'La odisea': cine en estado puro
El cine como la más poderosa herramienta didáctica del presente. El cine como sublime arma ideológica, como arte que cuenta la sociedad que lo ha gestado, como archivo del mundo que entenderán las futuras generaciones. El cine como continente de los colores y las palabras que explicarán nuestra historia. El cine que esconde en el tiempo que dura una película todas esas dudas y revelaciones que explican los cuentos de los hombres. El cine que nos regala la necesaria perspectiva sobre ese otro tiempo más prosaico del devenir de nuestros días. El cine que, decía Hitchcock, es como la vida pero sin las partes aburridas. El cine, las buenas películas, la ficción, ese espejo deformado y necesario de la realidad. En el fondo y en la piel, eso es La odisea, cine en estado puro.
Antes de nada, a este espectador poco le importa el eterno debate sobre la fidelidad dialéctica o estética de la película de Nolan al poema original de Homero. Ese es tema de discusión para historiadores o expertos en la obra que cuenta el eterno regreso a casa de Odiseo, no para críticos de cine como este quien escribe. Solo explicar que el cine es precisamente relevante por tener esa maravillosa capacidad de proponer nuevos relatos, alejados o no de su verdad más canónica. Cualquier ficción es una obra personal que está indefectiblemente traspasada por la visión de su autor. Y eso es lo que diferencia el arte genuino de la mediocre imitación. Insisto, este espectador no tiene argumentos para discutir si el director se ha tomado ciertas licencias históricas o argumentales, si acaso para explicar porque La odisea le ha parecido una audaz, insólita y poderosa película de cine.
Nolan cuenta ese largo camino de regreso a casa del héroe sin dejarse nada en el tintero: la gruta del cíclope, los gigantes de armadura plateada en el bosque, el encuentro revelador con Tiresias en el Hades, el episodio con la hechicera Circe que transforma hombres en cerdos o la escena con las sirenas, cuyos cantos seductores son todas las promesas que los humanos no pudieron cumplir. Y el caballo de Troya que desata la destrucción y posterior arrepentimiento de Odiseo, el amor eterno por Penélope o el viaje de Telémaco. Y lo hace con un arrollador sentido del espectáculo, con esos montajes marca de la casa que van creando una atmósfera in crescendo a partir de la rotunda cadencia musical de las percusiones, un envoltorio monumental que te mantiene con los ojos como platos durante las casi tres horas de metraje.
Aunque toda esa espectacularidad no valdría de nada sin un guión, escrito por el propio Nolan, tan certero como profundo. Porque la sustancia dramática de la cinta posee también una fuerza indomable. En ese sentido la película de Nolan es una actualización de los cantos poéticos de Homero que no pierde un ápice de la clarividente y casi mística reflexión sobre la condición humana que encontramos en el original. La aventura, la fantasía, el amor, la guerra, la lealtad, la corrupción moral, el arrepentimiento, el desafío a los dioses, el viaje como lúcida y trascendente metáfora de otro viaje, el interior, el que transforma definitivamente a nuestro héroe. Todo cabe en esta obra colosal que nos recuerda que el cine sigue siendo una forma de expresión artística vigente y necesaria.