Fabricar enemigos

Fue un día de los inicios del reencuentro con la tierra de querencia. La coincidencia física con el personaje nunca tarda en producirse. No voy a decir que sea un amigo en la más estricta acepción del término, devaluado hoy por la frivolidad con la que es tratado en las redes sociales. Pero no niego que se trata de un ser entrañable con el que me gusta pelar la pava sin limitarme al solo trámite de la salutación.

Los dos nos sabemos opuestos en ideología y talante. Aún así, no faltan las recíprocas puyas a los respectivos posicionamientos con sus dosis de sorna y mordacidad, pero sin llegar nunca a la falta de respeto. Terminamos siempre con la paz y la gloria de desearnos lo mejor.

Este año, la liturgia siguió la hoja de ruta. Pero el cierre de la conversación me dejó entre perplejo y meditabundo. A estas alturas, hace un mes de ello, sigo dándole vueltas a la cabeza; me espetó: “Si no eres de derechas, eres comunista”. Prodigiosa y peligrosa simplificación de los abundantes meandros del pensamiento. Digo peligrosa, porque jugar solo con blancas y negras, es llevar al tablero de la convivencia un dramático ajedrez, en el que las sofisticadas estrategias se encaminan a eliminar enemigos y al punto final del jaque mate. En los escaques del tablero es un prodigioso pulso de inteligencias, pero en los ámbitos de la calle y la sociedad, esa eliminación de matiz y gamas no es más que la alegoría de las tiranías al acecho o en pleno ejercicio.

Los totalitarismos, del signo que sean, se mueven en la maligna abreviatura del amigo o el enemigo, sin medias tintas. Y tienen buen cuidado en, si no hay antagonista radical, poner a toda máquina la cadena de montaje de su fabricación. El epílogo de la conversación con el conocido despertó de mi memoria la lectura, tiempo ha, de una historia de la Revolución Francesa, en la que un alcalde jacobino arengaba a sus partidarios al grito de: “¡¡Necesitamos traidores, necesitamos traidores!!”. Así, con la reiteración de las urgencias, para que la guillotina no cejase en su orgía.

La historia vuelve a ofrecernos ejemplos de cómo se trabaja la figura de un enemigo. Surgen como por ensalmo el traidor, el antipatriota, el hereje, ya que el tirano erige su sistema sobre la dogmática. Oponente o adversario son palabras desterradas de los diccionarios de jerarcas. O se es o no se es. La tibieza es la incubación de la traición. Incluso afines no escapan a las sospechas.

Comunistas sin la URSS ni Muro de Berlín

Es preocupante que se haga revivir, con las patrañas dialécticas actuales, la palabra o militancia comunista. ¿Pero no quedamos en que el maravilloso neoliberalismo había acabado con ellos? Parece no bastar el derrumbe de su icono, aquel execrable Muro de Berlín. Tampoco el desmoronamiento de su imperio, la URSS, víctima de su letal contradicción de la clase dirigente y gerontócrata, en un sistema de uniformidad social sin distingo de ricos y pobres. Pues ahora parece que salen hasta de la sopera.

La historia abre de nuevo su libro. El comunista es un espantajo agitable de recurso fácil y grosero para fabricar enemigos en las mentes manipulables. En este país, los comunistas no han sido nadie en épocas de libertades públicas. No lo fueron en la Segunda República: el PCE fue un partido marginal. Empequeñecieron la leyenda en el medio siglo de democracia que arrancó con la transición política hacia la convivencia entre todos, que supuso la muerte del dictador Francisco Franco. En este sistema sobreviven mimetizados en siglas de coaliciones como IU, primero, y luego, Podemos o Sumar. Es conocida su fuerza parlamentaria. Una presencia magnificada desde aledaños totalitarios opuestos, como alpiste con el que alimentar las miserias de retornos dictatoriales.

Los comunistas sí fueron relevantes en situaciones extremas como la Guerra Civil, donde se convirtieron en el señuelo de una izquierda sin terminar de encontrar su significado, cosa parecida a lo que sucede hoy. Representaron la vanguardia tenaz y disciplinada contra el franquismo, que lo tuvo a huevo, junto al contubernio judeomasónico, para justificar sus tropelías, no solo contra la obra, también contra el pensamiento. Alguien dijo que Franco afilió más comunistas que la URSS.

Sintetizar ese estúpido si no eres de derechas, eres comunista, tiene una segunda lectura. Los proclamadores de esta sinrazón saben positivamente que eso es un solemne disparate; pero las tácticas de matar moscas a cañonazos tienen tal efecto expansivo que dan de lleno en la diana de las mentiras de patas cortas. No son los comunistas, es la izquierda de este país y del resto de naciones. En esa estrechez mental tan en boga, un socialdemócrata, por ejemplo, es hoy la figuración necesaria del comunismo. No tienen Muro de Berlín, la URSS ni está ni se la espera, Cuba es un coma inducido y China les pone ante el esperpento de un sistema comunista haciendo mejor economía de mercado que ellos. No es el comunista con rabo y olor a azufre. Toda la izquierda, para estos cerebros de piñón fijo, es marxista-leninista. Hoy la personalización se llama Pedro Sánchez. Mañana será el que toque en la perenne trinchera enemiga. No se pierda la perspectiva.