Las tormentas veraniegas dejan riadas de barro, cenizas y madera en los pueblos de León afectados por los incendios un año después
Casi un año después de los gravísimos incendios forestales del verano de 2025 en la provincia de León, las consecuencias todavía siguen llegando. Las primeras tormentas veraniegas han dejado una nueva factura en algunos de los territorios que ardieron: riadas de barro, cenizas, troncos quemados y piedras que han acabado en arroyos y ríos, provocando desbordamientos, inundaciones y graves daños en carreteras, playas fluviales e infraestructuras de distintos puntos de la geografía leonesa.
La imagen más impactante se ha vivido esta semana en el Valle de Fornela. La tormenta ni siquiera descargó sobre el pueblo de Faro. Lo hizo monte arriba, precisamente en una de las zonas que ardieron el verano pasado. En apenas unos minutos cayó tal cantidad de agua que arrastró consigo la madera quemada, ramas, tierra y piedras del territorio.
Todo ese material acabó en uno de los pequeños ríos que atraviesa el valle. El cauce creció de forma tan súbita y con una violencia inusitada que arrancó parte de un puente, socavó la carretera LE-4212 y dejó la vía cubierta por una amalgama de troncos, barro y escombros que dejó incomunicado el valle y todos sus pueblos durante un día completo.
“Era impresionante. Me recordaba a las imágenes de la dana. Se lo ha llevado todo. Si llegamos a tener un pueblo en medio, se lo habría llevado por delante también”, relataba la alcaldesa de Peranzanes, Henar García, todavía impresionada por la magnitud del episodio.
Pero la riada no se detuvo en Fornela. El agua cargada de troncos, ramas, ceniza y lodo continuó su camino río abajo, dejando un reguero de daños y obligando a varios Ayuntamientos a actuar a contrarreloj.
En Bárcena de la Abadía, en el municipio de Fabero, la fuerza de la corriente arrancó las compuertas de la zona de baño, unas enormes placas de hierro diseñadas precisamente para retener el agua y convertir el río en una playa fluvial. Nadie sabe todavía dónde han terminado. “Pesan una barbaridad, pero igual van ya camino de Cacabelos”, explica todavía asombrada la alcaldesa, Mari Paz Martínez.
Las estructuras que sujetaban esas compuertas también han quedado destrozadas. El río ha dejado tras de sí enormes acumulaciones de troncos y lodo cuyo tamaño obliga ya a pensar en maquinaria especial para retirarlos. “La dimensión de los troncos que hay es exagerada. Va a tener que venir una pluma especial para sacarlos por el peso que tienen. Se necesita un trabajo especial. Son inmensos”, señala la regidora.
El agua sigue bajando completamente negra. “El agua baja negra negra y no es por el carbón”, resume la alcaldesa de Fabero. El color lo aportan la ceniza, la tierra removida y la madera quemada que la tormenta arrancó de las laderas incendiadas. “Tardará tiempo en recuperar el color transparente y es por culpa de los incendios: el barro, la leña, los troncos... Las imágenes son espantosas, ponen los pelos de punta”.
La escena pudo haber tenido consecuencias mucho peores. Según vecinos del pueblo, unos niños decidieron salir de la playa fluvial cuando el agua comenzó a bajar revuelta. Apenas unos minutos después llegaron los troncos y el lodo con un caudal nunca antes visto. “Suerte tuvimos, porque fue muy de repente”, explica Martínez. En otro punto del río había más personas. “Me contaban que las imágenes les recordaban al camping de Biescas, se llevaba todo lo que pillaba”. Finalmente, no hubo daños personales, aunque sí cuantiosas pérdidas materiales.
En Vega de Espinareda el aviso llegó a tiempo. Desde Fornela se alertó de lo que estaba bajando por el río y el Ayuntamiento consiguió retirar una de las compuertas de su playa fluvial antes de que la corriente la arrancase también. “Menos mal que nos avisaron. Conseguimos quitar una compuerta entera y libró un poco la situación de que no se nos arrancaran, como pasó en Bárcena”, explica el alcalde, Javier Salgado.
Lo que llegó al municipio berciano era difícil de describir. “Fue una locura. Todo lleno de barro, de árboles, de todo, en poco tiempo. Tenemos mucho trabajo para muchos días”. El agua alcanzó un nivel extraordinario y acabó saliendo por encima del césped de la playa fluvial. “Tenemos días de barro. Bajaba el agua como chocolate”, resume el regidor.
La preocupación, además, va mucho más allá de esta tormenta. “No se ha hecho nada en el monte. No se ha estabilizado. Cada vez que haya tormenta, nos volverá a pasar”. Por eso, en cuanto vio el tapón de árboles arrancados y arrastrados y el nivel que estaba alcanzando el río, Salgado telefoneó también a la alcaldesa de Cacabelos para ponerla sobre aviso de lo que se dirigía hacia el municipio.
“Los incendios forestales duran mucho tiempo y la Junta no ha hecho nada. El verano pasado fue complicado y este verano va a serlo igual, aunque por motivos diferentes”, reflexiona el alcalde de Vega de Espinareda. Su temor es que las imágenes de estos días no sean una excepción. “Veremos cómo nos ponemos a la tarea, pero cada vez que haya tormenta vamos a tener un problema. Mira lo que pasa en Peñalba (Ponferrada) desde el incendio de 2017 cada vez que llueve mucho... Aquí va a pasar lo mismo”.
Esta situación no ha sido una excepción del río Cúa. Las tormentas también han caído en otras zonas de la provincia gravemente afectadas por los incendios del verano pasado y las imágenes empiezan a ser similares. Este jueves han circulado por las redes sociales imágenes difundidas por la asociación conservacionista Tyto Alba que muestran cauces completamente oscurecidos en la despoblada y arrasada comarca de Cabrera.
En el entorno del Teleno, los ríos entre Filiel y Boisán y el de Molinaferrera se han teñido también de negro por los restos arrastrados desde los montes quemados.
La misma situación se ha observado en Oencia, otra de las zonas devastadas por las llamas del pasado verano, con pueblos como Lusío completamente destrozados. Las imágenes muestran cómo las tormentas están arrastrando la ceniza, la tierra y la madera calcinada que permanecen en las laderas y transportándolas río abajo, alterando por completo el aspecto habitual de los cauces.
Molinaseca ha sido otra de las localidades que el pasado verano vio la peor cara de los incendios forestales cuya gestión correspondía al entonces Consejero leonés de Medio Ambiente, Juan Carlos Suárez Quiñones, presidente de la gestora del PP provincial, partido del regidor Alfonso Arias. Las imágenes difundidas por el propio Ayuntamiento muestran un río completamente ennegrecido y convertido en un torrente que arrastra grandes cantidades de material.
Alfonso Arias atribuye la situación a “los arrastres de las tormentas” y reconoce que “va a ser muy complicado embalsar la piscina fluvial debido a los arrastres de las tormentas”. En su municipio se han repetido las imágenes y consecuencias de los territorios arrasados por las llamas y que vuelven a poner de manifiesto que los grandes incendios no terminan cuando se extinguen, sino que siguen dejando nuevas secuelas meses después sobre el terreno.
Pero, por si fuera poco, los efectos de los incendios un año después empiezan a afectar también al patrimonio y al turismo. En Ponferrada, el Ayuntamiento se ha visto obligado a cerrar temporalmente la Herrería de Compludo después de que las recientes tormentas arrastrasen gran cantidad de material hasta los canales y conductos que abastecen el monumento. Durante este jueves y viernes se realizarán labores de limpieza y puesta a punto para evitar daños en el histórico mecanismo hidráulico y garantizar su correcto funcionamiento, con la previsión de reabrir el próximo sábado, según el Consistorio.
La frase más escuchada estos días empieza a ser que “los grandes incendios no terminan cuando se apagan”. El verano pasado las llamas arrasaron más de 130.000 hectáreas de la provincia de León y se cobraron la vida de cuatro personas. Casi un año después, los ríos bajan negros, las playas fluviales sufren daños, un valle entero ha quedado incomunicado y hasta el patrimonio empieza a verse afectado. Y, en la provincia, el mayor miedo es que estas no sean las últimas secuelas del fuego.