El tema del vagabundo

Es curioso cómo los planes se antojan colosales cuando solo existen en nuestra mente y no empiezan a verse abordables hasta que damos el primer paso, el más importante, el de tomar la decisión y situarse en el punto de partida. Es entonces cuando todos los pensamientos, agoreros o ilusionantes, se quedan en nada, se desvanecen como diminutas entelequias sin importancia ante la gigantesca determinación de comenzar a sumar pasos sobre el camino. A partir de ese momento solo existe un hermoso e imbatible plan, levantarse cada mañana y caminar el mundo, ser un vagabundo sin prisas ni calendarios.

Ser vagabundo es convertirse por unas semanas en esa clase de tipo errante que vaga por el mundo sin domicilio fijo, que va de un lugar a otro sin asentarse en ninguno, un habitante de los caminos que se enfrenta cada mañana a la liviana responsabilidad de no importarle demasiado donde terminará comiendo o durmiendo. Ese deambular por los paisajes, ese antiguo impulso del vagabundo, es una forma de vida que tiene injustamente asociadas unas connotaciones peyorativas, que emparentamos frecuentemente con la holgazanería y nos olvidamos de hacerlo con la palabra libertad. Porque si hay algo mágico en ese estado de ánimo que combate el peso sin alas de la rutina de los días, es precisamente esa impagable sensación de pertenecer al cosmos, de no tener que rendir cuentas a nadie ni a nada, de cincelar nuestro espíritu con los amaneceres y atardeceres que mueven el tiempo.

Los vagabundos son hombres de condición inquieta y despegada que viven al margen de lo establecido, comentaba Ortega y Gasset en su ensayo El tema del vagabundo. En ese extraordinario texto publicado dentro de su obra El Espectador, Ortega contrasta la vida nómada de estos trotamundos que recorren los caminos sin oficio ni beneficio con la inmovilista sociedad española de su época, presidida por lo que llamó una ‘estabilidad plúmbea y una monotonía aldeana’. Esa forma de ignorancia que adorna a aquellos que nunca han salido de su pueblo o del carril vital que tenían asignado desde niños, sigue tan vigente como entonces en esta España nuestra contemporánea y presumiblemente abierta al mundo. Puede que los vagabundos sean incapaces de echar raíces en ningún lugar, pero precisamente por eso son cosmopolitas sin pretenderlo, esa clase de tipos que se mueven por el mundo siguiendo únicamente sus impulsos y protagonizando el fascinante espectáculo de la precariedad. Y eso, ejercer por unos meses el noble ejercicio del vagabundeo, es algo que se debería enseñar en las escuelas de la vida. Conocer la precaria y fascinante bohemia del viajero sin destino es algo que, definitivamente, todos deberíamos experimentar de vez en cuando. Aunque solo sea para descubrir el insignificante tamaño de nuestras cavilaciones ante la inabarcable vastedad del mundo.