Lazo negro

Una campaña preelectoral y, a continuación, la electoral, con el lazo negro de un luto nacional, es una pésima mezcla. El uno desnaturaliza a la otra. La campaña estará marcada por la desgracia, y los traficantes de la mercancía, ya afilan los cuchillos con los que sacar tajada. El luto, será dolor, quizá sincero, las veinticuatro primeras horas del mazazo. Al segundo día, pasará a las cábalas del trasiego o quita y pon de los votos. Se mire por donde se mire, a un mes de elecciones generales, las emociones trucadas arrasarán a las razones de la decisión ponderada del votante. La que nos espera.

En solo dos años, este país ha asistido a catástrofes como la dana de Valencia, y los accidentes ferroviarios en la línea de Alta Velocidad Madrid-Sevilla de Adamuz y el reciente entre las localidades toledanas de Urda y Los Yébenes. Este trío de desgracias han sumado más de trescientos treinta muertos en lo tangible, e incalculables daños morales y psicológicos a los familiares de estas víctimas en lo intangible, pero de una realidad incuestionable. 

La peor miseria que ha acompañado a cada cataclismo no ha sido solo la desgracia en sí misma, sino la reacción de las dirigencias políticas de escurrir el bulto, o sacarle provecho a las expectativas de poder. En Valencia, durante lo peor de la dana, el general en jefe del territorio no estuvo en su puesto de mando. Conclusión: deserción. Pero los suyos lo arroparon en una incomprensible demostración de solidaridad corporativa. En Adamuz, se amagó con idéntica estrategia, pero la buena razón de las administraciones central y autonómica y el precedente anterior, forzaron la cordura de la colaboración como silenciador de las berreas puestas en marcha. Ahora, entre Urda y Los Yébenes, se cuecen las estrategias, no para aliviar el duelo de los damnificados, sino para rebañar votos para la causa con la urgencia de un mes a la vista. 

Hay responsabilidades, ineludible, y se tienen que aclarar hasta el máximo donde se pueda llegar. Y si han de caer cabezas, incluso provocar crisis gubernamentales, que así sea. Pero no, con los cadáveres aún en caliente, los aprendices de brujo de las nuevas tribus digitales quieren hacer rodar cabezas a toda prisa, porque, ahora, el escenario es una carrera contra el reloj de las urnas. Aquí yace el rigor de una buena investigación para que campen por sus irrespetos, las premuras y las prisas de la puñalada mortal al enemigo electoral. 

En la multitud de debates que han seguido a la tragedia repetida entre trenes AVE e Yrio, un elemento común de coincidencia, el de los técnicos e ingenieros, el de los que aportan porque pueden hacerlo, conocimientos de causa al despeje de incógnitas de tan enrevesada ecuación compuesta. La unanimidad de opiniones avanza que el estudio de una casuística tan complicada no se puede solventar para que llegue en su punto perfecto de cocción y a conveniencia de partes a la campaña electoral y, desde ahí, disparar a discreción contra el encausado. Se necesitarán meses, posiblemente años, para sacar conclusiones rigurosas. La paciencia es enemiga acérrima del mensaje feble de las redes sociales y de los memes.

Política y ciudadanía

Los políticos, pues, a lo suyo. A seguir en el dial dispar de la onda de los ciudadanos. Eleva el ánimo ver a esa amalgama que llamamos gente, moverse en el todos a una del auxilio a los damnificados. Ese es el espejo en el que ha de mirarse la dirigencia. Ayudaron a sus semejantes sin pedir o intuir militancias o ideologías. Lo necesitaban y ahí estaban. Las fuerzas de seguridad (policías nacional y local, Guardia Civil), la milicia reconvertida en servicio altruista, dejando en el olvido tiempos de ejército de ocupación. Los sanitarios, irreductibles en las asistencias de primera línea. Los voluntarios, jóvenes, maduros y mayores, poniendo su generosidad sin factura a las órdenes de la solidaridad y la compasión hacia el sufriente. 

Y esto es una rutina, y como rutina, nos pasa desapercibida. La calle, un imponente escenario de la vida. La palabra amable de un semejante, devuelta con una sonrisa. El buen día que te desea una dependienta en la cola del supermercado y que se contesta con el mismo sincero afán. La conversación intrascendente con el taxista, harto de su tedio en el cerrado habitáculo de su vehículo. La atención cariñosa en la vía pública a la anciana que se ha mareado o caído, con compromiso irrenunciable de compañía hasta que llega la ambulancia del Samur. Esta es la crónica diaria de una sociedad ignorada por los líderes de la política apresados en su despreciable endogamia. Todas nuestras horas están llenas de amabilidad que se ensucia cuando se adentra en el mitin o en el parlamento.

El lazo negro de condolencia por las víctimas del accidente ferroviario ha sido la espontaneidad de ese pueblo que sabe y quiere estar con los suyos cuando vienen mal dadas. Que hace dolor verdadero de la muerte trágica de un semejante. En manos de los candidatos a estas elecciones será la piedra arrojadiza para las cuentas farisaicas en el debe y en el haber de sus cómputos en las urnas. Que a la hora de votar se examine, al margen de la ideología o el programa (si lo hay), la bondad o maldad de sus procederes y palabras.