Las revoluciones no son para viejos
En 1968 cumplí catorce años. Una adolescencia que abría los ojos al mundo. Y no faltaban puntos de conexión. Fue un año intenso: guerra de Vietnam en el apogeo de su absurdo; mayo francés y su karma de la imaginación al poder; revuelta de Praga y el zarandeo a las tiranías de progresismo hipócrita; masacre de Tlatelolco, en México DF, con el reguero de más de trescientos estudiantes muertos y millares de heridos por la acción salvaje de la policía. Una locura que analicé con el bagaje de los pocos años y un montón de ilusiones.
Mi nieto con los mismos catorce años que tenía su abuelo en aquel 68 de las utopías juveniles frente a los excesos del poder, asiste a otro bucle de la historia que empieza a parecerse a esa época de revoluciones y rebeldías. Me habla de los acontecimientos que percibe en un mundo, otra vez, patas arriba. Lo hace, desde luego, con la visión candorosa de un adolescente, pero a diferencia de mí, con la conformidad de que las puertas del futuro se han cerrado para ellos de forma inexorable. Y, paradoja, ese conato de resignación, ha sido detonante de lo que empieza a pasar.
Cincuenta y ocho años entre 1968 y 2026 es un tiempo que, traducido en términos de era, equivale a minutos en el reloj de la historia, en su equiparación con el tiempo real, pero es un periodo largo en cuanto a los biorritmos humanos. Nos separan solo dos generaciones. Los ciclos son veleidosos en las cronologías.
Los jóvenes vuelven a movilizarse. Solo ellos pueden hacerlo contra las mitologías de los poderosos instaladas en las conciencias sociales desde hace décadas, a través de las falsas seguridades que ofrecen sus dogmas inoculados con la jeringuilla del miedo a su poder. Del todo anómalo era que el corazón rebelde de una sociedad residiera en los viejos roqueros baqueteados en guerras y dictaduras, que no pasaban por el aro de minorar los derechos adquiridos, y bien ganados, con sus aportaciones al sistema públicos de pensiones.
Comparación entre épocas
En este nuevo periodo de algarabías ya se buscan comparaciones con los sucesos de aquel 1968 en el que juventudes de muchos países propugnaron abrazar las olvidadas libertad y dignidad. Aún es pronto para separar las coincidencias y discrepancias de las dos rebeliones.
Está pasando en Francia. La chispa ha sido el modelo educacional. La diferencia es que en aquel lejano mayo prendió entre una élite estudiantil que imaginaba que debajo de los adoquines (arma arrojadiza contra las cargas represivas, al igual que en La Comuna de 1870) estaba la playa. Hoy la agarradera es el abandono total de la enseñanza media pública, los institutos o liceos, protagonizada por adolescentes de no más de dieciséis años, apoyados por docentes, incluso padres, posiblemente como redención de los silencios y reverencias al poder con los que saldaron sus desobediencias juveniles.
La francesa es la sociedad civil más concienciada del mundo y no ha dejado solos a estos chavales. Los famosos chalecos amarillos enganchan a este movimiento sus reclamaciones de movilidad mecánica accesible en la periferia del país, inmovilizada por el continuo encarecimiento de los carburantes. Ya se está elaborando un magma reivindicativo que puede llegar a ser un saco sin fondo.
Está pasando en España, donde la vivienda, por su inaccesibilidad a importantes capas poblacionales, se convierte en la imposible playa bajo los adoquines. Ha prendido la mecha una anciana de 87 años, desahuciada de su residencia durante siete décadas, por una operación inmobiliaria especulativa. La respuesta popular ha vuelto a llevar a la juventud, hasta entonces adormecida, a la acampada en la Puerta del Sol, de Madrid, que se convirtió en emblema de la protesta social como sede fundadora del movimiento 15-M, para alertar de los abusos en marcha a raíz de la Gran Depresión de 2008. Se reproduce la necesidad comparativa entre ambas acciones.
De lo que no cabe duda es que la avaricia de los poderosos ha sido el cebo de este explosivo. No han cejado en la demostración chabacana y ostentosa de sus amistades millonarias pisoteando los derechos ciudadanos tratándolos como mercancías adquiribles con sus fortunas. Abrazan una dictadura de mercado, como otras avaricias idolatraron la dictadura del proletariado. Ésta, está hoy en el cubo de la basura de la historia. Aquélla terminó en el mismo sitio en su primer capítulo del capitalismo de sangre del siglo XIX. Ha revivido, para desgracia, aupada por los totalitarismos políticos de todo tiempo, ahora rejuvenecidos y acreditados por los sinsentidos de las democracias dopadas. Estos vampiros ya no mercadean ni juegan a la política en el tablero de calles del Monopoly, hacen negocios y política, en difusa mezcla, sobre el tapete que dibuja el globo terráqueo.
Recuerdo las cínicas miradas de algunos contertulios hace años cuando exponía que mucho cuidado con los abusos de poder. Las explosiones de las masas son más destructivas que la dinamita. Son como las marabuntas: se lo llevan todo por delante, incluso las huchas más llenas. Francia, Rusia, rodaron hasta cabezas coronadas y se impuso el terror sin atenuantes. Los excesos han de embridarse.