Ese León que no es el mío
En estas fechas de vacaciones y procesiones, saetas, mantillas de señoras enlutadas y penitentes con capirote, esa liturgia que parece repetirse desde la noche de los tiempos, al menos desde los tiempos en que la noche se ha cernido sobre León, ciertos pensamientos acuden a las mentes críticas, no así a las mentes que prefieren no complicarse la vida con elucubraciones que pueden poner en tela de juicio muchas acciones, que de otro modo despertarían inquietudes, dudas y por si fuera poco, invitarían a la reflexión.
Ha circulado por las redes sociales la renuncia de nombres propios de la vida pública leonesa a desfilar en las procesiones de Semana Santa a pesar de su acendrada trayectoria como ‘papones’. Argumentan que esta manifestación religiosa se ha banalizado y que ya no les reporta la misma satisfacción, sea por falta de recogimiento, sea por desvirtuamiento de su esencia, sea por innovaciones varias, sea por lo que sea, varias personas convinieron públicamente en el desistimiento de su fervor ‘procesional’.
Para un servidor, que nunca ha acudido a ninguna procesión salvo cuando alguna vez asistió de la mano de su madre –su padre quedaba jugando a las chapas– u ocasionalmente tuvo que hacer de cicerone con visitantes empeñados en ver este tipo de representaciones, no deja de causar cierta perplejidad tan desmedida vocación, supongo que la misma perplejidad que le puede causar a un voluntarioso costalero esta forma de abstenerse de asistir a estas fervorosas ceremonias que salpican toda la geografía española en estas fechas.
Aún a riesgo de que absolutamente a nadie le importe, me gustaría explicar de forma racional la indiferencia que siento por este tipo de representaciones que tan atractivas resultan para otros muchos compatriotas. En primer lugar no puedo por menos que asombrarme con todos aquellos penitentes que se desloman bajo los pesados armazones de los pasos con sus ensangrentadas figuras talladas en madera, velas, palios y otros adminículos, durante interminables recorridos que no conocen otro descanso que las paradas de rigor para escuchar una saeta interpretada con incierta calidad artística. Me pregunto si estarían dispuestos a hacer un esfuerzo semejante si así se lo demandara su comunidad para una obra social.
Como nunca pasé mucho tiempo contemplando las tétricas imágenes tambaleantes, sólo he escuchado y visto en televisión como algunos disciplinantes efectúan el trayecto, descalzos, lo que inevitablemente evoca en mi memoria el recuerdo de la festividad musulmana chií llamada Ashura, en la que los participantes se infligen daños a sí mismos en memoria del martirio del Imán Hussein, nieto de Mahoma. No en balde hasta hace poco más de quinientos años media España era musulmana y en el resto menudeaban cristianos llegados de tierras bajo dominio islámico. Súmese a eso que la Religión Católica tiene igualmente orígenes semitas trufadas por ritos latinos y el resultado es similar. Se entenderá por ello que estas procesiones son inconcebibles en ciudades europeas por muy religiosas que puedan ser.
Hace años, en un puesto de venta de souvenires para turistas en la provincia de Murcia, un cartel indicaba entre figuritas de papones, que no se trataba de representaciones del Ku Klux Klan. Las similitudes en la indumentaria es lo que tienen. Ahora ha surgido la polémica de un exceso de machismo entre los integrantes de diferentes cofradías. Siempre consideré que en el proceso de equiparación de las mujeres con los hombres después de siglos de postergación, principalmente por decisiones entreveradas de religiosidad, sabrían eludir las actividades de los hombres tan poco honrosos como los toros, pongo por caso, pero la realidad me hace recuperar la cordura y abandonar las ensoñaciones. Confío que si triunfan en su empeño, se muevan por motivos lúdicos y no por fanatismo religioso.
Tener este concepto tan poco convencional de estas festividades primaverales no suponen en modo alguno estar en contra de los ingresos económicos devengados por el turismo en estas fechas, menos aún estarlo en contra de este tipo de rituales litúrgicos. Toda creencia es respetable, incluso la de quienes no comparten el mismo celo religioso, como la irreverente Procesión de Genarín, a la que se condena, interesadamente, imputándole la basura que deja a su paso, aunque, de ser cierto, habría que exigirle a los participantes moderación, guardar las formas y no dejar tras de sí estela alguna de sus fastos paganos.
Igualmente quisiera argüir porque estas ‘peregrinaciones’ locales no me motivan. Mi tocayo, el pastor anglicano Thomas Hobbes, afirma categórico que la religión se fundamenta en el miedo a lo desconocido y en la ignorancia –exactamente las dos mayores lacras que padece León– y añade que todos estos ritos no figuran en ningún texto sagrado, es sencillamente la traslación de costumbres romanas de las que la Religión Católica se ha adueñado. Es más, incide en que la adoración de figuras es idolatría, porque ni en el Nuevo ni el Antiguo Testamento se contempla la veneración de imágenes, es más, en ambos textos se condena esta práctica.
Y para ir terminando, vaya algo de mi cosecha. Hace como un año tuve un marroquí trabajando en mi casa, celebraba el Ramadán, algo equivalente a nuestra Cuaresma, y conversando al respecto, acabó confesándome que propendía a la observancia de su religión y respeto al prójimo por el temor al castigo divino y la esperanza en la resurrección, no por convencimiento. Me malicio que entre los cristianos sucede otro tanto, que el temor a una improbable resurrección, motiva actuaciones religiosas que, de no tener constancia de este extremo, tal vez no se celebraran estas ni otras solemnidades.
Un último apunte. Incluso a los familiares más allegados fallecidos no se les dedica tantas honras fúnebres pasados ya unos cuantos años. ¿Es acaso más importante representar con figuras desgarradoras la ejecución sumaria de alguien a quien nadie llegó a conocer y cuya existencia viene recogida por evangelistas que vivieron, como mínimo, cien años más tarde, que honrar a nuestros seres queridos? Resulta paradójico ese fervor por representar públicamente la tragedia de un personaje que nuestros antepasados astures ignoraban. ¿Mediaría desde entonces una verdad revelada? No conozco nada más contrario a la ilusión por vivir –ilusión que late incluso en el más ínfimo ser vivo–, que interiorizar, año tras año, la muerte y el suplicio por más resurrección y redención que se aguarde de ellos.
No es intención de este artículo persuadir ni disuadir a nadie expresando un pensamiento en voz alta. Obre cada cual según sus creencias y su voluntad.
¡Faltaría más!
Tomás Juan Mata pertenece a Urbicum Flumen, la Asociación Iniciativa Vía de la Plata