Jóvenes esqueletos en llamas

El núcleo del disturbio. La consecuencia de la barbarie. El recreo de los narcóticos. El desprecio de los caníbales. La carcajada de los utópicos. El silencio soterrado que se hace llama. La estupefacción de los sillones. El sobrevuelo sutil de las corbatas. Las oportunidades perdidas. Los recuerdos del futuro. El desencanto de los revolucionarios. Los techos de paja. La reverencia y la desgana. Los nadies, la nada. El cemento y la austeridad mientras se pudren las montañas lejanas. Reuniones, restaurantes, consultas, trabas. Lo global y lo pequeño, enredado en una trampa. Todos los fuegos, el fuego.

Escribí ese párrafo al volver de un viaje a Madrid el último día de septiembre. Para llegar al tren que me traía de vuelta a León, tuve que pasar por Sol. No vi seres peligrosos con cuchillos en los dientes ni armas arrojadizas. Vi, más bien, seres vulnerables, que apenas sobrepasaban los veinte años, y que se sabían cada vez más flaquitos, más pequeños, más agazapados y, de no poder ya más, no estallaron, sino que se juntaron en una plaza, no cualquier plaza, sino el kilómetro cero de un país que es España pero que podría ser cualquiera de lo que llamábamos el primer mundo. Un lugar en el que éramos privilegiados de base porque no habíamos nacido en medio de una guerra, por ejemplo, o no sentíamos la catástrofe continúa de la inflación o la inseguridad a la puerta de nuestra casa. Pero claro, es que esos jóvenes no tienen perspectiva alguna de conocer el significado de la palabra hogar en las ciudades donde se proyectan, si no es por el que puedan haber heredado de sus padres. Incluso había allí algunos que tenían de todo y mucho más y, sin embargo, decidieron secundar a quienes no. Las clases sociales, eso que nunca murió y que de vez en cuando sale a la superficie y hasta se puede mezclar para bien.

Cómo no recordar a aquellos que desde abajo organizaron la revuelta hace ya quince años. Cómo no recordar cómo muy rápidamente alguien tomó el liderazgo de la indignación y la convirtió en partido político. Cómo olvidar que se movieron de clase pocos años después, pero no lograron que quienes les hicieron llegar ahí, no siguieran cada vez más flaquitos, más asustados, más nadies que nunca. Cómo no temblar de desencanto si estuviste ahí donde todo se decide y ya dentro de los salones del privilegio y los coches oficiales diste ideas que no se querían escuchar porque eso cambiaría todo. El sistema. Eso que supuestamente se había ido a cambiar. Cómo no resignarse entonces al conocer la resolución fatal: que el sistema no se cambia, solo se destruye. Y esa caída suele ser agónica. 

Volví a mi casa con la ternura en la piel de esos jóvenes que han descubierto, después de una vida abocada a las pantallas de sus móviles que, sin embargo, al calor de la calle, codo a codo, se podía ser mucho más que dos. Cómo no agradecerles que traten de gritar sobre la injusticia de este descalabro. Y cómo no retorcerse por dentro al llegar a una casa propia, construida tan lejos del mundo, porque el mundo, amigos míos, este mundo infame, genera desertores de un sistema que machaca a todo el que ose señalar su vacío.

Pero ojalá que esta vez sea distinto, claro, cómo no desear, una y mil veces, que no sea tarde, que la precariedad de esta Españita nuestra se diluya en la ilusión de esos jóvenes jovencísimos que han dicho basta porque han visto que, de seguir así, solo tendrán huesos que llevarse a la boca.