Teorema Díaz Ayuso: I + S = D
El título de este artículo es una fórmula evocadora de mis aritméticas y matemáticas del bachillerato. La danza de los números residía en las primeras. Las segundas jugaban una jeroglífica simbología de letras, signos y dígitos, bajo la denominación álgebra, que nos adentraba en la demostración de los teoremas, la verdad manifiesta de las llamadas ciencias exactas.
En esta fórmula he desplegado el principio matemático-político que doy en llamar de Isabel Díaz Ayuso. La mujer está empeñada en acaparar titulares. Está compuesto por tres letras que forman parte de su nombre y apellido inicial. Una coincidencia. El sentido de la receta es que siendo la I inicial de la ignorancia; S, de la soberbia, sumadas ambas, el resultado es la D, de disparate. Pocas, por no decir ninguna, las tres, o alguna de ellas, se caen en sus mensajes o declaraciones institucionales. Habrá quien los reciba como alborozo y habrá quien los digiera como patada contra el decoro que porta el intelecto brillante que se debe suponer en persona revestida de liderazgo político.
Como todo teorema precisa de demostración. A ello me avengo. La tesis del enunciado tiene asidero en su reciente viaje a México. Un periplo de diez días con mezcla de institucionalidad del cargo, cierto toque de gónadas a las autoridades del país anfitrión, y unas jornadas de vacaciones bajo la sospecha de ser sufragadas con dinero público de sus, para ella, súbditos madrileños.
Vamos con la ignorancia, que hay abundante material. Un cargo en ejercicio con responsabilidad en territorio capitalino de nación, la proa geográfica de todo país, centralizado o federal, tiene la obligación inexcusable de medir con absoluta precisión los tiempos de la acción política. Díaz Ayuso se los puso por montera, tan taurómaca ella, cuando acude a México recién superada una crisis diplomática que, tanto Gobierno central como Jefatura del Estado, el rey que tanto presume de defender, se han dejado la piel de las buenas maneras de toda embajada, por reconducir la situación. A ella, presidenta de una comunidad autónoma, le está vedada por mandato constitucional (artículo149) interferir en las relaciones exteriores de España. Lo hizo con los resultados que hemos ido conociendo. Primero enojo, luego indiferencia.
A Díaz Ayuso, icono del poder castizo y chulapón, no le vendría mal aplicarse el refrán popular no mentar la soga en casa del ahorcado. Y ella fue a México agitando el esparto de Hernán Cortés que, para España, puede ser un ejemplo de heroicidad, pero para los nativos de ese país, su sola mención provoca miradas aviesas y recelos. Como decía el clásico, contra el callar no hay castigo ni respuesta, pero ella desató su lengua eólica y provocó las tempestades. Un silencio, como el buen humor, no deja heridas agraviantes ni menoscaba la dignidad de nadie. En la cotidianidad socializante con familiares y amistades es frecuente una relación con tabúes que es mejor no excitar en aras a un entendimiento que tiene que estar por encima de los posicionamientos personales. Ayuso se desentendió del respeto obligado del visitante hacia la hospitalidad del anfitrión. He aquí otra demostración supina de su incultura política que, por eso, por política, demanda ademanes de salón y no de arrabal, de lideresa genuina y no de monja alférez.
La soberbia
Vayamos con el factor soberbia. Éste se destapó nada más pisar suelo español. Es el primero de los pecados capitales y enseña del narcisismo. Llegó como la dama ofendida, no la ofensora, más que en palabras y hechos, en actitud y pésima gestión de las maneras institucionales y diplomáticas, para con el país visitado y con el propio. Rauda y veloz corrió a los medios afines a denunciar acciones intimidatorias contra ella, de las que no presentó prueba alguna. Denunció la pasividad de la embajada en la toma de medidas de seguridad hacia su persona, que la sede diplomática desmintió. Su equipaje fue un baúl lleno de agravios sin acreditar, y vacío, por ahora, ya que no ha presentado resultado alguno, de los logros tangibles o intangibles de este tour que ha costado a los contribuyentes madrileños algunos cientos de miles de euros. Y para colmo, espesa cortina de humo sobre sus últimas horas en el país, cuando el programa de la visita había saltado por los aires. Tomar a la ciudadanía, perdón, para ella, súbditos, por tontos, es también aval de engreimiento.
La presidenta de la Comunidad de Madrid fue a México en plan de gran sacerdotisa del templo del becerro de oro que tan bien define el estilo político del trumpismo. Dando lecciones a quien no se las pidió e insolentándose cuando la pusieron en su sitio por irredenta bocachancla. Díaz Ayuso no oculta el sueño de formar parte del club de ignorantes y soberbios de este populismo que no ceja en la toma de posiciones contra las democracias. Creo, y acierto, que la elevaría al séptimo cielo un reconocimiento universal como poetisa o trumpisa de este régimen.
La altanería ayusista se refleja sin disimulos en el tono de una locuacidad que parece perdonar la vida al adversario. En el hecho de entrometerse en funciones de gobierno y de partido que no le corresponden. Ella no es la líder de la oposición al Gobierno de Pedro Sánchez. Lo es el presidente del PP, Alberto Núñez Feijoo, puenteado, cuando no ninguneado, por este verso suelto que, dominado por la ignorancia y la soberbia, solo puede germinar, en neuronas y lengua, un amplio catálogo de disparates.