Las coplas inéditas que desvelan cómo fue la última cencerrada de Laciana: con denuncia del cura y un juicio

Luis Álvarez

Villablino —
30 de mayo de 2026 10:26 h

Entre las tradiciones perdidas de la cultura popular leonesas está la de las cencerradas. Hoy en desuso porque no se aceptarían esas prácticas por ser consideras degradantes, insultantes, ruidosas y molestas. Y también por la progresiva perdida de población en los pueblos, donde ya no iban quedando mozos suficientes para ejecutarlas.

La cencerrada en los pueblos era un ritual de burla pública y sanción social que se aplicaba sobre todo a viudos que se casaban de nuevo, matrimonios con mucha de diferencia de edad, o personas que no pagaban a los mozos el tradicional garrafón de vino, o como se le denominaba también 'una cantara de vino' (16 litros), que se exigía de pago social.

Cuando algún forastero iba a casarse con una moza del pueblo, si este foráneo no pagaba el tributo de un garrafón de vino para los mozos de la localidad, el matrimonio iba a ser agasajado con el escarnio de la cencerrada.

Consistía en un acto, casi siempre nocturno, en el que los mozos del pueblo se reunían con cencerros, calderos, almireces, botes con piedras, y cualquier objeto capaz de hacer ruido aderezado todo con algunas coplas burlonas o sarcásticas de algún vate local. Todo ello frente a la casa de los contrayentes para expresar desaprobación o exigir la compensación “legal” del tributo del dios Baco.

Una de las últimas, o quizá la última, que se dio en Laciana, tuvo unas peculiaridades muy especiales. Pues no fueron el objeto de reprobación los contrayentes, si no el cura, Eduardo García. Porque el párroco fue quien dijo a los contrayentes, que venían de fuera, que no pagasen el tributo del vino, que eso lo solucionaba él.

Por lo que los mozos durante varios días fueron a darle la cencerrada al cura a la casa en la que residía para recordarle su obligación de saciar la sed de la mocedad del pueblo. Nos remontamos hasta la década de 1920 a 1930.

El sacerdote no tomo a bien el agasajo de la juventud y denuncio a dos de ellos, por lo que tuvieron que ir a juicio a Murias de Paredes, cabeza por entonces del partido judicial. El juez, tras escuchar a las partes, absolvió a los denunciados y regresaron con enorme jolgorio.

El testimonio de aquellos hechos lo dejó escrito en unos folios de coplas un vecino de San Miguel, Sergio Fernández. A las que ha tenido acceso ILEON gracias a Miguel Blanco, la persona a quién el autor unos años antes de fallecer le hizo entrega de las coplas, que nunca había enseñado a nadie. Miguel explica que, “yo no tenía parentesco con él, con mi familia residimos muchos años en una de sus casas, para mí fue como si fuese mi abuelo”.

El 'coplero'

Sergio Fernández fue un hombre de una trayectoria vida digna de ser al menos brevemente recordada, nacido en 1890 y fallecido en 1975. Emigrante por dos veces a la Argentina, la primera con 10 años, donde ya estaban sus hermanos mayores. Con ellos trabajó arando grandes fincas, con arados de numerosas rejas tirados por varios caballos.

Regresó a España para cumplir el servicio militar y se quedó en San Miguel, donde tuvo una carpintería, “como trabajaba y no cobraba muchos de los trabajos”, volvió a decidir emigrar para no volver. Y regresó pocos unos años después porque “no podía dejar aquí a esas mujeres solas y desamparadas”, explica Miguel lo que le contó el mismo sobre las razones de su regreso, refiriéndose a una hermana, su esposa y su suegra.

En esa su última época en San Miguel se dedicó a la ganadería y la labranza y algún que otro trabajo de carpintería, como muebles y utensilios. Miguel conserva con mucho cariño una foto “de la boda de mi hermana”, en la que posa Sergio, flanqueado por un joven Miguel y Manuel Blanco “el fontanero”.

En la fotografía, en el reverso Sergio dejó constancia de su afición a versificar, y tras la fecha (1/5/1970) escribió así: “Mis dos queridos amigos / que hoy me tenéis abrazado / en mi casa habéis nacido / y en torno a mis pies criado / cuantas veces de un bufido / os aparté de mi lado / y otras veces comprensivo / también os he acariciado / y en el carro bien mullidos / os he traído y llevado / que son sobrados motivos / para tenerme abrazado”.

Con muy escaso tiempo de escuela, Sergio, muestra en sus coplas una caligrafía cuidada y delicada. Y su pasión por la poesía la importó de la Argentina con un libro que conservó hasta su muerte, “El gaucho Martín Fierro” de José Hernández, que fue para él su catón y también su biblia poética.

Un libro que Miguel aún conserva, en una edición en fascículos de 1894, que Sergio cosió para conservarlos como un todo. “Cuando yo era un niño me enseñaba las laminas del libro y me leía algunos versos”, recuerda Miguel, “lo que más me quedó grabado en la memoria es una lámina del gaucho lanzando las voleadoras a los indios, él decía que allí a ese artilugio llamaban le llamaban las tres marías”.

Las coplas de la cencerrada

Las coplas posteriores a la cencerrada narran los hechos del porque sucedieron las cosas, las denuncias del cura, el juicio y el regreso desde Murias de Paredes. Cuando dice “Las fiestas en San Miguel / no las paga el señor cura / por ruidos de cencerrada / ha traído a la mocedad / por dos veces demandada”.

Al parecer una vez ante el juez el demandante amplió la querella contra varios mozos y mozas más del pueblo. Escuchadas las partes y el fiscal, se habló de perdonar y no llevar a mayores la denuncia, pero el cura airado se negó. Y así se cuenta en el relato rimado: “Se hablaba de perdonar / cómo ha perdonado Cristo. / De risa no me resisto / se alzó como leche hervida / y dijo ¡yo no soy Cristo, / yo soy Eduardo García!”. 

Tras la sentencia absolutoria del juez, que debió divertirse con estos sucesos, parece ser que regresaron todos, si no juntos, bastante próximos, pues en aquellos años probablemente el viaje fuese a pie o en caballerías. Y narra el coplero: “Y para aliviar sus males / y aumentar su sacrificio / como ya ha perdido el juicio / lo vinimos escoltando / y al mismo tiempo cantando / para aliviar su martirio”.

El poeta no deja títere con cabeza y se muestra sardónico también con el presidente de la junta vecinal por un enfrentamiento, que por aquel entonces los mozos tuvieron con él, al quitarles la llave del salón del pueblo y no permitiéndoles hacer bailes en el mismo.

Por eso, además de calificarlo como “mas burro que los burros”, le dedica unas rimas junto al cura: “El cura y el presidente / los dos en combinación / quieren a la mocedad / quitarnos la diversión / el uno por ser un santo / y el otro por santurrón”.