Supina cortedad

De la soledad reflexiva de mi anterior buhardilla salió una crítica hacia el presidente del PP, Alberto Núñez Feijoó, por la descalificación insultante hacia el padre de un adversario, convertido, por la violencia dialéctica del hemiciclo, en enemigo a abatir. Ya dije lo que tenía que decir. Me hubiera gustado cambiar el paso en los comentarios respecto al personaje que salen de esta nueva buhardilla de mi ático pensante.

Pero ha vuelto a la carga. Ahora, con la ofensa a la razón que es inherente a las políticas de protección a los más desfavorecidos. Marca indeleble de su partido y de sus nuevas/viejas amistades peligrosas es que el desafortunado lo es porque quiere serlo. Para ellos, el azar es cuestión de voluntarismo. Cómo se nota que él y sus conmilitones viven con el riñón bien resguardado en buena parte por el dinero del contribuyente. Recordemos que las pensiones y demás bicocas recolectadas tras su actividad no son fruslerías, por cierto, sufragadas por la hucha colectiva.

Núñez Feijoó ha anunciado que en su futuro gobierno, que las encuestas y él dan por hecho, los trabajadores con baja por enfermedad no cobrarán su sueldo mensual completo. Tiene la varita mágica contra el absentismo y la enarbola con orgullo confundido en soberbia ¿Quién o qué le ha inducido a identificar vagancia y picaresca con pérdida de salud? Solo alguien con inusitado desconcierto por chirridos de motosierras lejanas puede sacar de su magín propuestas como esta. ¿Alguien puede creer que un trabajador aquejado de enfermedad con peligro evidente de muerte o incapacidad permanente, se sienta feliz por no ir a trabajar? Este líder tiene las papeletas para ser el árbitro de derechos y obligaciones ciudadanas. Tiritona produce.

No hay un mínimo de piedad hacia personas que se han dejado en el camino profesional el bien más preciado de la existencia: la salud. A la angustia de perderla, con intervención, siempre, de los caprichos del destino, nunca por la especulación del escaqueo, Feijoó, por arte de su incontinente estado de sospecha hacia lo que escape al control de la matemática lucrativa empresarial, añade el sadismo del sufrimiento de pérdida de poder adquisitivo a enfermos, que, salvo disfunciones psíquicas que escapan a la lógica, quieren serlo para no ir a la oficina.

De un plumazo, el líder de la oposición, empalagado en la justicia y legitimidad providencial e inapelable de su casta por ocupar los palacios y sillones presidenciales, ha cuestionado los mecanismos de los sistemas de control de la salud laboral de la Seguridad Social y de las mutualidades profesionales, gestionados por profesionales competentes que tienen la atribución, se supone, como el valor en la mili, de visar las bajas de actividad con criterios objetivos. Lo hace con el aspersor de la desconfianza a todo y por todo, que entiende como inagotable captación de votos.

Los trabajadores de la política

Y esto sale de boca de un trabajador, sí, porque un político es un trabajador, incluso con la aureola institucional que otorga el liderazgo de la oposición que, en la prestación de ese trabajo en su foro, el Parlamento y el escaño, el ciudadano lo ve batiendo el cobre de higos a brevas. ¿Cuánto se van a descontar de su sueldo parlamentario, él y otras señorías, por sus ausencias? Ese no estar en el puesto, bajo su parámetro, es también ¿absentismo?

He sido testigo de la vida parlamentaria, de plenos vacíos que se llenaban a la hora de votar. Nadie asoció esa mecánica a absentismos. Aquellos debates eran cosa de unos pocos expertos en las distintas materias legislativas, mientras la masa de los grupos parlamentarios operaba en sus despachos en diferentes comisiones o trabajos. ¿Si es exigible la comprensión para esa operatividad, por qué el señor Feijoó la pone en entredicho en la cotidianidad de los españoles?

He aquí un apóstol del ver para creer. Si no vas a trabajar es porque eres un vago, en única clave de silogismo. Flotando queda la cortedad de miras de un razonamiento en estado de permanente sospecha para todo lo que implique un atisbo de justicia social. Si no sabe expresarse desde la prédica, pavor da cuando toque oírlo desde las dádivas del trigo con esta y otras tarjetas de presentación.

Alberto Núñez Feijoó derrapa con frecuencia en su dialéctica. Ello obedece a un discurso obsesionado con el monotema de doble vía entre la dimisión del presidente del Gobierno y la convocatoria anticipada de elecciones. Empezó la legislatura con un sublime error de concepto, con una mentira de autoconsuelo por una victoria sin los laureles del poder. Pedro Sánchez era un usurpador. Olvidó, o no quiso saber, que las elecciones generales en España son al poder Legislativo y no al Ejecutivo, y es aquél el que designa al cabeza de gobierno. A su Leviatán le salieron las cuentas; a él, no. Ha sido incapaz de asimilarlo.

No ha dejado de ser, desde entonces, un político atenazado por una trola que ha transformado en axioma. Solo un verbo: dimitir. Así, tres años. Cuando cambia el paso, aparece la cortedad argumental. Falta de entrenamiento en el debate imaginativo y la consecuencia inmediata: agujetas mentales.