Vengo del futuro

Aquí se nota menos. Los bares siguen llenos porque si tú no puedes pagar algún colega te invita, o si no tu madre, tu tío, o la vecina que pase por allí. Pero hay escasez. El precio de los combustibles sigue subiendo, impactando en todo lo demás. En Argentina le llaman inflación, en España ya no nos acordamos de qué era eso pero estamos empezando a notarlo fuerte. El problema es que frente a la inflación aparecen sutiles artimañas: los comercios que suben precios, por las dudas, la falta de experiencia de quien siempre tuvo dinero en el banco y no se puso a pensar qué aquello perdía valor cada cinco minutos, la sorpresa ante salarios que no aumentan nunca lo suficiente para llegar a cubrir los gastos que antes eran comunes. 

Viví casi una década en Argentina, un país que tras años de desencanto, terminó votando una opción monstruosa que representaba un sentir general: una sociedad harta, con ganas de romperlo todo. Milei llegó al poder haciendo gala de unas patillas rabiosas, una chaqueta de cuero y una motosierra enlazada en un grito de rabia. Así se sentían muchos, incluso los que nunca en su sano juicio hubiesen votado algo así. Pero lo hicieron. Y no votaban a Milei, en realidad: votaban a cualquiera que quitase de en medio lo que sentían que tanto les dañaba. Llegado el milagro de ojos azules a la Casa Rosada no solo no cambió nada sino que empeoró. 

En España estamos a punto de asomarnos a las urnas y no sabemos qué pasará. Es duro saber que muchos no nos sentimos representados por ninguna opción política pero más tétrico es pensar que no hay opción buena en este contexto. Hace tiempo que el sistema no funciona. Ni el social ni el de los propios partidos políticos, representantes, al fin y al cabo, de una sociedad también en decadencia. Los jóvenes saben ya que su futuro es negro como la boca de una cueva, los mayores lamentan no haber visto venir el huracán mientras disfrutan de las últimas pensiones que valdrán la pena. Los hospitales se desbordan y los seguros privados prometen un paraíso siniestro que no existe pero que reluce como oro en los anuncios profilácticos en que los médicos son más guapos que tu último empaste pero no te salvarán cuando no puedas pagar lo que cuesta realmente un tratamiento oncológico, por ejemplo, a cualquier operación complicada. La educación llora salarios que no alcanzan y centros que se resquebrajan: en Francia, esa espita es justo la que encendió la última llama. Tradición gala la de unir estudiantes y lucha obrera, desde el 68 hasta aquí. Pero de aquellos barros, estos lodos. No son unos u otros, es un sistema que se desangra.

Hay otro mundo posible, por supuesto, pero tiene las horas contadas. En él amanece más pronto y hay que sudar mucho más fuera del gimnasio que dentro. La tierra sigue siendo la única respuesta, pero hace demasiado tiempo que olvidamos de dónde venimos y para qué trabajamos: venimos de un surco en la tierra y la única razón por la que nos sometemos a una jornada laboral es asegurarnos el garbanzo y el techo. Sin eso, nada hay. Sin embargo, las protestas se sustentan hoy en una falacia: reparar, parchear un sistema que no da más de sí. Benditos los que aún saben de dónde sacarán el trigo y la leche cuando ya no haya en las estanterías de los supermercados que tanto brillan en las retinas de los inocentes.