La Condesa de Sagasta tiene su paseo
Siempre fue el pulmón verde del Ensanche. Anteriormente había tenido otras denominaciones: Caño de la Salud y Fuente de la Salud. El Paseo de la Condesa de Sagasta en León constituye un largo corredor ajardinado que transcurre paralelo al río Bernesga, uniendo lugares emblemáticos que lucen historia sobre un pedestal y piedras primorosamente labradas.
Pocos paseos con nombre de mujer, tiene esta provincia, pero ninguno con edificios residenciales, templete de música y algunas cafeterías, en compacta simetría con los jardines y el cauce del río, una combinación muy urbana y transitable.
Por esta alameda paseaba y se dejaba ver la burguesía local que vivía en el Ensanche de la ciudad. Hoy es lugar de paso y de paseo, de bancos con respaldo para descansar, para tomar el sol en invierno o huir de él en verano.
Su protagonista
Esperanza Mateo-Sagasta y Vidal vivió entre 1875 y 1925. Conservamos un retrato suyo pintado por Madrazo en 1890. Sus padres fueron Ángela Juana Vidal Herrera (Medina del Campo, 1836), mujer de gran talento para los negocios y Dama de la Orden de Isabel de Portugal y Práxedes Mateo-Sagasta Escolar (Torrecilla en Cameros, La Rioja, 1825), ingeniero de caminos, además de reputado político y gobernante de España. A Esperanza le fue otorgado por Alfonso XIII el título de noble española, en memoria de su padre tras la muerte de éste, protagonista indiscutible del turno bipartidista que ideó Antonio Cánovas para superar pronunciamientos militares e inestabilidad política, aunque fuera a base de manipulación electoral y caciquismo.
Sagasta fue presidente del Consejo de Ministros en siete ocasiones en las últimas décadas del siglo XIX, prolongando su último mandato hasta 1902. Esperanza, por su parte, ostentó el título desde 1905 hasta su muerte en 1925, un final prematuro y repentino tras sufrir un derrame cerebral. Luego pasó a su hijo y así hasta hoy, que lo ostenta el último descendiente de la saga, Fernando Merino y Loredo.
Casada con un exitoso empresario y político leonés
Esperanza, primera condesa de Sagasta, se había casado a la edad de diecisiete años, en 1892, con un leonés de poder y renombre, Fernando Merino Villarino, empresario y diputado a Cortes desde 1891 hasta 1923, además de gobernador civil, gobernador del Banco de España y ministro de Gobernación. El hijo de Fernando y Esperanza heredó el título y se casó con una descendiente de la influyente familia de los González del Valle, empresarios de la minería leonesa y políticos.
Fernando era hijo del farmacéutico leonés Dámaso Merino, cabeza de una saga familiar de profesionales de la farmacia, políticos y empresarios. A esta estirpe debe su nombre la conocida Farmacia Merino, ubicada en el número 3 de la calle Ancha desde 1901, cuyo negocio fue fundado con anterioridad por su abuelo, Gregorio Felipe Merino, en 1827, y que se situó en sus inicios en la actual calle Mariano Domínguez Berrueta, junto a la Catedral. Luego, la afamada botica se ubicó en los soportales de la plaza de Regla. Convertida en un emblema de la ciudad, desde su trastienda se manejaban los hilos de la vida pública leonesa.
Esperanza vivió entre León y Madrid. Había sido educada en el seno de una familia de relevancia nacional, que además dejó impronta en la sociedad leonesa. En 1909 ingresó en la Orden de Damas Nobles de la Reina María Luisa, que distinguía a mujeres pertenecientes a la nobleza por sus servicios a la sociedad. Presenció numerosas actividades económicas y sociales en la ciudad, sin descuidar su labor en la Asociación Leonesa de Caridad. En el imaginario colectivo de los transeúntes de estas calles, a su condesa le gustaba pasear y leer un rato junto a la ribera del Bernesga, por eso el ayuntamiento acordó concederle el nombre de una avenida tan frecuentada por la dama.
Su figura en una ciudad de provincias como León se mantuvo en el estrato más alto, de la mano de un marido con éxito en los negocios y en la vida política, aunque ella prefirió siempre un discreto plano social. Pocos hombres públicos en la historia de León han estado durante tanto tiempo en el candelero social y en la cumbre política como Fernando Merino. Algunas de sus fábricas –la de productos químicos o la de celulosa– suponían una verdadera vanguardia para la industria de la época.
El lugar sufrió mejoras
Cierto que en nada se parece el viejo paseo de la Condesa al actual. A principios del siglo XX era un terreno descuidado a las afueras de la ciudad, casi un tremedal habitado por aves y anfibios. Sin embargo, en 1915, por iniciativa del Ayuntamiento, comenzó a sanearse el terreno y plantar dos filas de árboles, cuyo crecimiento era vigilado por la propia condesa en sus paseos por el lugar.
El hoy Puente de Los Leones, con sus felinos de piedra franqueando el acceso, es el resultado final de un antiguo puente de hierro que unía la zona de la estación del ferrocarril con la plaza de Guzmán, extremo sur del paseo de la Condesa. Ese sería el inicio del recorrido de doña Esperanza, hasta culminarlo frente a la fachada de San Marcos.
Murió la condesa sin conocer la magnitud de las obras posteriores, un conjunto armonioso de vegetación recortada con setos de múltiples formas. Las dos orillas del Bernesga estrecharon más su comunicación a través de las pasarelas peatonales que empezaron a construirse en 1970, convirtiendo el paseo en el lugar central de la ciudad.
Una vida corta
Aunque fue enterrada en Madrid, se celebró un multitudinario funeral por su alma en la catedral de León en 1926, al que asistieron autoridades y vecinos.
Su marido la sobrevivió poco tiempo, pues se suicidó el 1 de julio de 1929, acuciado por la pérdida de la esposa –que nunca superó–, por el declive político y por los reveses empresariales. De hecho, su fábrica de productos químicos había quebrado. Fue el propio obispo el que permitió un funeral religioso y un enterramiento en campo santo, algo vetado a los suicidas.
Los descendientes del desafortunado matrimonio vendieron sus posesiones en España y emigraron a Perú, donde actualmente reside el cuarto conde de Sagasta. A los leoneses, en cambio, les queda el paseo y un retazo de historia para compartir.