el folleto expositivo, de “rescatar del olvido este legado [que] no sólo es labor de la disciplina arqueológica, sino que se sustenta en la investigación científica, eje fundamental para el conocimiento del pasado”, como se puede ver en la imagen de aquí abajo.

La comisaria de la misma es Consuelo Escribano Velasco, arqueóloga en el servicio de Patrimonio de la Junta de Castilla y León, que es la que se ha encargado de generar esas imágenes de IA, “porque la falta de presupuesto impedía poder contratar ilustradores” según la conversación mantenida con la directora. En las cartelas se pueden ver ocho pequeñas ilustraciones, siete de ellas producidas por una IA generativa sin especificar en ningún momento, y menos en cada una de ellas, que se han efectuado con esta tecnología.

¿Criterio científico en las imágenes de IA que muestran el pasado?

Ya de por sí, el uso de la IA para la divulgación y la información de noticias sin citar su uso –ni siquiera qué herramienta se utiliza– plantea una serie de preguntas éticas más que evidentes sobre el rigor de las mismas. Pero en el caso de un museo que asegura sustentarse “en el conocimiento científico” como “eje fundamental para el conocimiento del pasado”, usar esta tecnología sin avisar, ni citar, muestra una contradicción enorme. Más aún si es con dinero público.

Eso es lo que opina Miguel Ángel Cajigal Vera –historiador del Arte conocido como El Barroquista en redes sociales experto en museística, conocido por su participación en el programa de TVE El Condensador de Fluzo y colaborador de Julia Otero en su programa de fin de semana en Onda Cero y autor de tres libros titulados como Otra historia del Arte, de la Arquitectura y de la Música–, que precisamente estos días criticaba el plagio a Paco Roca con IA para un cartel de una feria del libro: “Me parece que abre una puerta peligrosa. La elaboración de ilustración histórica es un proceso científico. Relegado al simple uso de IAs generativas, se pierde todo lo que tiene de científico y académico, porque estas IAs comerciales están muy lejos de estar bajo control de quien hace el encargo. Al final estas ilustraciones se llenan de errores que hay que aceptar porque las IAs de uso público hoy en día 'funcionan así', lo que implica una tolerancia enorme con la idea de que 'todo vale'. Los museos no deberían de ir por ese derrotero”.

Y no avisar de su uso, también le parece censurable: “Toda ilustración generada con IAs tiene que estar correctamente indicada, de igual manera que siempre hay que acreditar la autoría de las ilustraciones realizadas por personas. Hablamos de unos mínimos éticos y profesionales a los que jamás se debe renunciar”.

Coincide con él Alberto Venegas Ramos –historiador e investigador pionero en cultura digital, memoria y videojuegos, uno de los mayores estudiosos españoles de “cómo la historia se representa y se experimenta en los medios digitales”– en que la práctica de no señalar que las ilustraciones que visten las cartelas de un museo es absolutamente inadecuada. Algo que advierte en su nuevo libro que se publica este mes de junio, Pasado sintético, en el que dedica un apartado entero a lo que llama 'museografía generativa', analizando el caso de la exposición 'Hallucinating Traditions' del MIT Museum. “Allí la inteligencia artificial se utilizó de un modo que considero legítimo e incluso valioso: se pedía al visitante que introdujera instrucciones cómo 'boda tradicional africana del siglo XVII' y observara cómo el modelo producía imágenes culturalmente anacrónicas, plagadas de estereotipos visuales contemporáneos. Pero lo decisivo no era la imagen en sí, sino la puesta en escena de su artificialidad. Cada resultado iba acompañado de un texto que explicaba cómo el algoritmo había llegado a esa composición, qué corpus de datos había condicionado el resultado y qué sesgos raciales, de clase o coloniales podían rastrearse en la representación final. Eso es usar la IA para pensar contra la IA. La imagen sintética dejaba de ser un producto de consumo y se convertía en un objeto de interrogación crítica”.

“El problema no es, por tanto, que un museo utilice imágenes generadas por inteligencia artificial. El problema es para qué las utiliza y cómo las presenta. Si la imagen generativa funciona como herramienta para que el visitante comprenda los mecanismos de fabricación visual del pasado, estamos ante un dispositivo pedagógico legítimo. Si funciona como sustituto barato de una investigación visual rigurosa, estamos ante otra cosa”, especifica.

Otros expertos en el manejo de ilustración histórica para publicaciones consultados por ILEÓN también lo tienen meridiamanente claro. El problema que ven es que la IA debería ser una herramienta de ayuda, no una especie de fin en si misma. “Puede ayudar a los ilustradores con fondos, por ejemplo, o como una base de búsqueda; pero, al menos por ahora, no es capaz de ofrecer resultados aceptables en imágenes completas. El problema añadido, además, es que produce fallos muy obvios y nadie se ha molestado en corregirlos”, apuntan.

La directora del Museo de Valladolid defiende su uso

La directora del Museo de Valladolid, Alicia Villar no piensa lo mismo –y en conversación con ILEÓN mostró su disgusto por esta visión de la cuestión “para crear una polémica sin sentido”– afirmando que era necesario el uso de la IA para explicar las cosas a los ciudadanos en esta exposición con tan poco dinero para montar. “¿Entonces, cómo explicamos nosotros cómo se tallaba a la piedra sin recurrir a una imagen de una publicación que tiene entre otras cosas están bastante trilladas? Puesto que no tenemos presupuesto para encargar a un ilustrador o ilustradora que nos haga unas imágenes especiales para nuestra exposición, ¿qué hemos hecho? Pues como mucha parte de la exposición sale de nuestro trabajo, hemos recurrido a la inteligencia artificial porque lo que queremos es que se entienda: la manera de que se entienda es encontrar una ilustración que lo explique, que se explique por sí misma. Y la manera más sencilla y más económica ha sido la utilización de de la inteligencia artificial. A ver, para cuatro cosas, ¿eh? Lo de la inteligencia artificial, en mi opinión, bien utilizada sirve para lo que tiene que servir: que es para lo que la hemos utilizado nosotros, para que sea más didáctico, para que según lo veas ya lo entiendas”.

Por contra, los expertos señalan sin ambages que una institución como un museo “no puede recurrirse a la excusa de que es para dar una idea aproximada”. Las imágenes, “al igual que los textos, en el contexto de un proyecto de musealización”, deben, según ellos “ofrecer información rigurosa y contrastada al visitante, que debe poder fiarse de lo que está recibiendo. Concebir la ilustración histórica como un mero adorno o una forma de rellenar los huecos no es una idea demasiado aceptable en una institución”.

Por último, y esto entra en otro de los problemas éticos que plantea el uso de la IA para generar ilustración histórica, se pronuncian muy en contra de la práctica defendida por la coordinación de la exposición temporal en Valladolid. “En realidad, toda ilustración debería tener unos créditos comprobables. Aun así, daría un poco lo mismo que fuera IA o que se hubiese contratado a un ilustrador sin darle un dossier adecuado o sin revisar el resultado. Las ilustraciones pueden tener errores o quedarse desfasadas, el problema es la desidia que transmite el que ciertos resultados obviamente erróneos pasen todos los filtros... si es que los ha habido”, critican. 

¿Y qué pasa con usar dinero público para evitar contratar ilustradores?

Este es otro de los aspectos preocupantes del uso de la Inteligencia Artificial generativa para explicar la antigüedad. Que se utiliza dinero público para ahorrarse dinero y no contratar a los especialistas en recrear de forma científica la imagen del pasado. La disciplina de la ilustración histórica no consiste en dibujar bonito personajes prehistóricos o de la Edad Antigua con túnicas y armaduras, sino en incluir los elementos correctos en cada momento del tiempo que se refleja basándose en los últimos descubrimientos arqueológicos tanto en vestimenta como en ajuar y en elementos arquitectónicos. Es decir, el estudio que supone efectuar una visión de los antiguos es un esfuerzo que requiere no sólo conocerse los últimos artículos académicos y las más recientes excavaciones arqueológicas, sino el tener que bocetar y redibujar detalles que sólo los expertos conocen bien. Manteniendo un diálogo constante con el que contrata el trabajo.

Pero en el caso de la exposición de Cabezón de Pisuerga esto no se cumple. La directora Alicia Villar se muestra muy molesta ante estas críticas: “No sé quiénes serán esos expertos, pero esas críticas serán según su interpretación, que no nos han llegado tras miles de visitas estos meses salvo por una persona a la que ya se lo expliqué”. Y defiende su criterio mostrando que en el equipo del museo y en el diseño de la exposición hay tres técnicos. “Uno arqueólogo del museo; otra, es de historia del arte y yo reúno las dos licenciaturas. Y por otro lado, hemos contado con la colaboración de como comisaria de la exposición de una auténtica experta, arqueóloga de la Junta de Castilla y Léon con treinta y tantos años de experiencia: Mariché (se refiere a Consuelo Escribano Velasco). Si estos señores saben más, permíteme que lo dude. Porque lo hemos hecho contrastando y consultando su rigor en publicaciones que hemos tenido que consultar”.

Para Alberto Venegas el usar imágenes de IA para ahorrar dinero de una exposición pública “es un problema que va más allá de la cuestión presupuestaria, aunque la cuestión presupuestaria ya es grave de por sí”. “Cuando un museo sustituye a un ilustrador por un generador de imágenes, no solo está ahorrando dinero, está eliminando un eslabón de la cadena de responsabilidad. El ilustrador, como el historiador, toma decisiones interpretativas: qué representar, qué omitir, qué fuentes consultar, qué anacronismos evitar. Esas decisiones son evaluables, discutibles, criticables. Tienen un autor detrás que responde por ellas. La IA elimina lo que llamo la autoría como responsabilidad: por ejemplo, hace unos días compartí en X una imagen generada por ChatGPT que trataba de representar la rendición de Granada. Esta imagen era una simulación prácticamente indistinguible de la pintura de Pradilla. Sin embargo, éste firmó su cuadro de la rendición de Granada, asumió decisiones compositivas deliberadas y respondió ante una tradición pictórica. La imagen generada no tiene autor, no tiene intención y tampoco tiene responsabilidad. Es una síntesis estadística que parece una pintura de historia pero que carece de todo lo que hacía de la pintura de historia un acto interpretativo”.

Lo mismo piensa Miguel Ángel Cajigal, que añade además que para él es “un atajo”. “La mayoría de museos no tienen los medios necesarios para hacer su trabajo y esto es una desgracia. Pero jamás puede ser excusa para tomar atajos que no se tomarían en otros aspectos, como la seguridad de las piezas”.

La responsable del museo vallisoletano, al seguir la conversación con ILEÓN sobre el tema –sin especificar mucho las críticas de estos expertos por imposibilidad de tiempo, así que no debe verse su opinión como una respuesta directa a las que se exponen más a fondo en este artículo de todos ellos— quiso dejar claro que el diseño de la exposición temporal de Cabezón de Pisuerga “primero se ha hecho con todo el cariño del mundo, con toda la idea de de ser didáctica, de hacer difusión, que es una de las funciones que tiene el museo. Y aprovechar la publicación del libro para ilustrar más aún lo que es la historia de Cabezón, y en la medida de nuestras posibilidades con los materiales que nosotros tenemos para exponerlos”. Pero luego tuvo que reconocer que con tan poco presupuesto (6.500 euros) es complicado pagar a los ilustradores: “No tengo dinero para para contratar a nadie que me haga una ilustración concienzuda”, y reconoció que fue la coordinadora de la exposición la que “se tiró horas” afinando las imágenes.

Los demás historiadores consultados para este artículo de reflexión sobre la museística que puede venir en un futuro con el uso de la inteligencia artificial, van también por ese camino de criticar no contratar a los expertos en dibujar la Historia. La cuestión “es que con un profesional se puede hablar, comprenderá qué tiene que cambiar, aunque no esté especializado en ilustración histórica, y qué le estás pidiendo”. “Es algo que –indican–en lo que la IA todavía falla, aún en las cosas más lógicas. Ha mejorado en no hacer manos de ocho dedos, pero no en comprender que las espadas no vuelan, la estructura lógica de un poblado o la pragmática del lenguaje en ciertas instrucciones”. De hecho manifiestan que, por ahora, quizás sea mejor “tener menos ilustraciones y recurrir más a fotografías, pero que las ilustraciones realmente digan algo y aporten a la exposición”. 

“Además –añade Venegas– la lógica del ahorro en este caso es perversa porque lo barato no es neutro. La inteligencia artificial tiende por defecto a producir imágenes simétricas, normativas e idealizadas, reforzando de manera involuntaria visiones eurocéntricas o patriarcales del pasado. El ilustrador riguroso trabaja contra esas inercias, investiga, consulta fuentes, elige representar lo que la memoria hegemónica omite. La IA reproduce lo estadísticamente dominante. Ahorrar dinero usando IA no es una decisión técnica, es una decisión historiográfica que empobrece la representación del pasado y consolida los sesgos del presente”.

El contrato social de los museos: ¿Es mentir al ciudadano usar la IA sin avisar?

Otra derivada ética es la ruptura de la confianza de un museo -una institución de alto nivel cultural que define la realidad presente utilizando áltos estándares de fiabilidad basados en el estudio de los expertos-, con los ciudadanos, debido a estas prácticas de no avisar del uso de estas tecnologías de reproducción estocástica tan poco afinada por lo reciente que es; y altamente sesgada en los datos y las recreaciones (como se ha expllicado arriba) al generar las imágenes por mera probabilidad con los datos disponibles en internet. En esencia, replicar una mezcla de las imágenes más comunes subidas a la red, cosa que -con la cada vez más preocupante cantidad de éstas producidas por la misma IA-, genera unos resultados cada vez más alucinatorios basándose en falsedad artificial: lo que se viene a llamar basura IA slop, o en términos más castizos 'BazofIA'.

Para los estudiosos de la Historia que han valorado las imágenes y la decisión expositiva de no citar su origen ni efectuar ninguna advertencia de que son artificiales, pese a ser “bastante obvio que es IA” para ellos (no necesariamente para el público en general mucho menos experto en la antigüedad), el problema viene de la validación que se da a la información volcada en esa ilustración. “Por mucho que algunos errores sean obvios, las personas que acuden a un museo deberían poder tener cierta confianza en que están recibiendo datos revisados y contrastados”. Además, para ellos, “rompe la confianza en el resto de datos de la exposición o la colección”. “¿Cómo fiarse de que los textos no están hechos también con IA? ¿Que no van a tener los mismos errores que las ilustraciones?”, se preguntan.

Alicia Villar responde a la crítica de la falsedad de las imágenes de IA con contundencia: “Te puedo asegurar que mentir no mentimos y te iba a decir que en cierto medida me molesta que se diga esto porque estas imágenes se las ha currado la comisaria echándole horas, y horas y horas... y te digo que es una experta arqueóloga muy reconocida en Castilla”. “Hay muchas maneras de hacer las cosas y el criterio que se elige para hacer las cosas de una determinada manera queda queda al albur de quien lo está haciendo. ¿Me explico? Que sea criticable, bueno... pero de pedir explicaciones no”, aseguró con contundencia.

¿Un mal planteamiento museístico?

Para El Barroquista, en el no reconocer los problemas de falsear la Historia que genera la IA está una de las claves de lo que el considera claramente un mal planteamiento museístico: “Precisamente las instituciones públicas son el primer lugar en el que se deben revisar el uso de las IAs, y cualesquiera otros desarrollos tecnológicos, de la forma más ética posible, para que sirva de ejemplo a la sociedad; pero parece que estamos perdiendo esa batalla. Veo a diario en redes sociales a instituciones culturales que recurren sistemáticamente a las IAs para crear carteles de sus actividades, hacer memes, ediciones simpáticas o adherirse al trend de moda, y que lo hacen de manera muy acrítica. Estoy seguro de que el personal público que hace todo eso no es consciente de lo nocivo y poco ético que es lo que hacen. Es una muestra grave de la falta de formación en materia tecnológica y, al mismo tiempo, de lo fácil y rápido que se han implantado socialmente las IAs, esquivando cualquier debate legal y ético con pasmosa facilidad”.

Por su parte, Venegas, es también contundente con este aspecto: “Un museo no es una cuenta de Instagram. Un museo es una institución que ha heredado de la tradición ilustrada un pacto de confianza con el ciudadano: lo que se muestra entre sus paredes ha sido verificado, contextualizado e interpretado por profesionales. Cuando un museo exhibe una imagen generada por IA sin señalar su naturaleza, no está simplificando la comunicación, está quebrando ese pacto. Está presentando como documento lo que en realidad es una síntesis estadística sin referente empírico verificable, una emanación probabilística que no remite a ningún acontecimiento sucedido”.

Para el estudioso del Pasado Interactivo, el pasado Virtual y lo que él denomina Pantallas de la Memoria esto es mucho más grave de lo que parece, y refleja una actualidad soterrada en las Redes Sociales y los medios de comunicación que tarde o temprano tenían que impactar en el mensaje de la instituciones públicas: “Lo que ocurre en ese momento es exactamente lo que llamo estética de la plausibilidad: la imagen no necesita ser verdadera, sólo necesita parecerse a lo que el visitante espera que el pasado parezca. Y como el visitante confía en la institución que la exhibe, ni siquiera activa su juicio crítico. La plausibilidad de la imagen más la autoridad del museo producen una verdad histórica que no lo es, y el ciudadano sale de la sala convencido de haber visto algo que en realidad nunca existió. No es una exageración llamar a esto un engaño”.

Para la responsable del museo no es así para nada. Lo tiene muy claro: “¿Qué contrato social tengo yo con el público? Yo el que tengo es difundir los fondos que custodia la institución y, efectivamente, escribir las cosas para que se entiendan”. “Hemos invertido muchas horas, mucho trabajo y hemos estado haciéndolo con los pocos medios que tenemos lo mejor dentro de lo posible. Yo digo, y lo vuelvo a repetir, que la exposición es magnífica”, continuó después.

Tan claro dejó que ella defiende que tiene razón –y los críticos, no–, que remachó: “Para mí, lo que hemos hecho no merece reprobación ninguna”.

¿Y los ilustradores históricos, qué se hace con ellos?

Una ilustración histórica baratina puede venir a costar unos 250 euros –algunas de calidad superarán los 500 e incluso los mil euros para exposiciones de museos importantes como el Arqueológico Nacional–, pero para vestir una exposición de estas características puede bien bajar un poquín más el precio entregando por unos mil euros siete pequeñas obras que bien podrían haber explicado los objetos que se pueden ver en la exposición temporal de Cabezón de Pisuerga.

Sin embargo, la decisión de la dirección de la comisaria de la muestra (la persona encargada de elegir las piezas y a diseñar el espacio expositivo–, Consuelo Escribano, fue ahorrar dinero usando unas imágenes artificiales que muestran una cantidad de errores garrafales, según los expertos (como explican imagen a imagen al final del artículo), que podrían considerarse imperdonables en un templo del saber de estas características.

La responsable del museo defendió con vehemencia que esto no era así. “Yo te digo que como el dinero no me da para contratar a un ilustrador que ya me gustaría. O sea, ni el dinero ni el tiempo. Porque no tengo tiempo para estarme reuniendo con un ilustrador al que hay que darle la información que queremos trasladar. Cuando eso mismo me lo está haciendo una persona que ya se lo sabe todo y sabe lo que quiere conseguir, y va y lo consigue. Yo no creo que usar la IA así sea una mentira, porque en ningún caso se puede dar pie a que la gente piense que eso es una foto real del momento, vamos. Ya faltaría. La gente sabe diferenciar y nuestro público en general sabe distinguir una imagen de IA”.

La propia directora reconoce implícitamente que las ilustraciones históricas no son algo baladí y no son baratas precisamente debido no sólo a la mano del dibujante, sino al conocimiento aportado en ellas y, también, a las horas dedicadas a la composición del momento histórico que se quiere contar de forma rigurosa; lo que implica correcciones constantes. E incluso hasta rehacer entera la primera o segunda propuesta, al haberse encontrado un objeto en una excavación arqueológica que explica mejor el pasado que la elegida en primer lugar.

“Usamos inteligencia artificial como si dejo la vitrina en blanco. Peor hubiera sido porque no se hubieran entendido muchas cosas. ¿Entonces, qué tengo que hacer? ¿Meter unos textos de tres folios. Me niego a meter textos pudiendo utilizar una imagen. Que no tengo más recursos para dar de comer a los ilustradores, lo siento. Tampoco tengo para hacer una exposición, que ya me gustaría a mí. Yo vengo de una de una inauguración del Museo del Prado y no te puedes imaginar el dineral que se han gastado allí. Claro, la muestra ha quedado preciosa, no: lo siguiente. Pero ellos tienen medios... y nosotros no. Entonces, en la medida que nosotros podemos, hacemos”, alegó la responsable del centro expositivo.

Esta falta de dinero crónico supone que uso de la IA para mostrar la antigüedad provoque que se deje de contratar a personas formadas en la interpretación más rigurosa de la Historia, con lo que no sólo deriva en una clara injusticia sino que es altamente paradójico que lo haga un museo público financiado con dinero de todos. Lo que, de extenderse esta práctica, llevará a que directamente el ciudadano pierda posibilidades de contar con la mejor imagen de su pasado al provocar la desaparición de esta disciplina técnica.

Una nueva tecnología de la que habrá que aprender práctica y ética

La Inteligencia Artificial ha venido para quedarse. Los seres humanos la han creado a su imagen y semejanza –con todas las disquisiciones filosóficas que supone darse cuenta de esto, que están debatiéndose entre los expertos más avanzados–, y no van a dejar de usarla. Pero la cuestión es que es una herramienta peligrosa si no se sabe usar.

Va a ser necesario tener una disciplina para enseñar al público la forma de usar la IA para no hacer daño. No es algo nuevo. Cuando se creó el vehículo a motor de combustión no existía el código de circulación. Cuando fueron tantos que era muy peligroso conducir por los caminos y carreteras, se trabajó en Educación Vial. Muchos recordarán cómo de niños se les llevó a parques de tráfico con los karts y las bicicletas para conocer las señales de Tráfico. Pues lo mismo habrá de hacerse con la Inteligencia Artificial, y más en su uso por parte de instituciones y administraciones públicas: con transparencia (la que no ha habido aquí al negar el origen, en esencia la cita, de las imágenes expuestas a los espectadores), con normas éticas y cursos para su aplicación práctica.

Expuesto esto a la directora Villar, contestó: “Pues me vas a perdonar, para mí y para mi modo de ver –y los que pensamos como yo, que somos muchos más los que piensan distinto a estas personas que te han trasladado las críticas y que como nosotros han utilizado inteligencia artificial-, y también como aviso, la pienso seguir utilizando siempre que a mí me sirva para alguno de los fines que tiene este museo [...] y si les duele a los ilustradores, pues que vengan a ofrecer sus servicios a cambio de nada. Que no, porque la gente tiene que cobrar por su trabajo. Como no les voy a poder pagar, pues tendré que hacer las cosas en la medida que pueda, lo mejor dentro de lo posible. Y para mí estas imágenes de inteligencia artificial son más que válidas. No entiendo porque nadie se tiene que sentir ofendido, porque además no tenemos ni los museos, ni archivos, ni bibliotecas, ni ninguna institución cultural, ninguna obligación de que tengan que ser realizadas las imágenes que se exhiben por ilustradores”.

Para los expertos en estudiar las consecuencias inesperadas del uso de la IA en el sector cultural, “el problema viene más de concebir el aparato gráfico de una exposición como un mero adorno, y no como una parte fundamental de la misma”. Esto es un problema serio que descompensa el resultado de una muestra de este tipo, que no se cuide cada elemento como científico o riguroso, pudiendo llegar a arruinar el esfuerzo del 99% de la exposición por una polémica que se desvía de lo que el museo pretendía, manchando con la sombra de la mentira y la falsedad el trabajo realiado.

De hecho, la propia directora del Museo de Valladolid confesaba a este redactor durante la conversación en la que con insistencia justificaba el uso de la IA sin avisar, que le resultaba “muy triste” que “una exposición como esta tan importante para Cabezón de Pisuerga se vaya a conocer por una polémica que no va a ninguna parte, porque no es tan preocupante el uso de la IA, ya que lo ha hecho una experta en el tema”.

Conclusiones muy pesimistas de cara al futuro

Para Alberto Venegas, la conclusión ante este futuro que nos alcanza con estas prácticas es clara: “Quizás no haya mala fe, pero la ausencia de mala fe no exime de responsabilidad epistémica. El pasado sintético no necesita de actores malintencionados para proliferar, le basta con la inercia, la comodidad y la falta de criterio”.

“Si se oculta la 'autoría', por mucho que las imágenes generadas por IAs sean, por el momento, muy reconocibles, desde luego se está omitiendo información clave para el ciudadano. Especialmente en la situación actual, donde estos avances tecnológicos amenazan seriamente decenas de oficios y millones de puestos de trabajo, no es de recibo que no se indique con claridad”, impugna también el trabajo de comisariado de esta exposición Miguel Ángel Cajigal El Barroquista.

La elección de la comisaria de la exposición, Consuelo Escribano, de sacar las imágenes IA “durante horas” (según la directora del museo), pero ignorar su rigurosidad; el no mostrar al público la naturaleza de unas ilustraciones que no tienen autor y que, en esencia, son falsarias –y la poco estimulante práctica de dejar claro a quienes critican el uso de inteligencia artificial en la exposición que trabaja en Patrimonio en la Junta de Castilla y León–, no parece haber sido precisamente el mejor camino para diseñar una exposición de estas características. Pero para Alicia Villar esto es “sacar los pies del tiesto y cogérsela con papel de fumar. Es absurdo atacar a unas imágenes que según las ves son explicativas de lo que queremos mostrar y nada más, sin más pretensión”. “Pero darle el giro de tuerca para hacernos los ofendiditos porque claro, usan la inteligencia artificial, no. Pues claro que usamos inteligencia artificial. ¿Y por qué no?”, mantuvo encastillada.

En realidad toda esta defensa numantina (o cabezona, por lo de la localidad de la exposición), que sólo al enterarse el visitante que no le han dicho que era IA queda bastante poco contundente, puede que esté mostrando un problema mucho mayor.

Que un museo esté defendiendo sin reconocer ningún error que puede estar usando mal esta herramienta de 'tontuna automática' (las imágenes se generan por procesos estocásticos de probabilidad, dependiendo de qué información se le haya dado a la IA) sin pensar en las consecuencias éticas de su uso, es preocupante por la falta de prudencia ante una tecnología tan novedosa de la que no se conoce su interior y sus algoritmos de control. Y también es inquietante ver que se muestra ignorante de lo que ocurre cuando se usa una inteligencia artificial, que es absolutamente incontrolable con un mero prompt (y que al final para que tenga calidad el resultado se terminan trabajando más horas todavía que hacerlo un ser humano desde el princpio), y que falla a la hora de reflejar fielmente la Antigüedad.

Ojalá el Museo de Valladolid tome nota y mejore en sus prácticas para no perjudicar a los ilustradores, al rigor científico y no engañar al ciudadano, aunque no tuvieran intención a priori (o ni siquiera lo consideraran porque pensaron que sería algo anecdótico) de generar este problema en medio de la gran polémica ética que desde hace unos años se observa claramente en los concursos de los carteles de los ayuntamientos. Ahora ha llegado a los museos, y en esto el de Valladolid se ha convertido, desgraciadamente, en pionero por una muy criticable elección de representar la Historia.

Cosa que (reiteradamente) no comparte para nada la directora del mismo:  “¿No me critican el uso de una música que no tiene que ver con las épocas, por ejemplo? Pues me podrán criticar lo de el uso de inteligencia artificial. Pero en lo que es el conjunto de la exposición no representa, ni un dos por ciento del esfuerzo que hemos realizado. ¿Quien vaya a ver la exposición por libre sale sabiendo la historia de Cabezón, no? Pues está el objetivo conseguido. Le duela a quien le duela”, remachó.

La discusión sobre el uso de la IA –con las amenazas no sólo de reescribir la Historia, sino el presente con los Deepfake y la manipulación de la información– se va a volver cada vez más elevada, con los propios creadores de la IA alertando de sus peligros y debatiendo las consecuencias de que los seres humanos vivan en un mundo cada vez más irreal; incluso más inaprensible de lo que lo era a primeros del siglo XXI. Las posturas respecto al uso de la IA en los museos parecen presagiar momentos muy pesimistas, si los gerentes de estos centros ven en general las cosas tal y como ha defendido la del de Valladolid.

Por que lo que aquí realmente ocurre, y será un problema enorme de cara al futuro, es que donde no habita el pasado... es precisamente en la IA.