El Papa y el eclipse

La historia necesita de la mitología y la leyenda. Lo que se acostumbra a decir cuando la credibilidad de una hazaña, milagro o misterio siembra las lógicas dudas, es que si el acontecimiento se percibe exagerado, al menos está bien contado. La narración tiene que echar sal y pimienta al relato.  

Inadmisible el recurso para el periodismo, cuya materia prima, la actualidad, tiene vetadas estas licencias. Los medios de comunicación son hipotecados de la verdad. En estos tiempos se ha bajado la guardia con las medias verdades o posverdades. Ahí están los resultados.

La visita del Papa León XIV a España se aderezó de la actualidad que destila un ilustre mandatario y de la mitología de un liderazgo que, para mucha gente, está revestido de los misterios insondables de la divinidad. Los ingredientes estaban servidos y el pontífice supo aderezarlos con elocuencias oportunas y silencios sospechosos.

Un elemento clave de la presencia de Robert Prevost, el hombre, frente a León XIV, el Papa, fue el discurso pronunciado en el Congreso de los Diputados, sede por excelencia de los ordenamientos terrenales que son las leyes. Quedó visible el hombre que habló a los hombres con el lenguaje de una radical humanidad y las admoniciones hacia sus lacras de intolerancia y lenguaje barriobajero, que escuecen a la ciudadanía que ha depositado su confianza en ellos mediante voto en urna. En la tribuna estaba un portavoz de esa sociedad ignorada, que sacó los colores a todo el hemiciclo, y éste se hizo perdonar con un aplauso unánime de duración en los territorios de la aclamación. ¿Hipocresía o caída del caballo al modo Saulo camino de Damasco? Cuarenta y ocho horas después volvieron a sus andadas. Elijan respuesta.

Los hay que se han rasgado las vestiduras, el mito farisaico, porque en sede parlamentaria hable el representante de un poder que se mueve a base de dogmas y no de la palabra contrastada entre distintas sensibilidades o ideologías. Estimo que debe importar tres narices quien hable desde una tribuna del pueblo, pues ese pueblo, parlamentarios incluidos, escucharon una oralidad, con su tono de realidades contundentes, que llevábamos sin oír bastantes legislaturas. La palabra, por una vez, hizo honor al auténtico concepto de parlamento. Mejor iría, que por esa tribuna, de vez en cuando, se encaramara una presencia física, intelectual o popular, que nos contara las verdades del barquero. Los aplausos fueron la prueba del algodón. Cualquier lealtad siempre es más sincera en la reprimenda que en el halago.

León XIV sí fue el Papa del corporativismo religioso en el tratamiento de la espinosa cuestión de la pederastia de su institución. Pasó de puntillas. Creyó solventarlo con un encuentro restringido a sus propios elegidos, a puerta cerrada. No neguemos a la iglesia su derecho a lavar la ropa sucia en casa. Pero que ella tampoco esquive a sus feligreses ver esa ropa, ya limpia, tendida, y secándose al sol. No es de recibo el desdeño practicado con asociaciones de afectados en una cuestión donde la religión está prisionera de una de sus más crueles manifestaciones de doble moralidad.

Cabalísticas coincidencias

Lo cierto es que con sus claroscuros, la presencia del Papa en España se ha saldado con una imagen benéfica para su figura y el catolicismo, pero mucho más, por el discurso hacia el hombre desde el hombre, que por un mensaje de apostolado perdido en entelequias. Magistrales en humanidad han sido las referencias a los migrantes y las llamadas a la conciencia sobre la forma de recibirlos. Bien tachada alguna prioridad nacional y mejor reescrita sobre ella la prioridad humanitaria. 

Coincido con un cronista del viaje, que ha concluido que León XIV nos ha caído bien. Y, a ese respecto, sus hechos le precedían. Paró los pies al sátrapa mundial, para más inri, el presidente de su país de nacencia. Se llenó de la autoridad moral del hombre de bien contra la fuerza expeditiva del semoviente caprichoso fuera de control. No racaneó con la contundencia debida en la declaración de intenciones pontificales que es una encíclica, contra la colonización de dignidades y mentes con que se intuye la inteligencia artificial y sus afluentes. Imitó al Jesucristo iracundo, única manifestación suya así que se conoce, desalojando del templo a latigazos a los mercaderes.

Dejo para el final los mitos en forma de cabalísticas coincidencias. Robert Prevost ha elegido de nombre papal el de León. Su antecesor escribió la encíclica Rerum Novarum, el alegato católico contra los excesos de la revolución industrial del siglo XIX; él se enfrenta ahora a otra revolución sospechosa de ser más destructiva: la de las nuevas tecnologías. Y otra más, el primer pontífice con este nombre, León el Magno, fue quien, con el solo argumento de la palabra, detuvo en el año 452, a las puertas de Roma para su conquista y saqueo, a Atila, rey de los hunos, aquél que por donde pisaba su caballo no crecía la yerba. Ejemplos de cómo la magia oculta del ser humano puede frenar la barbarie. Si non e vero, e ben trovato.

León XIV pasó por España como en agosto pasará un eclipse de sol que tapará por unos minutos el astro rey. Un mundo como éste, sumergido en las miserias de las guerras y las desigualdades sociales más profundas de la historia, necesita de los misterios de las personas justas que caen bien y de la astronomía para una urgente relectura.