El recuerdo que nunca se va de los olores de la mina: de la humedad y el carbón a los hedores corporales
“Tirarse un pedo en la mina, sin avisar, es una cabronada”. Pese a la contundente frase de apertura, este no es un artículo escatológico sobre el pedo. Es un texto que solo trata de recordar y evidenciar unos hechos, que solo existen en la memoria olfativa de los mineros. Porque los olores dentro de la mina se agrandan e intensifican debido a razones que tienen una explicación científica.
Aquí se recogen testimonios de los mineros sobre esa peculiaridad de los olores en la mina, sus anécdotas, sus recuerdos más agradables o desagradables, los que les marcaron, los más repetitivos. Olores característicos y únicos, el olor de la humedad y el carbón, del agua estancada, de las ratas muertas, del agua ferrugiñosa, del humo de los chispazos que producen las varillas del pantógrafo al rozar sobre la línea eléctrica, de la dinamita explotada, del sudor de los compañeros, de la madera húmeda y en descomposición.
Infinidad de olores relacionados con las actividades propias de cada trabajador y del área de mina en que se desenvuelve: galerías abiertas, talleres de extracción de carbón, pozos de balanza, chimeneas y pozos en fondo de saco, cortes de avance de galerías. El trabajo que se hace y el lugar determinado, la maquinaria y herramientas empleadas, la proximidad de otros trabajadores, todo condiciona esas percepciones olfativas.
La memoria olfativa es duradera, y ciertos olores pueden evocar recuerdos a largo plazo, como el olor de una goma de borrar, de un lapicero, de una comida familiar, y que pueden hacernos sentir nostalgia. Infinidad de olores, que han quedado en las memorias de los mineros y que en algunos casos les cuesta evocar, pues el mundo del exterior no los repite.
Siempre al hablar de esos olores se debe tener en cuenta la situación, en cuanto a ubicación, del que los percibe. Para ello hay que pensar en el sistema de ventilación, natural en las galerías y talleres de mina de montaña, inducida en frentes de fondo de saco o minas de profundidad y pozos. El primer supuesto mejor ventilado, el segundo algo peor.
Si quien los percibe está a favor del viento, puede llegar a oler cosas que están a cientos de metros, “alguien comiendo una naranja se huele a casi un kilómetro”; los procedentes del exterior como el tabaco, la hierba segada secando al sol, son algunos de los olores de más largo recorrido por las galerías mineras.
Volvemos aquí a la ventosidad del comienzo y recordamos el poema al pedo de Francisco de Quevedo donde dice “Si un día algún pedo toca tu puerta / no se la cierres, déjala abierta / deja que sople, deja que gire / a ver si hay alguien que lo respire”.
Y si había quien lo respiraba en la mina, el pedo además de un alivio y relax para el que se pee, era un “cabronada” para los compañeros cercanos que con viento favorable de la ventilación percibían, como perro cazón, los efluvios olorosos del ingrato compañero, que no había avisado con tiempo suficiente del evento.
“Yo vi en un taller del sector Peñas a gente devolver (vomitar) a causa de los olores de un pedo y también cuando algún bromista cabroncete hizo explotar una bomba fétida en el mismo lugar”, este es uno de los recuerdos recogidos.
Las razones científicas
Los olores suelen sentirse mucho más intensos dentro de una mina que en la calle por una combinación de concentración de gases, falta de ventilación natural y condiciones ambientales extremas. El aire en la mina está atrapado, circula poco o nada, los gases y olores se acumulan, la humedad y la temperatura estable favorecen que los compuestos olorosos se mantengan en el ambiente.
Esto hace que la concentración de moléculas olorosas sea mucho mayor, y por eso la nariz las detecta con más intensidad. Unas moléculas olorosas que proceden de los gases naturales de la mina, de los minerales, de la humedad y la temperatura, de la propia actividad humana en el interior.
Como colofón se puede concluir que los olores son más intensos en una mina porque no se dispersan: se quedan concentrados en un espacio cerrado, húmedo y mal ventilado. Y la nariz recibe más moléculas olorosas por cada respiración que en el exterior.
Recuerdo y vida olfativa de los mineros
“La verdad es que en ocasiones siento nostalgia de ese mundo y esos olores”, comenta alguien que trabajo en Peñas y Paulina; “y casi sueño con volver a coger la cacha y recorrer despacio esos lugares por los que trabajé”, siendo consciente que hoy es imposible.
Buscar esos olores, “a medida que entrabas, el olor a fresco y humedad, a madera húmeda, al polvo del carbón, a dinamita”, recordando “los agradables de la comida”. Cuando aún se llevaba bocadillo, “como olían los bocadillos de cada uno y los ratos agradables que pasábamos en ese tiempo de bocadillo”.
En el grupo Calderón “teníamos dos tipos de mina El Pozo y la mina de montaña, cada uno con sus olores bien diferenciados, porque no es lo mismo una ventilación natural que forzada”. Un olor “muy característico los ”calorines“ (pequeñas capsulas con aceite para los martillos neumáticos) cuando se metían en los martillos de picador o de barrenista”.
Alguien que se decanta por los olores de la madera nueva que entraba del exterior, “y para mi mejor la de roble que la de eucalipto o pino”. Entre los agradables, “La salida del pozo en la jaula la diferencia entre el aire viciado de la mina y el aire limpio, fresco y puro del exterior”.
Sobre los olores de la madera, alguien que nunca entró a la mina, que solo hizo trabajos en el exterior, también recuerda los olores de la madera, “la mezcla del pino y el eucalipto recién cortado, sobre todo cuando hacia frío, era una sensación indescriptible”.
Daba igual la empresa, la mina era una fuente olores repetidos bajo unas u otras siglas comerciales. Así lo recuerdan desde La Escondida (Hijos de Baldomero García), “el olor de la madera, tanto de la fresca cuando entraban las mesillas de piquetes y puntalas, como el olor de la madera podre húmeda que se te quedaba metido en la nariz”.
Remata su comentario con una valoración muy personal, “la madera podrida huele tan mal y es tan penetrante, que luego hasta tus propios pedos te olían como a madera podrida”.
Para los fumadores resultaba agradable y obligaba a acelerar el paso, si alguien había salido primero y encendido un cigarro de los que se dejaban escondidos en la bocamina, “ese olor era como en los anuncios de Red Bull, y te llevaba en volandas hacia fuera”.
Sobre el asunto escatológico un comentario más, “cuando tiraba un pedo el picador que estaba por debajo de la serie tuya te lo comías entero, con espinas y todo”. Y añade que los peores eran los vecinos de un pueblo, que no nombraremos, “los más mal educados tirando pedos con muchísima diferencia sobre el resto, cuando les llamabas la atención siempre te contestaban con la misma frase; más vale perder un amigo que un mazo de tripas”.
En el grupo Bolsada, en la planta cero, había un potente ventilador instalado en un primer tramo de la galería para introducir aire desde el exterior captada en el entorno del barrio de El Carbachón. “En invierno metía un frio que te helaba los huesos y los carámbanos se formaban casi hasta un kilómetro mina adentro”. Pero en verano impregnaba ese recorrido de galería “del olor agradable de la hierba recién segada y secando al sol en los prados de El Carbachón”.
Un trabajador que fue barrenista del grupo Lumajo, comenta sobre el característico olor de los restos y vapores (comúnmente entre los mineros se les denominaba “ácidos de la dinamita”) resultantes de las explosiones de la dinamita, que además se convertían en muy peligrosos cuando se atravesaban zonas de pórfido.
Un tipo de roca volcánica muy dura, “este tipo de roca, no sé porque motivo acumulaba y retenía mucho más esos ácidos”. Lo que implicaba una especial atención para regar bien la pega (mineral desprendido por la voladura de la dinamita en la zona de avance de la galería) “antes de respirar ese ambiente, porque una bocanada de ese aire podía provocarte un desmayo y fuertes dolores de cabeza”.
Los olores corporales
En los lugares con menor ventilación, varios mineros recuerdan que se podía percibir perfectamente el olor corporal “de los compañeros más próximos, no había dos personas que oliesen igual, el sudor, el polvo, la ropa, la humedad generaban un olor característico de cada persona y en cada momento”.
Una sensación de esos olores muy difícil de percibir en el ambiente exterior con la claridad y sensaciones de la mina, según nos confirman la mayoría de los testimonios recogidos.
El aseo personal era por lo tanto una necesidad perentoria. El recuerdo de nuestros informantes ya se circunscribe todo él a los años en que los cuartos de aseo en los grupos mineros eran obligatorios y estaban bien dotados de duchas y perchas para la ropa, con ventilación adecuada.
No obstante, el olor de estos cuartos de aseo era también característico. Distinto en la entrada del relevo, cuando el espacio había tenido tiempo sobrado de ventilación, o en la salida de los relevos, “con las mezclas de los olores corporales con los de la ropa húmeda por el agua o por el sudor, el del vapor del agua caliente de las duchas mezclada con los olores de los jabones” y elementos de aseo utilizados.
Habitualmente los mineros retiraban semanalmente la ropa para llevarla a casa a lavar, aunque en ocasiones algunos tenían que hacerlo con una mayor frecuencia de menos días por las circunstancias del desempeño de su labor. Casi siempre con un factor muy importante que condicionaba esa necesidad de cambiar la ropa con mayor frecuencia, las mojaduras que podían soportar por el agua en el trabajo.
El uso extendido de las mascarillas de goma con filtros de papel bajo las que quedaban boca y nariz, hacia que los olores se amortiguasen con este sistema de protección, e incluso no se percibiesen, “porque solo olías tu propio aliento”.
Una situación que se alteraba por completo al retirarla, “para hablar y que te entendiesen bien o para eliminar el liquido de condensación que se acumulaba por el propio aliento”, entonces todos los olores del entorno llegaban directos al sistema olfativo, “dejabas de olerte a ti mismo para oler al resto”.