Usted no tiene preferencia
Hace algunos años, en numerosas rotondas andaluzas, destacaba una señal que indicaba lo mismo que el título de este artículo, es decir, indicaba que la preferencia era la de otros viandantes. Con el paso del tiempo tengo la impresión de que lo que antes parecía restringido y hasta anecdótico en las rotondas de una parte de España, se va haciendo extensible a otros ámbitos de la vida cotidiana del país entero.
Un recorte de las libertades de la ciudadanía ha sido la peste que se ha implantado a raíz de la pandemia del COVID. Por la gracia de nuestros mandatarios se ha implantado la moda de la atención al público mediante cita previa, tanto en las entidades privadas como en la Administración Pública. De siempre hubo citas para ser atendido en lugares como en las clínicas de los dentistas, médicos privados, Agencia tributaria para hacer la declaración del IRPF, salones de estética, o incluso las entrevistas con personalidades con cargos públicos que no tienen entre sus cometidos –lo que es mucho decir– la atención continuada al ciudadano.
Tras la implantación por parte de la Administración de esta nueva moda no pocas entidades, públicas y privadas, se han acogido a esta nueva modalidad. Para más inri, una peste adicional se ha venido a sumar a este despropósito: pedir las citas por teléfono. ¡Ojo! Me refiero al móvil, el fijo ya es una antigualla prácticamente inservible, una reminiscencia del pasado. Estas modernidades tienen serios inconvenientes, ni que decir tiene que nos ponemos a la altura de otros países de nuestro entorno europeo, pero sucede que en algunos lugares no hay cobertura y eso obliga a desplazarse, pero sucede que para muchas personas mayores, a las que no se tuvo la delicadeza de instruirlas en el uso de las nuevas tecnologías, la brecha generacional es insalvable, además de ser una inmoralidad de gerifaltes sin escrúpulos.
Pero con ser este ejemplo, digamos un tanto reciente, no por ello deja de haber algunos antecedentes de similar catadura. Pongamos el cambio de hora que venimos padeciendo desde nuestra integración en la Comunidad Europea. No conozco un alma que no esté hasta el alma de los indignantes cambios de hora. Para justificar este despelote se han argüido las más peregrinas razones, la mayor de las cuales es el ahorro energético. Dicho de otro modo, Europa entera está hasta el moño, pero eso no promueve rectificación alguna en los dirigentes europeos que se muestran autistas ante el hartazgo popular.
En este apartado conviene hacer algunas precisiones. La España de posguerra modificó la hora para asemejarse al horario de la Alemania nazi –los portugueses, con mejor criterio, siguen manteniendo la que tenían– y en Canarias van con ese mismo horario. Lo del ahorro energético es un insulto a la inteligencia. Las luces de Navidad no paran mientes en triturar todo el ahorro de un año, y sólo sirven para lucimiento, nunca mejor dicho, de la megalomanía de algunos de nuestros iluminados políticos. En invierno, el cambio de hora en latitudes más occidentales, obliga a levantarse de noche –incluso las criaturas– y un gasto adicional de luz, en casa y en el trabajo. Las señoras que asoman en manga sisa en pleno invierno en nuestras pantallas de televisión, también contribuyen lo suyo a que sea poco creíble esto del ahorro. Nadie se engañe, este horario está ideado para Centroeuropa, no para nosotros.
Pero hay muchos más ejemplos. La imposición de algunas novedades como la baliza V16, de uso exclusivamente en España, es otro ejemplo que causa rechazo incluso entre los más proclives a ofrecer su cuello al verdugo. Hasta los más crédulos no ven esta disposición más que el deseo de hacer caja y causar incomodidades al ciudadano medio. En este mismo campo se podría encuadrar la peste de zonas azules en las ciudades. Todos entendemos que se han de respetar y compartir las plazas de aparcamiento donde existe alta demanda, pero la avidez recaudatoria no parece conocer límites y sólo a ello obedecen muchas restricciones.
El civismo de la ciudadanía española
La ciudadanía, muy por encima de la clase política que la representa –principalmente por derivarse a esta actividad aquellos que carecen de cualidades y de interés por sus votantes– demuestra mayor civismo. Recién instalados los contenedores de reciclaje de residuos urbanos, fue y es fácil verlos abarrotados de cartón, vidrio (etcétera) que a veces se acumulan al pie de los recipientes instalados a tal fin. De los resultados del reciclado poco se sabe, pero no sería de extrañar que nuestros representantes políticos hagan el agosto a su cuenta.
En los ríos, con la pesca deportiva, pasa algo parecido. Si se dispone de caudales hay cotos vedados incluso a los que ven discurrir las aguas bajo su ventana sin poder poner en práctica sus habilidades. Para ellos sólo queda la pesca sin muerte. En el mar, el pescador deportivo, ahora ha de notificar la salida, cada captura, talla, devolución al mar y hora de regreso. Tal cosa se está queriendo aplicar a la flota pesquera, lo que acarrearía gastos inasumibles.
En la caza sucede algo similar, sicotécnicos para obtener el permiso de armas, seguros de cazador, identificación de los perros de caza, precintos de caza mayor y un sinfín de obligaciones. Todo ello razonable. Lo que ya no es razonable es que, si se quiere proteger la fauna silvestre, es autorizar auténticas escabechinas con los ojeos de perdiz, descastes de conejos en lugares donde se normalmente se restringe su caza y matanzas indiscriminadas de jabalíes, venados y otros piezas de caza mayor, siempre que se realice en fincas de personas influyentes o que se generen ingresos interesantes para la Consejería del ramo.
Insisto en que a poco que se hurgue, los ejemplos darían para escribir un libro pero yo, fiel a mis ‘indignos principios de leonés’ también quiero romper una lanza por mi tierra y así puedo anotar que nosotros no tenemos preferencia, ni siquiera derechos sobre nuestras aguas, sobre nuestras tierras, sobre nuestra economía, sobre nuestra sanidad, sobre nuestra historia o a nuestros derechos constitucionales. A decir verdad el leonés no tiene preferencia sobre nada, sólo tiene el derecho de hacer lo que la Junta de Castilla y León le ordene. Por eso hay tantos leoneses que aplauden con las orejas al sentirse ‘nobles brutos’ tirando del yugo castellanoleonés. Eso sí, a condición de que nunca les falte forraje en el pesebre.
Tomás Juan Mata pertenece a Urbicum Flumen, la Asociación Iniciativa Vía de la Plata