'El Otro', de Eduardo Zamacois

Espectros, satanismo, ocultismo, perversiones sexuales paranormales en sanatorios inquietantes, venganzas de ultratumba y el tenebroso Madrid decadentista…

Hay escritores que dejan una obra; otros, además, dejan una época. Eduardo Zamacois pertenece a esta segunda categoría. Nacido en Cuba en 1873 y fallecido en Buenos Aires en 1971, Zamacois desarrolló una larga y prolífica trayectoria como novelista, periodista, editor y memorialista “a caballo entre la madurez de la Generación del 98 y la famosa y a veces infame bohemia madrileña”, como lo sitúa Jesús Palacios en el exhaustivo prólogo de la novela que ahora reseñamos y que es su obra maestra. Instalado desde joven en España, fue una figura muy activa en la vida cultural y la nocturnidad donjuanesca de finales del siglo XIX y buena parte del XX. Su extensa carrera le permitió tratar y coincidir con algunas de las principales figuras de las letras españolas, entre ellas Benito Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán, Ramón del Valle-Inclán, Pío Baroja, Vicente Blasco Ibáñez y Azorín, a quienes evocó con frecuencia en sus memorias, dejando un valioso testimonio de la intensa vida literaria de su época. Y es que Zamacois, “culto cosmopolita y moderno” fue muchas  cosas –prolífico, polémico, fantástico, antifascista, exiliado olvidado después de la Guerra Civil–, pero no fue un perdedor ni encaja en lo que Juan Manuel de Prada, al hablar sobre los perdedores literarios de esa época, denominaba “desgarrados y excéntricos”. Zamacois, por el contrario, fue durante décadas un escritor de enorme éxito comercial, director de revistas, conferenciante y profesional de las letras perfectamente integrado en el mundo editorial de su tiempo.

Zamacois, actualmente en discreta penumbra

Sin embargo su figura aparece hoy envuelta en una discreta penumbra, como si el tiempo hubiera ido retirando lentamente los focos que iluminaron su nombre durante décadas. Aunque basta acercarse a sus novelas, a sus memorias o a su incesante actividad periodística, para advertir que estamos ante uno de esos autores cuya importancia no puede medirse únicamente por el lugar que ocupan en los manuales literarios de la posteridad.

Zamacois fue, ante todo, un observador. Su literatura nace de una curiosidad insaciable por los comportamientos humanos y por las transformaciones de una sociedad que avanzaba entre entusiasmos modernos y viejas inercias. No buscó refugio en los territorios de la abstracción ni en los juegos intelectuales que tanto sedujeron a otros escritores de su tiempo. Prefirió la calle, el café, la conversación, el rumor de la actualidad. De ahí que muchas de sus páginas conserven todavía la vibración de lo vivido.

Su narrativa posee una cualidad que a menudo se pasa por alto: la fluidez. Zamacois escribe con la naturalidad de quien conoce perfectamente los mecanismos del relato y sabe que la claridad no es una concesión, sino una conquista. Sus novelas avanzan sin tropiezos, sostenidas por una prosa que rehúye el adorno innecesario y confía en la eficacia de la observación precisa. En ellas no encontramos el afán de exhibir talento, sino el propósito más difícil de lograr: mantener despierta la atención del lector.

Resulta igualmente significativo su papel como cronista de una sensibilidad colectiva. La literatura española de finales del siglo XIX y comienzos del XX suele contemplarse a través de grandes nombres que han terminado por monopolizar la perspectiva histórica. Sin embargo, para comprender realmente el clima cultural de aquellos años conviene acudir también a escritores como Zamacois, capaces de registrar aspectos que las figuras más canónicas dejaron en segundo plano. Sus textos ofrecen un testimonio valioso de los cambios sociales, de las aspiraciones y contradicciones de una burguesía emergente y de las tensiones morales que acompañaron la modernización del país.

Un trabajo que merece reconocimiento

Hay, además, en su trayectoria una voluntad de trabajo que merece reconocimiento. Fue un profesional de la escritura en el sentido más pleno del término. Escribió mucho y sobre asuntos muy diversos, participó activamente en la vida periodística y entendió la literatura como una actividad inseparable de la realidad cotidiana. Esa dedicación constante explica tanto la amplitud de su producción como algunas de sus inevitables irregularidades. Pero incluso cuando sus obras no alcanzan la misma altura, permanece visible una energía narrativa difícil de encontrar.

Quizá la mejor manera de leer hoy a Eduardo Zamacois consista en liberarlo de etiquetas apresuradas y devolverlo a su condición de escritor. No como una figura secundaria destinada a ocupar una nota al pie, sino como un autor que contribuyó decisivamente a ensanchar los límites de la narrativa popular y del periodismo literario español. Su obra recuerda que la historia de la literatura no está formada únicamente por cimas aisladas, sino también por una extensa red de voces que dieron forma al paisaje intelectual de su tiempo.

Volver a Zamacois es, en cierto modo, volver a una tradición narrativa que concedía un valor esencial al placer de contar. Y ese placer, cuando está sostenido por la inteligencia, la experiencia y el oficio, rara vez envejece.

Aunque la crítica ha tendido a encuadrar a Eduardo Zamacois dentro del realismo narrativo y la novela de costumbres, sus intereses literarios fueron mucho más amplios. Como muchos escritores de fin de siglo, sintió una notable atracción por los territorios de lo insólito, lo misterioso y lo sobrenatural. Fue lector atento de las corrientes decadentes y simbolistas europeas, y mostró curiosidad por temas entonces muy en boga como el espiritismo, la sugestión, los fenómenos psíquicos y las zonas oscuras de la mente humana. Esa inclinación se refleja en varios relatos y novelas breves donde aparecen ambientes inquietantes, apariciones, obsesiones psicológicas y situaciones cercanas al relato de terror o al fantástico. Más que cultivar un terror explícito al estilo anglosajón, Zamacois se interesó por la perturbación moral y emocional que produce lo inexplicable, situándose en una tradición que conecta con autores como Edgar Allan Poe, Guy de Maupassant o E. T. A. Hoffmann. Esta faceta, menos conocida que su producción realista, revela a un escritor atento a las corrientes modernas de su tiempo y dispuesto a explorar los límites entre la realidad y la imaginación.

Sin embargo es el autor de una novela fantástica moderna y influyente: El Otro. una novela que permite descubrir a un Zamacois muy distinto del narrador realista con el que suele identificársele: un escritor fascinado por las sombras, los límites de la identidad y los misterios de la mente humana...

Todo un bestseller en su día, con al menos ocho ediciones y una adaptación cinematográfica pionera del cine de terror español, dirigida por José María Codina en 1919, la cual puede considerarse la primera novela de terror moderna española. Una obra que sorprende por su erotismo perverso, sus ideas parapsicológicas y su implacable modernidad.

Publicada en 1910, El otro constituye una de las obras más singulares de Eduardo Zamacois y, probablemente, uno de los textos fundacionales del terror moderno español.

La trama de 'El Otro'

La acción de El otro transcurre en el Madrid de comienzos del siglo XX y se articula en torno a un triángulo formado por Juan Enrique Halderg, barón de Nhorres; Adelina, esposa del doctor Riaza; y el propio Riaza, director de un sanatorio. Cuando los dos amantes provocan la muerte del médico creyendo haber cometido el crimen perfecto, la novela gira hacia el territorio de lo sobrenatural. La figura central pasa entonces a ser “el Otro”, la inquietante presencia del difunto doctor, cuyo regreso desencadena una serie de fenómenos ambiguos y perturbadores que atormentan a los culpables. Zamacois construye así un relato en el que los personajes oscilan constantemente entre la culpa, el deseo y el miedo, sin que el lector llegue a saber con certeza si los sucesos responden a una auténtica manifestación sobrenatural o a los efectos psicológicos del remordimiento (este enfoque es, de hecho, una de las grandes virtudes de la novela: el espectro de Riaza no funciona solo como un fantasma vengador, sino como una encarnación de los temores, deseos reprimidos y obsesiones de los protagonistas, acercando la obra tanto al terror sobrenatural como al psicológico).

Lo que hoy sigue sorprendiendo de El otro es su extraordinaria modernidad. Zamacois abandona los moldes del realismo tradicional para adentrarse en un territorio ambiguo donde convergen la ciencia, la parapsicología, el deseo y el horror psicológico. La novela explora la idea del doble, una de las grandes obsesiones de la literatura fantástica europea, pero lo hace desde una sensibilidad plenamente contemporánea, vinculada a las inquietudes de la psicología experimental y a los debates sobre la identidad que recorrían la cultura de comienzos del siglo XX.

El autor construye una atmósfera inquietante y enfermiza, en la que la frontera entre realidad y alucinación se vuelve cada vez más difusa. A ello contribuye un erotismo perturbador, alejado de cualquier convencionalismo moral, que impregna la narración de una tensión constante. El deseo aparece asociado a impulsos oscuros, a fuerzas desconocidas que escapan al control de la razón y empujan a los personajes hacia una progresiva degradación psicológica.

Más que una novela de terror en el sentido canónico, El otro es una exploración de los abismos de la conciencia. En sus páginas resuenan ecos de Poe, Maupassant o Stevenson, pero Zamacois consigue dotar al relato de una personalidad propia, profundamente ligada al clima intelectual de la Edad de Plata española. El resultado es una obra audaz, inquietante y sorprendentemente vigente. Una de gran influencia por ejemplo para Emilio Carrere (sin esta novela no existiría La torre de los siete jorobados), para Jarrapellejos y las obras del llamado erotismo sicalíptico de Felipe Trigo, para Carmen de Burgos en sus novelas cortas como Los amores de Faustino o Las confidencias, en el novelista erótico-burlesco y cupletista Álvaro Retana y, desde ahí, luego tambiñen de gran influencia hasta para los autores del Fantaterror español de los 70 y en el cine loco de Alex de la Iglesia

De hecho El Otro (ya lo dice el propio Emilio Carrere en el también interesante segundo prólogo de este libro) tiene aire de libre, inventivo y dinamitero guión de cine de serie B, luce en la prosa un deje modernista entre culto y arcaizante en las descripciones que le da por momentos como un aire de novela gótica, y merece ser recuperada no solo como una rareza bibliográfica pionera, sino como una pieza fundamental para comprender los orígenes de la literatura fantástica y de terror en España…

¡Esto somos, rediosla!