Antonio Banderas y la Biblioteca del Seminario de León

Cuando era un adolescente hambriento de saberes descubrí una joya secreta en León, la Biblioteca del Seminario sita enfrente de la Catedral, que es un lugar de cultura y sabiduría si no secreto si muy discreto al que la ciudad da la espalda, pero que cuenta con tesoros bibliográficos. Allí, junto a un compañero intelectual y maestro de entonces, iba como quien se cuela en la novela de Umberto Eco El nombre de la rosa, y saludaba al bibliotecario, el padre don Juan Manuel, y me sumergía en la Filosofía y la Teología hasta que el bibliotecario me tomó confianza y me empezó a permitir llevarme los libros casa. Fue entonces cuando descubrí... una colección de libros impresionante que es sorprendente que prácticamente nadie conozca en la capital leonesa.

Gracias a esa biblioteca secreta o discreta pero fascinante fui leyendo uno a uno y con delectación la obra magna de Von Balthasar [Gloria, 7 tomos; Teodramática, 5 tomos; y Teológica, 3 tomos], más un breve tomo de Epílogo sobre los trascendentales de lo 'bello', lo 'bueno' y lo 'verdadero' (algunos de los tomos nadie los había leído, pues estaban aun plastificados hasta que los desfloré, y los leí la verdad que tan despacio que hasta me permití corregir con bolígrafo azul las pocas erratas que la traducción tiene).

Y cuento esto ahora a colación de que el otro día en Madrid Antonio Banderas, que ante el Papa León XIV confesó haber sucumbido al hechizo de Dios, aprovechó la ocasión para explicar como si fuera una idea nueva que sin el cristianismo no hubiera habido arte…

Por supuesto eso me ha hecho volver a revisar a von Balthasar, un escritor cultísimo, a la vez profundo y elevado, y quien mejor ha pensado las relaciones entre el cristianismo y la estética.

Figuras extraordinarias del catolicismo

La teología católica del siglo XX produjo una constelación de figuras extraordinarias. Cada una intentó responder, a su manera, a una pregunta decisiva: ¿Cómo puede el hombre moderno volver a encontrar el acceso a Dios? Algunos buscaron ese acceso en la conciencia, otros en la historia, otros en la experiencia eclesial o en la renovación de las fuentes patrísticas. Hans Urs von Balthasar eligió un camino singular: el estético; el de la belleza.

Esta elección ha provocado admiración y sospecha a partes iguales. Admiración, porque pocas obras teológicas poseen la amplitud, la profundidad y la fuerza literaria de la suya. Sospecha, porque para algunos la belleza parece un camino secundario, casi ornamental, respecto de la fe. Sin embargo, una lectura atenta de Balthasar revela que la cuestión es mucho más compleja. La belleza no es un adorno de la verdad; es la forma bajo la cual la verdad divina se manifiesta.

'Lo bello, lo bueno y lo verdadero' de von Balthasar

Toda la arquitectura de su pensamiento puede entenderse como una exploración sistemática de los trascendentales clásicos: lo bello, lo bueno y lo verdadero. La monumental trilogía compuesta por Gloria, Teodramática y Teológica sigue precisamente ese recorrido. En Gloria estudia la manifestación de la belleza divina; en Teodramática, el despliegue del bien en la historia de la salvación; en Teológica, la verdad revelada que ilumina la inteligencia creyente.

No se trata de tres temas yuxtapuestos. Son tres accesos a una misma realidad. Balthasar está convencido de que los trascendentales se reclaman mutuamente. Cuando la verdad pierde la belleza, se vuelve abstracta; cuando el bien pierde la belleza, degenera en moralismo; cuando la belleza se separa de la verdad y del bien, cae en el esteticismo. Por eso su proyecto puede leerse como un esfuerzo por restaurar la unidad originaria de los trascendentales en Dios.

Resulta especialmente sugerente la distinción que establece entre 'estética teológica' y 'teología estética'. A primera vista, la diferencia parece puramente terminológica. No lo es. La teología estética, tal como él la entiende críticamente, corre el riesgo de convertir la experiencia de lo bello en criterio último de la verdad religiosa. La estética teológica, por el contrario, parte de la revelación y se pregunta por la forma bella con que Dios se da a conocer.

La diferencia es decisiva. En un caso, Dios queda subordinado a una teoría de la belleza; en el otro, la belleza queda subordinada a la autorrevelación de Dios. Balthasar no pretende construir una religión de artistas ni una metafísica del gusto. Pretende mostrar que la gloria de Dios posee una forma objetiva que puede ser contemplada. La belleza cristiana no nace de la sensibilidad humana; nace del acontecimiento de Cristo.

¿La fe reducida a una emoción estética?

Es precisamente aquí donde surge una de las críticas más frecuentes. Si la belleza conduce a Dios... ¿No queda la fe reducida a una especie de emoción estética? ¿No corre el riesgo la experiencia religiosa de convertirse en una contemplación refinada de formas hermosas? Algunos lectores han sospechado que la prioridad otorgada a la estética introduce un elemento secundario en el centro mismo de la teología.

La objeción merece ser tomada en serio. Sin embargo, pierde fuerza cuando se considera el conjunto de la obra balthasariana. La belleza de la que habla Balthasar no es la armonía superficial de las cosas agradables. Es la forma paradójica de la revelación divina, cuyo centro es la cruz. La gloria de Dios se manifiesta precisamente allí donde toda estética mundana esperaría encontrar fracaso, abandono y oscuridad. La belleza cristiana no es decorativa; es dramática.

Adrienne von Speyr

Además, el pensamiento de Balthasar no puede entenderse sin la influencia decisiva de la mística Adrienne von Speyr a la cual conoció, confesó, convirtió y animó a escribir. La relación intelectual y espiritual entre ambos constituye uno de los fenómenos más singulares de la teología contemporánea. Balthasar encontró en ella una experiencia mística que consideró auténticamente teológica. Su atención a los temas mariológicos y escatológicos procede en buena medida de este encuentro.

La figura de María ocupa en su pensamiento un lugar central porque representa la respuesta perfecta de la fe a la iniciativa divina. Frente a una modernidad fascinada por la autonomía, María aparece como la disponibilidad radical ante Dios. Y precisamente por ello la dimensión mariológica corrige cualquier tentación esteticista: el acceso a Dios no se produce por la mera contemplación de la belleza, sino por la obediencia creyente.

Algo semejante ocurre con la escatología. El horizonte último de la historia impide que la belleza quede encerrada en el presente. Toda forma creada remite a una plenitud futura que todavía no poseemos. La belleza cristiana es promesa antes que posesión. En este sentido, la influencia de Adrienne von Speyr refuerza la convicción de que la fe constituye siempre el fundamento último del conocimiento teológico.

Por eso sería injusto interpretar a Balthasar como un teólogo que sustituye la fe por la estética. Más bien intenta mostrar que la fe posee una dimensión contemplativa irreductible. El creyente no sólo acepta proposiciones verdaderas ni cumple mandamientos morales; contempla la gloria de Dios manifestada en Cristo. La belleza aparece entonces no como alternativa a la fe, sino como una dimensión interna de ella.

Otros giganges de la teología del siglo XX

La comparación con otros gigantes de la teología del siglo XX resulta inevitable. Henri de Lubac destacó por su extraordinaria capacidad para releer la tradición cristiana en diálogo con la cultura y la historia. Karl Rahner desarrolló una síntesis original entre el tomismo y la filosofía trascendental moderna, una síntesis que suscitó admiración y críticas por igual. Frente a ambos, Balthasar ofrece una propuesta más marcadamente centrada en la forma total del misterio cristiano, integrando metafísica, espiritualidad, exégesis, literatura y teología dogmática en una visión de conjunto difícilmente comparable (y lo decimos sin desdeñar aportaciones espiritualmente fastuosas como, citando las que a nosotros más nos seducen, el estudio de la importancia de los laicos en la iglesia de Yves Congar, la teología de la liberación de John Sobrino y Gustavo Gutierrez, la teología dialéctica de Karl Bath, la teología de la esperanza de Jünger Moltman y su insistencia en la importancia de la comunidad, la valentía del ser de Paul Tillich y la teología femenina de Eisabeth Jonhson).

Quizá por eso muchos consideramos que, como dejó escrito Benedicto XVI, la obra de Von Balthasar representa una de las cumbres intelectuales del catolicismo contemporáneo. No porque resuelva todos los problemas ni porque esté libre de objeciones, sino porque devuelve a la teología una amplitud de horizonte que parecía perdida. En un tiempo inclinado a la especialización fragmentaria, Balthasar volvió a pensar el cristianismo como un todo, y a la iglesia como un todo en el cual el laicado también goza de gran relevancia.

Muchos consideramos, como dejó escrito Benedicto XVI, que la obra de Von Balthasar representa una de las cumbres intelectuales del catolicismo contemporáneo. No porque resuelva todos los problemas ni porque esté libre de objeciones, sino porque devuelve a la teología una amplitud de horizonte que parecía perdida

Al final, la grandeza de Hans Urs von Balthasar reside en haber recordado algo que la modernidad había olvidado con frecuencia: que Dios no es sólo verdad para la inteligencia ni sólo bien para la voluntad. Es también gloria para la contemplación. Y esa gloria, lejos de ser un lujo estético añadido a la fe, constituye la irradiación misma del misterio divino. Su teología permanece así como una de las tentativas más poderosas del siglo XX para mostrar que los trascendentales convergen en Dios y que, en Cristo, la belleza, la bondad y la verdad vuelven a encontrarse.

En efecto después de todo lo leído poco a poco en la biblioteca secreta del seminario de León (todo de la mano del padre don Juan Manuel: ¡Gratitud!) cada vez tenemos más claro, a pesar de lo que nos cuentan los especialistas, que Henri de Lubac era en buena medida un culturalista espiritual cuya teología tiene casi más de erudición que de teología, y que Karl Rahner desarrolló un tomismo trascendental que es de todo menos tomista, y que si hemos de escoger nos quedamos con la belleza elevada de Hans Urs von Balthasar, objetivamente el mejor teólogo del siglo XX…

Gracias Antonio Banderas.