'Laberinto mar: un viaje por la vida y la historia de nuestras costas', de Noemí Sabugal

Esclavos, piratas, corsarios y galeotes junto a cayucos, mariscadoras, percebeiros, bateiros y marinos mercantes; la belleza de las olas contra el chapapote y el salitre mezclado con carbón, gasoil y acero en astilleros y puertos carboneros y siderúrgicos, los naúfragos de Terranova, la Costa de la Morte, Palos, frente a las aguas casi en calma del Mediterráneo con ánforas hundidas, o las bellas playas de Canarias, los tesoros y la basura, el cambio climático, el lirismo sin fin de la contemplación de las olas…

En efecto, el mar no empieza en la orilla, sino en la memoria. Cada puerto guarda un linaje de ausencias, cada barca es un pequeño testamento flotante. Mirarlo es las más de las veces escuchar las voces de quienes se jugaron la vida para que este país respirara sal y futuro… ¡Y así nos lo hace saber este libro!

Si en el excelente libro Hijos del carbón Noemí Sabugal (León, 1979) desentrañaba con palabra tensa y corazón encendido la geografía íntima de una España oculta –la de las cuencas mineras, los pulmones sucios de carbón y las sagas familiares que se desmoronan cuando se apagan las minas–, en Laberinto mar (Alfaguara) su mirada se abre y se vuelve en sí misma océano. Y eso mismo le ocurre a su bella prosa. Allí donde el ensayo, la crónica periodística y la literatura testimonial parecen elementos separados, Sabugal los hace confluir con naturalidad aparente: aquí late la investigación rigurosa, allí el testimonio descarnado, y en cada página se siente el pulso de un país que, como nuestra piel, está bordado de sal, salitre y memoria. 

Si el ya citado libro sobre el carbón fue una cartografía de los interiores –de las minas, y de las voces que nadie había recogido– este nuevo título es una cartografía de márgenes, de aristas, de bordes donde todo acontece y casi nada queda quieto. España, nos recuerda Sabugal una y otra vez, es en sí misma una isla fragmentada: península de mares que la circundan y cicatrices que el tiempo no debe dejar caer en el olvido. 

Prosa periodística y lírica contenida se besan

Como buen libro en el que la prosa periodística y la lírica contenida se besan, la autora, que empieza por Gijón y su mar permanentemente encabronado, nos lleva enseguida desde los últimos cazadores de ballenas hasta las olas que rompen contra los testimonios de marineros, biólogos marinos o mariscadoras veteranas o hasta su  abuelo –estas voces, evocadoras de una no ficción viva en la línea de Leila Guerriero, emergen con una fuerza testimonial que trasciende la simple descripción. 

Sabugal se documenta, viaja, navega, lee a Manuel Rivas, investiga y conversa y conversa in situ con el mismo espíritu de quien quiere escuchar más que imponer, y en ello creemos que hay un eco de la literatura de viajes que Julio Llamazares aplaudiría: no se trata solo de contar hechos, sino de sentirlos, y por eso aquí en el texto se funden periodismo, historia, ensayo, crónica y memoria personal. Eso le permite a la autora, por ejemplo, situar el relato de una galerna o de un naufragio como si de un rito esencial de la existencia humana se tratase; como si las costas fuesen un espejo en el que se refleja no sólo la geografía, sino las pasiones y las pérdidas colectivas. 

Lo que distingue a Laberinto mar –y lo que, por decirlo con términos de la moderna teoría de la literatura, hace que la lectura se convierta en una experiencia dialéctica y sensorial– es su tensión entre el rigor etnográfico y la luminosidad poética. Sabugal no renuncia a la precisión, pero tampoco a que el lector sienta en la garganta la sal de cada historia. En ese cruce de caminos se encuentran aquí, desde la presencia inevitable de los microplásticos en las praderas de posidonia hasta las leyendas de navegantes clásicos o las voces de las mujeres que tiraron de las embarcaciones con manos de hierro. 

Y es que este libro –como lo fue Hijos del carbón– es también un homenaje a los oficios, a los sacrificios profesionales y vitales que se hacen cada día en contacto con un elemento que es a la vez fuente de vida y amenaza perpetua. La minería y el mar no son mundos tan distintos, como ella misma ha señalado: ambos son espacios donde el cuerpo se expone, donde la naturaleza es juez y parte, donde la memoria colectiva se teje en torno a la resistencia y al testimonio. 

Así las cosas, Laberinto mar no solo nos invita a leer la historia de un país a través de sus costas, sino a escuchar el oleaje de sus voces, a sentir el rumor de la vida que se juega en cada puerto, cada playa, cada embarcación. Y lo hace con la prosa de una autora que sabe que la literatura –como el mar– no se doma, sino que solo se comprende en su inmensidad musical y sensorial.

Nadie como Noemí Sabugal nos había hecho tomar bella cuenta de que España no termina en la costa: empieza en ella, en la sal de sus oficios y en el sacrificio de quienes aprendieron a vivir mirando al horizonte…

Un libro muy recomendable.